Alma Cardoso

La última vez que recorrí el centro de la ciudad de Puebla era domingo. Analco, el Barrio de los Sapos, el zócalo, 5 de mayo y hasta la plaza John Lennon abarrotadas de tiendas, vendedores ambulantes, entretenedores urbanos así como visitantes y turistas que me hicieron casi imposible el tránsito o el uso del espacio público para otra cosa que no fuera consumir.

El escenario es similar en casi todas las ciudades del mundo en las que la cultura se entiende como una forma de economía a partir de su relación con el turismo, y aunque Puebla ha entrado tarde a esta dinámica, parece no aprender de los problemas que ciudades como Barcelona, Málaga o Nueva Orleans enfrentan ahora: sobrepoblación flotante, privatización del espacio público, desarticulación de la vida de barrio, encarecimiento de las rentas, colonización de las cadenas globales y cierre de negocios familiares.

Sumemos a esta condición que la mayoría de la oferta cultural promovida por el gobierno –además de la dispuesta para el turismo– consiste en precarias puestas en escena y exposiciones con poco que decir más allá del discurso de lo embellecido, y tenemos un resumen de las actividades culturales de la ciudad.

Las políticas culturales son planificaciones y gestiones que grupos civiles y gobiernos (municipales, estatales o federales) emprenden para apoyar la creación, producción, distribución y acceso de la vida cultural de la región que les compete. Lógicamente, dichos emprendimientos están conducidos por una ideología específica que, según hemos visto en los últimos años en México, ha ido de lo popular a lo elitista o de lo nacional a lo global.

En la ciudad de Puebla, una de las figuras legales de más reciente creación que interviene en lo que deberían ser la redacción y definición de las políticas culturales es el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla (IMACP), que surgió oficialmente en 2005 durante la administración de Enrique Doger: la iniciativa se propuso en febrero, se aprobó en noviembre y se hizo pública un premonitorio 12 de diciembre.

El IMACP es un organismo similar a muchos otros que empezaron a fundarse en ciudades del país como Tijuana, Mexicali, Tepic, Celaya y un largo etcétera, a finales de los 90 y comienzos del siglo XXI. El objetivo del IMACP, similar al de los demás institutos, es “el impulso de los procesos humanos de creación de valores, creencias, artes y costumbres en la comunidad poblana a través de la promoción y divulgación de su patrimonio cultural tangible e intangible; para efectos de proyectos y programas turístico-cultural [sic] estará sectorizado a la Secretaría de Turismo”, según relata su reglamento de actividades.

Los institutos municipales de México parecen ser la antesala de lo que Vicente Fox anunciaría en el “Programa Nacional de Cultura 2001-2006: La cultura en tus manos”, donde se incentivaba la paulatina separación de las funciones administrativas del Estado en cuanto al cuidado de la cultura, se promovían los vínculos con empresarios y con grupos civiles, y se buscaba la formación de gestores culturales que “emanciparan” a la cultura del gobierno.

El IMACP sigue esta lógica: al ser un organismo descentralizado que recibe un bajo presupuesto del gobierno puede captar fondos de diversos actores privados, con la intención de hacer de la cultura una actividad productiva desde un enfoque turístico.

Aunque esto hoy ya no nos parezca extraño, merece la pena analizarse. Durante la administración de Doger Guerrero, el plan de desarrollo de la zona comercial Angelópolis, anunciado en 1993 por el gobernador Manuel Bartlett, ya tenía años de haberse iniciado con grandes expectativas comerciales, aunque lo que apenas existiera “funcionalmente” fuera un centro comercial. El puente 475, que antes unía el Circuito Juan Pablo II con el bulevar Atlixcáyotl –y que increíblemente era aún más espantoso que el actual– fue uno de los triunfos mencionados por Doger en su tercer informe de gobierno. Mientras eso sucedía en las planeaciones económicas y de infraestructura, Doger también enfrentaba problemas con los habitantes de San Pedro, San Andrés Cholula y la reserva territorial Atlixcáyotl debido a la falta de claridad en las delimitaciones territoriales así como por los despojos que varios habitantes de la región seguían denunciando.

Además de los conflictos territoriales de las Cholulas, Doger Guerrero se enfrentó a un problema que ya se ha convertido –como los chiles en nogada y la corrupción política– en una tradición poblana: los ambulantes del centro. La estrategia propuesta por el alcalde en 2007 era reubicarlos en un predio en la 11 norte y 4 poniente. El proyecto fue un fracaso absoluto porque había demasiados intereses de por medio para que los ambulantes continuaran donde estaban.

Al año siguiente, en una reunión de cabildo, Doger recibió el Catálogo de Monumentos Históricos de Puebla hecho por investigadores del INAH y otros expertos. Varios de los inmuebles ahí clasificados, por cierto, se encuentran ahora en “resguardo” de restaurantes y hoteles boutique. El caso más impactante quizás sea el del Rosewood, un hotel de lujo ubicado en la zona del Alto, que alberga los Lavaderos de Almoloya, la Plaza de la Amargura y la Fuente de los Leones.

No parece casual que el IMACP se creara también en ese contexto si consideramos estas acciones como parte de un programa de “políticas culturales”, cuya intención es aplanar el terreno para que la cultura pueda ser empleada como un recurso a explotar desde el sector turístico con la implicación del capital privado. El IMACP sería en este entramado una institución estratégica para echar a andar el Centro Histórico como una gran industria cultural a cielo abierto.

Visto en retrospectiva, esa intención original de engranar el IMACP en el sector turístico ha resultado poco efectiva dadas las formas de operar del instituto tan erráticas, y gracias a una visión tan pobre acerca de lo que una ciudad-empresa del siglo XXI podría ser. En este sentido, es notorio que en casi 15 años el IMACP no ha logrado consolidar ni un programa de cultura global para el turismo, ni ha conseguido cohesionar ni impulsar las prácticas culturales que ya existen en la ciudad. Básicamente es un organismo que ha funcionado de acuerdo al entendimiento que sus directores tienen sobre lo que la cultura es, y que, basta observar el panorama, a menudo es básico y provincial.

La pintora Dalia Monroy fue la primera directora del instituto. El informe de actividades de los primeros años de existencia del IMACP está basado en la cantidad de apoyos dados y el número de “clientes” atendidos sin hacer un análisis cualitativo del desempeño del instituto o los beneficiarios de los apoyos.

De los programas que Monroy procuró, se mantiene vigente el Festival de Día de Muertos y, de cierta forma, el programa infamemente llamado “De paradero en paradero, el arte es tu compañero”, que tiene continuidad hoy en las estaciones del metrobús: un ejercicio de decoración urbana en un deplorable vinil autoadherible.

El plan de desarrollo pensado para el municipio se cumplió, según Monroy, en un 95%; cifra compleja para calcular cuando el Plan Municipal de Desarrollo 2005-2008 es tan poco conciso en lo relativo a cultura.

Casi al cierre de su administración, y de la salida de Doger de la presidencia municipal, Monroy renunció al cargo y fue sustituida por Gonzalo Fernández y Márquez, de quien se dice, no hubo nada importante que reportar. Los medios calificaron el desempeño de Monroy como bueno, lo que es únicamente creíble cuando se compara con las actividades que la Secretaría de Cultura del Estado desarrollaba antes de la existencia del IMACP; en esa relación, la diferencia se vuelve exponencial.

Para la administración de Blanca Alcalá (2008-2011), fue Pedro Ocejo el director del instituto. Al empresario se le atribuyen los proyectos de mayor envergadura y objetivos internacionales que ha tenido el instituto hasta ahora, como el Festival Barroquísimo, del cual en algún momento se especuló podría convertirse en la competencia del Festival Internacional Cervantino, si hubiera logrado continuidad y presupuesto. Antes de ostentar el cargo, Ocejo fue reconocido por impulsar el proyecto de arte contemporáneo Plataforma 2006, con la extinta asociación de empresarios Puebla 2031. Ocejo declaró en varias ocasiones que la relación entre cultura y economía eran necesarias para poder impulsar proyectos plurales y de calidad.

Su postura, en una notoria línea de articulación de la cultura como terreno de producción de valor económico, un horizonte con el que había nacido el IMACP, al menos se mostró con claridad desde el principio. Una de las iniciativas que en este punto valdría la pena recordar fue el proyecto Gran Visión Cultural, una iniciativa sobre las economías culturales de Puebla que serviría para analizar la situación e incentivar económicamente la cultura en la ciudad, y con ello tomar decisiones sobre la asignación de fondos y estrategias para promover el emprendimiento de proyectos por parte de los creadores.

El estudio pudo haber servido para hacer análisis profundos sobre la importancia de la cultura en términos económicos y turísticos, pero especialmente para identificar la cantidad de sujetos que formal e informalmente contribuyen al desarrollo cultural de la ciudad. En cambio, se envió al cajón de los recuerdos –como empezó a volverse costumbre para el instituto– una vez iniciada la siguiente administración del IMACP, dirigida por Patricia Sánchez Matamoros, durante la presidencia municipal de Eduardo Rivera, entre 2011 y 2014.

Si para entonces el Instituto ya llevaba seis años de festivales sin pies ni cabeza y de iniciativas aparentemente prometedoras que morían, con Matamoros la situación se fue a pique. De su administración se recuerdan especialmente eventos desafortunados, como el descontento que mostró ante la exposición “Emblemas nacionales”, por considerarla ofensiva y “que nada tenía que ver” con la identidad nacional, ante la que algunos artistas mostraron su molestia.

Aún peor fue la censura que actrices de la compañía teatral El Taller argumentaron vivir por parte del Instituto cuando presentaron la obra Mujer no se escribe con M de macho en el Cereso femenil. El asunto fue detonado por tocar temas como el uso del condón y mencionar al “gober precioso”. También fue en este momento cuando el programa Gran Visión Cultural cerró, para sustituirse por un poco-claro programa llamado Vocación en tu barrio, que impulsaba la creación de talleres artesanales de “talavera, dulces típicos y bordados de china poblana”, según declaró la propia Matamoros en una comparecencia ante el cabildo poblano en 2014.

La administración pasada del IMACP entre 2014 y 2018 estuvo a cargo de Anel Nochebuena. Uno de sus rasgos más notorios fue su intento por generar lo que en el entorno museístico se conoce como exposiciones blockbuster: muestras que, supuestamente, abarrotan las salas debido a que giran en torno a una figura mediáticamente reconocible de la Historia del Arte o, en cualquier caso, del imaginario cultural colectivo; ya se trate de Tutankamon, Picasso, Leonardo da Vinci o Frida Kahlo, muchas de ellas gestionadas por empresas sin más ánimo que el lucro o iniciativas de dudosa reputación.

Cosa curiosa y característica de esos proyectos: las exposiciones estaban llenas de réplicas de poca relevancia museística, algunos originales de importancia menor y altísimos costos de producción. Para que nos demos una idea: la exposición de 2017, titulada “Picasso: la estela infinita”, compuesta de 26 aguatintas del artista español y nueve obras de artistas contemporáneos, tuvo un costo aproximado de 12 millones de pesos. En contraste, la exposición “Miguel Ángel Buonarotti: un artista entre dos mundos”, que se montó en 2015 en el Museo del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, abarcando la magna sala del museo más otros espacios y que contaba aproximadamente con 200 piezas entre grabados, dibujos, cuadernos de bocetos, esculturas y pinturas de Miguel Ángel y otros artistas allegados, costó lo mismo, 12 millones.  

Además de estas excentricidades museológicas y presupuestarias, uno de los momentos más ríspidos de la administración de Nochebuena fue su apoyo a la iniciativa del Programa de Artistas Urbanos (PAU), en 2017. El PAU buscaba generar un padrón de artistas callejeros a los que se les ofrecía cursos y capacitaciones para, entendemos, poder brindar un mejor espectáculo.

Lógicamente, la comunidad académica y artística vio en la propuesta del PAU un paso nada disimulado hacia la regulación de los movimientos sociales que pudieran gestarse en el espacio público, cosa que coincide perfectamente con la política cultural de ver a la ciudad como un espacio privatizado para la empresa cultural. A pesar de que la iniciativa se rechazó por gran parte de la comunidad artística dentro y fuera de Puebla, ésta no sólo no ha desaparecido sino que  el nuevo director del IMACP, Miguel Ángel Andrade, parece pretender reactivarla sin muchos matices.

Con el cambio del partido en el poder municipal en 2018, de PAN a MORENA, hubo expectativas sobre la posibilidad de un giro en la línea errática y arbitraria del IMACP. Andrade, un estudiante de doctorado en Literatura de Expresión Española al que, según él mismo, agarró de sorpresa la invitación de Claudia Rivera, argumentó que su programa de acción buscaría especialmente la descentralización de los programas del IMACP para atender con la misma prioridad a las 17 juntas auxiliares. No obstante, las estrategias de trabajo del IMACP están aún poco claras, en tanto que el mencionado plan de trabajo no ha sido compartido públicamente.

El IMACP nació pensado como un organismo que pudiera gestionar y administrar el ejercicio de la cultura en una responsabilidad (léase “inversión”) compartida entre el gobierno local, la iniciativa privada y las organizaciones civiles, en un afán de volverla rentable, en primera instancia, desde la perspectiva turística. Hasta ahora, las formas en que los directores del Instituto han materializado esta intención ha sido episódica, fragmentaria y con pocas posibilidades de generar proyectos a largo plazo.

En resumidas cuentas, como gerentes, su desempeño ha sido poco satisfactorio en el asunto de la continuidad, rentabilidad y alcance de los proyectos. Es evidente que cada administración le da un rumbo diferente a la trama y al uso del espacio público según los intereses de sus directores, a veces más complejos y ambiciosos, a veces más simplones.

En consecuencia, la mayoría de los proyectos que percibimos en el entorno (del centro histórico, casi siempre) es la changarrización de la cultura que inunda el centro de espectaculitos para el transeúnte-turista; apoyos raquíticos para artistas que terminan en proyectos vacuos y sin continuidad; y muestras culturales tipo festival que difícilmente superan la condición provincial.

Sería necesario buscar otras formas de relacionar el sector público, privado y civil para desplegar estrategias que garanticen la continuidad de los proyectos que promuevan el complejo ejercicio cultural en tanto forma de economía. De esos casos, pocos hemos tenido. Aquí recordamos especialmente el proyecto Estudios Abiertos, que buscaba, de fondo, lograr una autonomía económica de los artistas visuales; o bien, La 3 y la 4, proyecto colectivo que persigue discutir las condiciones concretas del trabajo artístico y cultural en Puebla. Mientras tanto, el IMACP no voltea a ver estas propuestas, continua sin ser capaz de imaginar formas nuevas de desarrollar políticas culturales y el espacio público se percibe cada vez más exhausto de tanto recuerdito, mago, cantante y payaso urbano.

LISTA DE DIRECTORES DEL IMACP. Elaboración: Alma Cardoso

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