Empujar cuesta arriba

Empujar cuesta arriba

Imagen de StockSnap en Pixabay
Martín López Calva

Rodó la piedra y otra vez como antes
la empujaré, la empujaré cuestarriba
para verla rodar de nuevo.

Comienza la batalla que he librado mil veces
contra la piedra y Sísifo y mí mismo.

Piedra que nunca te detendrás en la cima:
te doy las gracias por rodar cuestabajo.
Sin este drama inútil sería inútil la vida. 

José Emilio Pacheco. «Retorno a Sísifo«.

Como cada año por estas fechas nos encontramos cerrando un ciclo escolar más y, con mayor o menor conciencia e intensidad, empezamos a valorar lo positivo y lo negativo, lo luminoso y lo oscuro de estos meses que vivimos frente a un grupo de niños, quienes son la semilla concreta del futuro de nuestro país pero al mismo tiempo son el presente, el aquí y ahora que nos reclama atención, cuidado, compromiso y entusiasmo. Renovando –si estamos abiertos– la esperanza de que todo puede ser mejor en nuestra sociedad a pesar de sus múltiples y complicados problemas.

Este tiempo de cierre y evaluación es también tiempo de vislumbrar un nuevo comienzo, así podríamos vernos reflejados en esta imagen del poema de José Emilio Pacheco que retoma el mito de Sísifo y sentir que la piedra, justo ahora que terminamos de empujarla con todas nuestras fuerzas hacia la cima de la montaña, rueda nuevamente hacia abajo, saliendo de nuestro control y regresando al punto de partida.

Podríamos asumir esta imagen y vernos en la antesala de agosto que nos espera con la misma piedra para volver a empujarla hacia arriba en esta batalla que hemos librado mil veces –así como otras tantas que vendrán– hasta el ansiado día de la jubilación.

Esta es una forma de mirar nuestro trabajo, que es uno de los más rutinarios que existen; uno de los más desgastantes, sin duda; que nos hace dejar la piel en batalla por empujar la piedra hacia arriba con tal de verla rodar de regreso en un drama aparentemente inútil.

Por ello, Susana Decibe, ex ministra de educación en Argentina afirmaba que: “Si hay un sector dentro de las políticas públicas que no registra el paso del tiempo o, lo que es peor, camina siempre por el mismo fandango sin poder avanzar, es el de la educación”.

“¿De cuándo es este párrafo de Susana Decibe, la ex ministra de Educación? De 2013. Decibe podría escribir lo mismo hoy. Ese eterno retorno a lo mismo no es simplemente una reiteración. Ahonda el daño, porque el trauma educativo se convierte en enfermedad crónica”, dice el periodista Ricardo Roa, en la misma nota del Diario El Clarín de la que tomo la cita anterior de la ex ministra.

Este es el ángulo oscuro y pasivo, el Yin de la profesión que, por no registrar el paso del tiempo, vive en una especie de círculo o de eterno retorno a lo mismo, tanto en el aula como fuera de ella; tanto en el proceso de enseñanza-aprendizaje como en los rituales y rutinas escolares que año con año se repiten; tanto en los discursos oficiales como en los movimientos y reclamos gremiales del magisterio que también son ya totalmente repetitivos y previsibles.

Pero como hay un lado obscuro y pasivo de la profesión de los educadores, existe también un lado luminoso y activo, un Yang que vivimos con intensidad y que nos hace regresar con gusto y entusiasmo cada nuevo ciclo escolar habiendo renovado energías, con una esperanza renacida.

Porque los educadores estamos empeñados en empujar cuesta arriba la piedra del proceso de construcción permanente de humanidad a pesar de saber que volveremos a verla rodar. Porque en el fondo se trata de una batalla contra la piedra, contra Sísifo y contra nosotros mismos; contra nuestra cómoda tendencia a instalarnos en la zona en la que ya no se tiene que hacer nada nuevo, en la que perdemos la tensión que implica el proceso de reinventarnos y volver a la batalla una y otra vez.

Porque somos profesionales de la esperanza y, por ello, le agradecemos siempre a la piedra que nunca se quedará detenida en la cima. Le damos las gracias porque sabemos que sin este drama inútil sería también inútil la vida, nuestra vida.

Sigamos librando esta batalla cotidiana y trabajemos para revertir el lado oscuro de la rutina que nos paraliza y nos va enajenando, volviéndonos extraños a nuestro propio quehacer hasta llegar a ser irreconocibles por los estudiantes y pasar desapercibidos para la sociedad.

Continuemos empujando la piedra cuesta arriba con la firme convicción de que estamos avanzando, de que algún día llegaremos a la utopía de una formación realmente integral y pertinente para los futuros ciudadanos de este país herido. Y convencidos de que empujando la piedra cada día, en cada nuevo ciclo escolar estamos contribuyendo a generar una mejor sociedad desde el esfuerzo y la fe que conlleva ese drama, aparentemente inútil pero cargado de significado para quienes soñamos con un país y un mundo mejor en el que quepamos todos.

Feliz cierre de curso a cada uno de los profesores y profesoras que siguen librando esta batalla.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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