El sueño del Mara’akame: cantos y sanación interrumpidos por la maquinaria

El sueño del Mara’akame: cantos y sanación interrumpidos por la maquinaria

Foto tomada de YouTube
Paula Hernández Gándara

Un venado azul se esconde en las montañas del Wirikuta. Es un dios wixárika, enfadado, que recorre el horizonte entre frutos de peyote hasta llegar a la fogata que rodean los marakames.

Sentados en esa luz escasa por la noche, Niéreme ve a un niño desconocido que se esconde; está detrás de un árbol. Pero cuando se acerca a él, se aleja y desaparece. Nieri voltea a ver a su padre, desconcertado. ¿Ha sido un sueño?

Este es El sueño del Mara’akame, un filme dirigido por Federico Cecchetti, estrenado el 17 de mayo, que cuenta con las actuaciones de Antonio Haka Temai Parra y Luciano Bautista, padre e hijo dentro y fuera de la pantalla, como protagonistas.

Una historia que se desarrolla en la comunidad huichol de la Cebolleta, en Jalisco, luego de que el director conociera a quienes protagonizarían su película en un ritual que el propio Antonio dirigió, al ser sanador y cantador.

El padre de Nieri le cuenta que los dioses están en peligro ya que la llegada de la minera es inminente: las excavaciones han comenzado; y el gobierno no ha cumplido con sus promesas. Por eso él debe aprender a cantar para saber cómo ayudarles. (Su padre ha sabido desde que nació que sería un marakame como sus antepasados)

Solo que Niéreme no sueña con ver a los dioses; él sueña con tocar con su banda en la Ciudad de México. Pero el canto es sagrado, no debe profanarse.

Aunque, asimismo, estos personajes viajan a la metrópoli mexicana por un llamado de sus dioses. Y caminan entre la maquinaria citadina que remueve el pasto de las afueras; zigzaguean por un parque donde la naturaleza está siendo manipulada, mientras a lo lejos se ve una repetición de edificios grises: uno es el doble del otro, espejo de una geografía planeada.

El marakame, cargado de peyote, busca también ser sanador en la ciudad. Ha dejado las sierras verdes, infinitas en los atardeceres donde el Sol –niño que se adentró en una fogata hace cientos de años para convertirse en dios– ilumina arbustos y plantas que se repiten en la singularidad de la naturaleza incontrolable: no hay dobles, cada elemento es único.

Pero el cantador no puede salvar a todos en el ruido urbano. El niño de la ensoñación vuelve a aparecer, lleno de oscuridad; Nieri lo reconoce. La ciudad confunde y se pierden las nociones, se sortea por los caminos de lo desconocido. ¿Dónde se ha quedado el venado azul?

Un concierto suena a lo lejos, en un mundo subterráneo. Hay esperanza de encontrarse a uno mismo en una multitud de gente, solo que, en lugar de eso, paraliza. Y suenan murmullos wixárikas. Una guía para el encuentro con los dioses.

Hay un choque de mundos que parecen querer sobreponerse al otro, aunque claramente la ventaja no la tiene la minoría: aquella que camina por el desierto para encontrar el “don” que les permita ser líderes espirituales de una comunidad que se encuentra en peligro, que está enojada.

Esta es la realidad que retrata Cecchetti –director que ha recibido dos premios Ariel por esta cinta–, a través de una relación que confronta el anhelo de la modernidad en contraposición a tradiciones de antaño. Una ficción que nace de lo tangible de un ritual en medio de una comuna que acepta una verdad: la resistencia es una fuerza que solo puede dar frutos si no es permeada por la imponencia de la modernidad.

Niéreme vive en un limbo entre el mundo onírico de su cultura y la realidad. Vive en una suerte de hibridación que le hace sentir que su canto puede ser escuchado en conciertos así como camino al Wirikuta. Olvida que el canto es sagrado… olvida que el venado está enojado.

A lo lejos, una fogata suena, ¿o es un árbol quemándose?

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