Crónica de un aborto clandestino

Crónica de un aborto clandestino

Marcha a favor de la despenalización del aborto en Puebla. 28 de mayo de 2019. Foto: Marlene Martínez
Sofía *

Cuando me enteré que estaba embarazada me cayó de sorpresa. Según mi ginecólogo era muy difícil, –si no imposible– que quedara embarazada, así que al principio sentí una gran alegría por saber que sí podía ser mamá. El caso es que yo a mis treinta años no quería serlo, así que el segundo motivo de alegría fue tener la certeza de saber lo que sí quería y que, además, era un tema que yo sola podía resolver: era completamente libre de tomar la decisión sin consultarlo con alguien más y tenía los recursos para hacerlo con la plena conciencia de que no tenía que hablarlo con mi pareja, con quien apenas llevaba cuatro o cinco meses de relación.

Un amigo muy cercano me dio los datos del médico que practicaba abortos en Puebla, hice la cita y llamé a mi mejor amiga para que me acompañara.

Fue un sábado por la mañana. Llegamos a tocar el timbre de una casa, nos hicieron pasar a una sala amplia donde había un chico esperando –supongo que a su novia–. Yo no estaba nerviosa ni sentía arrepentimiento, sentía mucha seguridad y, vuelvo a repetirlo, satisfacción por poder hacerlo, porque tenía los medios. No es lo mismo abortar en la pobreza que en la estabilidad; no es lo mismo abortar por voluntad que obligada; no es lo mismo temer a Dios que vivir sin una fe que le transfiere a Él toda responsabilidad de lo bueno y malo que me pasa.

Cuando me llamaron para subir, mi amiga se quedó en la sala. Me pidieron que entrara a un cuarto y me colocara la bata. Ahí inició la experiencia que hace la diferencia entre un aborto legal y uno clandestino: nadie me preguntó mi nombre, la interacción con las “enfermeras” y con el doctor fue más que fría, completamente indiferentes.  

Me tendí en la camilla que estaba en una habitación que no tenía pinta de quirófano sino de cuarto adecuado para realizar abortos, subí mis piernas, me prepararon, me pidieron que contara hasta tres y de ahí sólo recuerdo que me pidieron que me levantara despacio para que no me mareara. Me dieron una toalla sanitaria, me pidieron que me vistiera, me dieron un medicamento y me aconsejaron que me comunicara en caso de que el sangrado no parara.

Tomé mis cosas, me vestí, bajé, me subí al coche y mi amiga me llevó a casa donde dormí profundamente toda la tarde. Cuando desperté al día siguiente tenía el vientre inflamado y sangraba como si estuviera menstruando.

El sangrado continuó más días de los que se suponía debía durar. Llamé al doctor y, acostumbrada a saludar, dar mi nombre y plantear la situación, me desconcertó que al doctor no le interesara ni mi nombre, solamente decirme qué medicamento debía tomar para detener el sangrado. Me sentí terriblemente mal con este trato; no me arrepentí pero sí me preocupó pensar que lo que estaba sucediendo podía llevarme al hospital.

Afortunadamente el sangrado se detuvo a los pocos días y mi vida volvió a la normalidad: una mujer independiente, profesora universitaria, novia, hija, hermana, prima, amiga…  Meses después le dije a mi pareja que había abortado y entendió las razones por las que no se lo había comunicado, no hubo reclamos. Seis años después, juntos y seguros, decidimos embarazarnos y hoy somos padres de un chico planeado y amadísimo.

Marcha a favor de la despenalización del aborto en Puebla. 28 de mayo de 2019. Foto: Marlene Martínez

No es cierto que el aborto nos trauma el resto de nuestras vidas: trauma a algunas mujeres.  No es cierto que las mujeres que abortamos no podemos tener hijos: algunas mujeres no pueden tener hijos después de abortar, pero no necesariamente como consecuencia del aborto. No es cierto que las mujeres que abortamos somos putas: algunas mujeres nos embarazamos por no cuidarnos, otras porque nos violaron, otras porque quisimos pero nuestras condiciones de vida cambiaron en las primeras semanas y decidimos no ser madres. No es cierto que las mujeres que abortamos una vez vamos a abortar todos nuestros embarazos. Ni tengo culpa ni arrepentimiento; ni soy mala madre ni mala mujer; ni soy pecadora ni soy heroína. No soy víctima ni victimaria. Soy una mujer que tuvo que abortar de forma clandestina porque no había ley que garantizara mi seguridad y respetara mi derecho a elegir. Apoyo la despenalización del aborto porque ninguna mujer debe ser criminalizada por decidir ser madre o no.

* Se cambia el nombre de la autora a petición de la misma

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