Y no habrá sol

Y no habrá sol

Foto: Marlene Martínez
Martín López Calva

“Padre, decidme qué le han hecho al río que ya no canta. Resbala como un barbo muerto bajo un palmo de espuma blanca. Padre, que el río ya no es el río. Padre, antes de que vuelva el verano esconda todo lo que tiene vida. Padre, decidme qué le han hecho al bosque que no hay árboles. En invierno no tendremos fuego ni en verano sitio donde resguardarnos. Padre, que el bosque ya no es el bosque. Padre, antes de que oscurezca llenad de vida la despensa

[…] Padre, donde no hay flores no hay abejas, ni cera, ni miel. Padre, que el campo ya no es el campo. Padre, mañana del cielo lloverá sangre.

[…] Padre, ya están aquí […] Monstruos de carne con gusanos de hierro. Padre, no tengáis miedo, decid que no, que yo os espero. Padre, que están matando la Tierra. Padre, dejad de llorar que nos han declarado la guerra”.

Joan Manuel Serrat. «Pare (Padre)«

Cada año nos quejamos de que hace más calor, de que se retrasa la temporada de lluvias, de que el invierno no fue tan frío como normalmente lo es y de que “nunca había habido un clima como este”. A veces lo decimos por costumbre, sin pensar mucho. Otras veces pensamos que simplemente se trata de mala memoria y que cada nuevo año se nos olvida lo que pasó el anterior, que en realidad el calor es el mismo o las lluvias fueron iguales antes solo que ya no nos acordamos.

Pero la semana pasada ocurrió en el país –incluso para la Ciudad de México que lleva décadas con uno de los niveles de contaminación ambiental más alto del mundo– una preocupante pesadilla en forma de niebla producida por la combinación de altas temperaturas, inversión térmica, incendios forestales y falta de lluvia.

En muchas ciudades como nuestra Puebla, vivimos algo inédito, algo que con toda razón podemos decir que nunca antes habíamos experimentado. Salir a la calle envueltos en una niebla espesa, mezcla de ceniza del volcán, polvo, gases emanados por vehículos y partículas PM 2.5 –que ni siquiera sabíamos que existían–, altamente dañinas para la salud.

Fueron días de preocupación sorda y silenciosa –que estaba ahí, presente en nosotros a pesar de que continuamos con nuestras actividades cotidianas como si no pasara nada– y de gran escándalo mediático. Días que ocuparon nuestra atención y que revivieron la preocupación colectiva por el deterioro ambiental que estamos viviendo; días de contingencia ambiental que gracias a Tláloc, quien trajo un poco de lluvia, empiezan a disiparse.

Un amigo filósofo preguntó en esos días en las redes sociales si era adecuado llamar a esto “contingencia”. La pregunta tiene mucho sentido ya que en términos filosóficos el término “contingencia” se opone al de “necesidad”, como dice el diccionario Ferrater Mora: “En la literatura lógica clásica es frecuente definir la contingencia como la posibilidad de que algo sea y la posibilidad de que algo no sea”.

De manera que en nuestro idioma la palabra contingencia, según el diccionario, expresa la “posibilidad de que una cosa suceda o no suceda”, algo que “puede suceder o no, especialmente un problema que se plantea de forma imprevista”; son palabras similares “eventualidad”, “casualidad” o “posibilidad”.

Sin embargo, lo que ocurrió esta semana no es algo que pueda ocurrir o no, no es algo imprevisto ni una eventualidad o casualidad sino un fenómeno que existe desde hace ya varios años en distintos niveles de intensidad y que se va agravando poco a poco, volviéndose más frecuente y riesgoso año con año.

Porque, tomando la letra de la canción de Serrat con la que hoy abro esta Educación personalizante, hace ya un buen tiempo que el río ya no es el río, que el bosque ya no es el bosque ni el campo es más el campo. Porque los seres humanos hace ya mucho tiempo que estamos matando a la Tierra. Ya que esos monstruos de carne con gusanos de hierro –de los que todos en alguna medida somos parte– nos han declarado la guerra.

El efecto de esta guerra empieza a ser devastador para el planeta y para la humanidad porque aunque el cambio climático tuvo durante mucho tiempo un cierto halo de mito y se conjugó siempre en futuro, ese futuro ya está aquí, ya es parte de nuestro presente, como afirma Cristina Alvarez.

La misma autora señala en su artículo “La educación sostendrá el mundo” que “los efectos del cambio climático, un fenómeno global que no entiende de fronteras, ya son una realidad tangible que se materializa en ámbitos que van desde la pérdida de biodiversidad de los ecosistemas al incremento de los fenómenos meteorológicos extremos”.

Resulta urgente, por lo tanto, reaccionar y empezar a tomar muy en serio este problema acuciante en el que está en juego nuestra supervivencia como especie y la continuidad de la vida en el planeta.

Para la autora del artículo referido, todavía estamos a tiempo de revertir este proceso y en este desafío la educación tiene un papel fundamental porque: “En primer lugar, la educación puede contribuir a mejorar tanto la preparación ante los desastres como la adaptación a los efectos del cambio climático. Por ejemplo, la Unesco apunta a que la universalización de la educación secundaria para 2030 podría prevenir 200.000 muertes relacionadas con desastres naturales en los próximos veinte años […] Por otro lado, la educación permite formar a una ciudadanía consciente de las causas y consecuencias del cambio climático, así como dotarla de las competencias necesarias para buscar soluciones y modificar sus valores y comportamientos tanto a nivel individual como colectivo, en ámbitos como el desperdicio de alimentos […] la generación de residuos, el uso de la energía o los patrones de consumo, entre otros”.

La autora señala que está demostrado por estudios que los agricultores con mayor nivel educativo, por ejemplo, tienen una mayor capacidad de adaptación ante los efectos del cambio climático.

Resulta indispensable, en este escenario de emergencia, empezar a actuar desde el ámbito educativo para construir una educación que genere el aprendizaje de los dos grandes pilotajes que señala Edgar Morin como indispensables para “salvar a la humanidad, realizándola”: obedecer a la vida y guiar la vida; es decir, adaptarnos y respetar las leyes de la naturaleza y, por otra parte, ser capaces de orientar el dinamismo de la vida en términos de desarrollo y florecimiento y no de destrucción.

Algo se ha avanzado en estos años en este campo. Los niños y jóvenes son hoy mucho más conscientes del problema ambiental y empiezan a cambiar hábitos de consumo, a reciclar la basura y a promover el respeto por la naturaleza.

Sin embargo, no basta con separar los residuos, volverse vegano o rescatar a los perros y otros animales abandonados. Es necesario formar generaciones de profesionistas capaces de realizar los cambios estructurales de carácter económico: modificaciones en los sistema de producción y comercialización vigentes; político: normatividad estricta que prohíba comportamientos nocivos generalizados de la industria como la obsolescencia planificada de los productos; y social: cambios profundos en nuestras formas de vivir y convivir con los demás en lo local, regional, nacional y global, para afrontar con algunas probabilidades de éxito el enorme problema del cambio climático que estamos enfrentando.

De no hacerlo corremos el riesgo, presente en nuestro aquí y ahora como pudimos constatarlo con la situación extrema vivida en los días pasados, de que se cumpla la profecía poética con la que cierro la columna de hoy:

“Y no habrá sol
ni ojos que nos miren,
ni habrá mar
ni tierra
que nos traguen,
flotaremos callados
con las velas rasgadas,
sin rosa de los vientos,
ni marea en la sangre.

Y no llegaremos
nunca
a puerto alguno
ni anclarán nuestros
pies,
en piedra o nube,
se gastarán las alas
batidas como remos
y zarpará la nada
hasta nuestro naufragio.

Roque Vallejos. Poema.

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