Cuento con mención honorífica en el Segundo Concurso de Cuento Breve de Rock Parménides García Saldaña

Azucena Flores Vargas

Estás sentada en la banqueta, esperando solo tú sabes qué, observando tus botas como si fueran pedazos de tu propia vida: arrastradas, descoloridas, opacas, rotas… jodidas. Ya no distingues si la oscuridad es de la madrugada o del amanecer, siempre te pasa cuando te sales a fumar un cigarro y terminas deambulando entre los mariachis de Garibaldi para ver quién te invita una chela o una cubita “nomás una, para dormir tranquila”. 

Entreabres los ojos y sacudes el sueño frotándote la cara, otra vez te vas en blanco a trabajar, eriza y confundida, pero ni modo de no ir, tu jefe de por sí solo busca excusas para darte a entender que tu chamba la puede hacer cualquier celular; y para no variar, lo de la tanda ya hace una semana se te fue invitando las caguamas con los del callejón. 

Entras a tu casa despacio, silenciosa, y aunque ya nadie duerme ni están preparándose para salir a la escuela, sabes que a esas horas los recuerdos se despiertan llorosos si prendes las luces y los llamas por su nombre. Bebes el café frío de tres tragos mientras rebuscas los pesos escondidos entre las pastillas y papeles de tu bolso marrón de los miércoles. Tomas de nuevo las llaves y sin voltear te despides del silencio inmaculado de esa casa donde alguna vez hubo plantas y rosas y aves enjauladas trinando en los amaneceres; una casa ya descarapelada por el sol y la lluvia, por los vientos y la soledad; testigo de llantos, reclamos, perdones, promesas; la casa de toda tu vida -en medio de la calle, junto al trueno enmarañado- donde hoy apenas sobrevive uno de los tres números metálicos para diferenciarla del resto. 

El sonido de tus pasos en la calle se acompasa de pronto y se convierte en el beat de una canción que escuchaste por primera vez a los 15 años, “Steve walks warily down the Street with the brim pulled way down low…” y el ruido matutino de los camiones y los autos se convierte en el fragor de voces en medio del campo de béisbol que esa tarde estaba a reventar de gente. Gritos confusos que rebotaban junto a la música y el polvo de la tierra beisbolera por las paredes que parecían a punto de desplomarse con la explosión de esas bocinas tan altas como edificios escoltando el escenario. El primer concierto de tu vida y ni sabias quienes eran, pero uno de los choferes de tu tío Julián tenía tres boletos para ir al concierto y se los dio para quedar bien. 

–Es que mi hermano trabaja de galopín en el Mesón y se los dejaron de propina unos gringos mamomes, ¿qué les hubiera costado dejarle aunque fuera un dolaruco a mi carnal que les limpio su mesa? Luego luego a hacer menos a uno nomás porque lo ven morenito y chaparrito… a nosotros no nos gusta la música de rock, mejor regáleselos a su hija, que lleve a unas amiguitas o a su galán–. Y así fue como terminaste acompañando a la prima Pilar y al novio Rogelio porque ni modo que se fueran solos. –Vaya siendo el diablo y con esa música se prendan los amores y los calores–, decía la tía Remedios que a escondidas te pedía ponerle sus discos de Chubby Checker, Dave Dee, Trini López, y el de 45 de Sam the Sham & the Pharaoes para bailar contigo como cuando eras niña y te contaba cuando se iba a bailar con tu mamá a las tardeadas que hacían en la cancha de la colonia los sábados. “Matty told Hatty, it’s the thing to do. Get you someone really, to pull the wool with you. Wooly Bully…”. La prima Pilar, la que ansiaba ser como la Jenny Garrison mexicana, te decía con aires de suficiencia –esa resulta de la ignorancia mal alimentada y la buena voluntad– que iban a ver a un cantante de ópera muy famoso en Inglaterra, que de segurito estos greñudos mariguanos ni enterados estaban y que no los dejarían pasar. Pilar, la que no llego a ser ni la sombra de la Jenny Garrison o de la Amanda Miguel que creía imitar muy bien en las fiestas. Tu prima Pili, la que en cuanto se escuchó el atronador estruendo con que inició el concierto terminó arrojada y aplastada a las espaldas de quién sabe cuántos más que desesperados quisieron dar el portazo para no perderse del evento musical más grande jamás visto en la Ciudad de los Ángeles. No solo estiraron y arruinaron su suéter, estuvo a punto de perder ambos zapatos y también le rompieron las medias en los empujones y pobre, tan asustada estaba que ya no quiso separarse de Roger ni para ir al baño, por eso te perdió de vista, no fue su culpa. 

Mientras tanto, el escalofrío que recorrió tu espalda con ese atronador inicio de la guitarra, seguida de la batería estratosférica, arrancó de tu médula la adrenalina que te invadió para correr entre la muchedumbre hasta llegar al frente del escenario. Si hubieran caído ahí todas las paredes del mundo, tu felicidad no se hubiera ido nunca de tu ser. 

Los sonidos citadinos se orquestan nuevamente mientras caminas tratando de amarrar tu cabello en un chongo que oculte un poco los vestigios de las horas pasadas y remojadas en salpicaduras de alcohol, porque eso sí, en cada escapada te dejas el pelo suelto por si la noche no es suficiente refugio para ocultar las arrugas y las canas que a la luz del día te mantienen alejada de miradas incómodas porque ya a tu edad, pintarse las raíces sale más caro que dejar que te den un aire de señora respetable. 

–Si te soltaras el cabello parecerías más grande, no que así de coleta de caballo te ves como de las fotos del cuadro de honor–. 

Dudaste que el comentario fuera para ti, después de haber perdido a tu prima y a su novio decidiste quedarte a un lado del escenario por varios minutos escuchaste absorta la voz del hombre que se paseaba por el escenario como toda una divinidad. “My game of love has just begun. Love runs from my head down to my toes. My love is pumping through my veins”. Y de pronto esa voz detrás de ti hablando de tu peinado escolar, -pues sí, era a ti a quien le hablaba, vuelve a sonar ahora como un eco, un hondo vacío cicatrizado en tu corazón desde entonces y para siempre: 

–No te espantes, yo nomás quiero hacer plática porque también me perdí. Soy Fierro, ¿y tú?– Play the game. 

El metro es un vaivén de pisadas y siluetas. Una marea que a pleno sol no descansa y se alebresta de estación en estación, el tiempo arde una visión rápida del túnel sobre el reflejo de las puertas y el negro se vuelve el verde-pardo de los ojos de Fierro. Recuerdas eso de él aunque ya no seas capaz de recordar otra cosa que no sean sus ojos y sus manos. Era agua tibia, viento inmóvil, olas de mar ensordecido por la guitarra hipnótica que no dejaba de dibujar la negrura de esa noche, tan fugaz como el túnel que se lleva los momentos resplandecientes que vinieron después de escuchar a Mercury (así llamó Fierro a ese hombre de pantalones blancos y voz incomparable) cantando “Don’t let me face my life alone. Save me save me oh.” Y ya no quisiste encontrar a Pilar, ya no te importaron las latas de cerveza volando de un lado a otro, ya las bolsas y los calcetines con tierra aventados al aire eran estrellas fugaces reventando para que pidieras un deseo: “A baby I was when you took my hand. And the light of the night burned bright”. La certeza de saberte renacida, desde el vientre de la voz que envolvía la noche, hasta las manos de Fierro que te resguardaron en esta bienvenida al mundo del rock, una comunión que habría de ser la más sagrada en tu vida. 

Antes de cruzar la avenida Insurgentes, levantas la vista en automático para ver el semáforo de la avenida. Rojo verde, amarillo, azul… de pronto las luces empiezan a subir con la música. Pilar dijo que cantaba opera pero esa canción es mejor, tenía rock, era rock y la voz de Freddie Mercury y el cabello Fierro revoloteando con las luces como faros de avión que subían de intensidad, y el piano tan dulce como los besos que cerraban tus ojos para que abrieras los labios. 

Entras al edificio. La misma gente, el mismo decorado minimalista que el hijo del dueño, tu jefe, escogió para la agencia. Tu escritorio que también sirve de archivero para la asistente que entra una hora más tarde y sale a cada rato a diligencias de emergencia. Aquí tampoco hay saludos ni voces que te llamen, nadie te espera; no hay fotos tampoco que te recuerden que existes, las paredes no se derrumban ni las luces bailan… ¿qué haces aquí? El disparo del tiempo no puede apiadarse de los desiertos de la gente, te quedas adormilada sobre hojas y documentos acartonados, ¿para qué? Si God save the Queen, que Queen te salve. 

Te has pasado noches enteras mojando tu temprana vejentud, reteniendo melodías en tus oídos para revestir tu corazón; fumándote la melancolía por no haberle dicho que te llamabas Beatriz, llorando cada vez que intentas regresar a tu casa: “You will remember. When this is blown over.And everything’s all by the way. When I grow older. I will be there at your side. To remind you how I still love you. 

Tu vida pasó tan rápido que no tuviste tiempo de recordarla, hasta ahora que ya no te quedan rescoldos donde guarecerte. Hay años que no logras ni hojear y te vienes a acordar de ese, del 81. ¿Sientes cómo se desmorona entre tus párpados? Arde, raspa de tan enraizado que lo tenías al cariño. Vuelve a ponerte las botas, ya va siendo hora de salir a buscar el olvido que te hace dormir tranquila. 

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Foto de portada: Luis Colchado

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