Cuento con mención honorífica en el Segundo Concurso de Cuento Breve de Rock Parménides García Saldaña

Eduardo Sabugal

Cuántos pensamientos por una simple sucesión de acordes en una guitarra eléctrica, escuchada desde una grabación antiquísima, que el aparato del auto reproducía a decibeles limítrofes, con todo y el gis de la grabación original, que debía haberse hecho allá por 1967. Espirales mentales salidos de aquella guitarra, el silencio rompiéndose así, transformándose a sí. Nos habían dicho que, en Oaxaca, además de los hongos de San José del Pacífico, y de poder ver maravillosamente el eclipse, habría un concierto en la playa que reuniría a todos los meros meros del rock nacional, y que nosotros, Los signos en rotación deberíamos tocar ahí. Mi héroe absoluto en aquella época (cuando el tiempo podía medirse) era Hendrix. En nuestra imaginación los dedos negros llenos de anillos saltan de un traste a otro, como un gitano que muestra y esconde una moneda dracma entre sus manos. La escena parece suceder en el futuro, pero en realidad viene de una raíz muy antigua, desde una traslación remota que ya nadie recuerda, un orbitar solar, que ahora (o entonces) recordábamos no como astrónomos sino con gestos eléctricos. ¿Cómo saber nuestra posición? Nosotros queríamos saber nuestra localización, nuestro locus. Localizar era tener al fin un lugar sobre la Tierra, no precisamente como banda de rock, sino como entes vivos, habitantes de este planeta, y eso aún parecía muy lejano, quizá más distante que ese puerto que persistía en su escondite. El studebacker amarillo corría sobre las crestas sinuosas de un San José del Pacífico zapoteca y boscoso, partiendo la humedad de los árboles. Pero nunca supimos cuánto nos acercábamos realmente al mar. Como si la distancia nos jugara un acertijo matemático en ese vuelo a ras de suelo. Nuestro tecladista era un piloto de pulso firme que había pasado cientos de horas sentado al piano, entre partituras y metrónomos de exactitud inhumana. Dentro de la cabina espacial viajábamos tres tripulantes más, argonautas incautos y alcohólicos, deseosos por ser eternos. Eternos como los eclipses, había dicho uno de nosotros. Mientras miraba por la ventana las cabañas que nacían como hongos al borde del camino, diluidas bajo la llovizna, sentí que Hendrix nos guiaba. Cuando Third Stone From The Sun inundó el interior del auto, algo comenzó a crecer, una estampida de búfalos que a lo lejos iban haciendo aumentar las vibraciones, un rumor inquietante pero hipnótico. Ese ritmo ondulante, caracola de nave espacial, copulaba mágicamente con la carretera hacia Puerto Escondido saturada de curvas. San José del Pacífico estaba en el ombligo de ese serpenteo carretero y de ese mareo auditivo. Ombligo invisible, sólo palpable por la imaginación hiperactiva que nos hacía ponerlo en el centro de esa gravitación. A través del medallón del parabrisas mirábamos el asfalto gris, agrietado, lleno de huecos y de sombras enormes que el follaje de los árboles dibujaba en la superficie. De aquellas grietas parecía salir la electricidad del zurdo de Seattle que seguía haciendo gemir a su guitarra como a una hermosa mujer. Y los cuatro nos preguntábamos, ¿qué sería? ¿una Stratocaster color blanco? ¿una Gibson Flyng V color negro? En la orilla, la tierra y la hierba mordían poco a poco la carretera, al filo de abismos vistos de reojo. Teníamos miedo y eso era la tercera piedra que deslizaba Jimi, un abismo. Pero al mismo tiempo aquella tercera piedra era un planeta, casi olvidado, desbordado y sobrepoblado, que seguía girando a pesar nuestro, con el eje ladeado y que, desde una óptica divina, parecía una lodosa bola de plastilina azul. Un rodar que era inverso a Babel. El soma de un lenguaje enteógeno llegaba en oleadas vegetales, y desde la silueta del camino, invadía imperceptiblemente las llantas y las portezuelas del auto. Rocas con formas humanas, parajes de este tercer planeta, como recién vistos, recién descubiertos en un aterrizaje astronómico. Nos sentíamos Adán, y la voz de Jimi cantaba May I land my kinky machine, y nosotros también nos preguntábamos si podríamos aterrizar nuestra máquina pervertida en las arenas de una playa, en la piel caliente de una mujer, en las cuevas originarias del mundo. Pero para eso faltaba mucho, unas tres horas más o menos de camino (pero ahora el tiempo ya no importa). Hendrix y la carretera rodeada de derrumbes, nos decían que lo que importaba era el camino mismo, ese estar ahí dentro de un auto amarillo rodando sobre la carretera maltratada, cruzando el bosque de la sierra oaxaqueña, entre fantasmas y deseos y fraseos afroamericanos que parecían sincronizarse con los movimientos del auto ¿Podríamos aterrizar nuestra máquina pervertida en algún lugar de este planeta? Y entonces la idea planetaria nos excedía por un momento y era abrumador saberse perteneciente a esta raza diminuta que poblaba una gigantesca piedra, que estaba en tercer lugar respecto a otras piedras igualmente gigantescas, que orbitaban egocéntricas sobre sí mismas, alrededor del sol. Esta tercera piedra, ancha y ajena, y que sin embargo nos albergaba. Pensábamos que Los signos en rotación, seríamos famosos y podríamos tocar en todas las playas del mundo, grabar nuestro primer LP. Pero una curva tomó a nuestro piloto por sorpresa, la velocidad en la guitarra también nos puso a volar, no alcancé a gritar, sólo seguí mirando la vegetación que nos tragaba, y el mar, el infinito mar, extendiéndose, y el asfalto, las serpientes de asfalto que reptaban allá abajo, y eternamente seguí mirando la mancha amarilla del auto sobre la carretera, y han pasado semanas, meses, años, ya no sé, seguimos aquí, sin historia, sin tiempo ya, perpetuamente bajando a esta tercer piedra gigantesca desde el sol. 

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Foto de portada: Luis Colchado

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