Nuestro monstruo de dos cabezas

Nuestro monstruo de dos cabezas

Juan Manuel Mecinas

@jmmecinas

La clase política se comporta cada vez con menos empatía. Las formas se han roto y los señalamientos entre bandos son una constante. Pero ya no son sólo señalamientos, sino que rayan en la descalificación.

Y si la política parte de la idea de negociación, de decisiones mayoritarias que respetan a las minorías, las descalificaciones son en sí un arma mortal que utilizan sin reparo los distintos bandos (normalmente dos) en el argot político.

La presidenta del PAN en Puebla compara a Miguel Barbosa con un sapo y Enrique Cárdenas señala que le gusta el comentario de la lideresa panista. ¿Cómo se va a sentar la presidenta del PAN con alguien a quien considera un sapo? ¿Qué reacción espera de alguien que es comparado con un animal? ¿Qué ventaja política obtiene de llamar sapo a un contrincante?

Que ella se exprese de esa manera poco atinada es normal si se atiende a que el cargo que ostenta no lo tiene por ser un dechado de virtudes. Pero que a Enrique Cárdenas se le olvide que después de ganar o perder la elección va a salir de esta contienda y va a seguir siendo Enrique Cárdenas, es una noticia que no hay que pasar por alto. Incluso quien se ostenta como académico pierde las formas en la arena política.

No solo las descalificaciones llaman la atención, sino también la concepción de la política como guerra sin cuartel. El sentido de sociedad y de individuo como parte de esa sociedad es lo que se pierde bajo esta concepción y la batalla política como guerra no es el mejor sentido de convivencia que pueda tener una sociedad, y en la nuestra está aflorando de forma distinta a cómo lo ha hecho en otros países.

En México hemos vuelto a los días de la lucha ideológica entre liberales y conservadores, ahora protagonizada por un puñado elitista entre quienes se llaman liberales y quienes vituperan a los otros como chairos.

Unos piensan que defender a capa y espada a Lopez Obrador los hace más progresistas y otros se asumen como adalides de la democracia contra el populismo. Y ambos se equivocan.

Ni unos son más demócratas ni los otros son más progresistas. Ni unos más representantes de la sociedad, ni los otros con mayor calidad moral.

Al fin y al cabo, si la situación de inseguridad, pobreza y de falta de bienestar en el país es una constante, se debe a esa clase política que ha gobernado con una bandera u otra.

Y en este entendido, cabe apelar a que cesen los epítetos y se construyan instituciones. Y que esas descalificaciones cesen en la sociedad civil y en la clase política. Porque está bien claro que Calderon, Peña y Fox no dieron buenos resultados, pero apostar a que Lopez Obrador sea el malo de la película es demasiado mezquino: a nadie conviene que al Presidente le salgan mal las cosas.

La sociedad eligió un presidente para seis años y algunos a los cinco meses exigen su renuncia. ¿Es eso democrático? Que un Presidente renuncie no es poca cosa. Tienen derecho a pedirlo, pero no tienen derecho a menospreciar el voto de treinta millones de mexicanos.

Si las cosas salen mal, que sea mediante las urnas como se castigue al mandatario en turno, pero exigir la renuncia a estas alturas es un acto de soberbia infinita y de fascismo innegable, en el sentido de que el fascismo desprecia al otro, al que piensa distinto y lo quiere fuera de la arena política.

Que a muchos les guste o no el estilo de López Obrador es totalmente entendible, pero a este país le hace falta mirar menos al Presidente y observar más las necesidades de quienes habitamos lo habitamos.

También puedes leer: Barbosa, entre la puesta en escena y la felicidad como promesa de gobierno.

La lucha entre las élites es un mero juego discursivo que distrae y pone en entredicho la capacidad del Estado para entender cuál es el verdadero problema y el verdadero peligro en el que nos encontramos.

En la primera mitad del siglo XX, el fascismo triunfó, entre muchas otras cosas, por una incapacidad del Estado, de la clase política y de la ciudadanía para enfrentar el verdadero problema que aquejaba a la Europa de entonces: la desigualdad.

Noventa años después, nuestro aprendizaje sigue siendo nimio: la desigualdad es el talón de Aquiles, que encuentra un nuevo elemento poderoso que pone en jaque al Estado en su conjunto: el crimen organizado.

En esta batalla, mientras unos y otros se lanzan descalificaciones, el único ganador es el crimen organizado que se aprovecha y ahonda la desigualdad social. Nuestro problema, no sin exagerar, es de dos cabezas: la desigualdad y la inseguridad.

Solo las instituciones firmes lo resuelven. Solo un Estado fuerte lo resuelve. Solo una sociedad fuerte lo resuelve. Y aún estamos lejos de construir esas instituciones y ese Estado, y de comportarnos como demócratas. Y lo peor es que la clase política tal vez no se entera de la situación. Está más entretenida en saber si uno es chairo o es fifí.

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