Genética y educación

Genética y educación

Imagen de Pete Linforth en Pixabay
Martín López Calva

“Ocurre con la idea de gen, que propulsa la rotación triunfal de la doble hélice desoxirribonucleica. Elucidante en la genética, se vuelve mutilante en el genetismo, concepción reductora que establece la supremacía del gen, y mitómana en el pangenetismo, ideología que somete todos los aspectos de la vida al imperio de los genes”

Edgar Morin. Método II. La vida de la vida, p. 160.

 

Desde las publicaciones en el ya lejano 1865 de las Leyes de Mendel, que explicaban las reglas básicas de transmisión por herencia genética de las características de los organismos de padres a hijos y de sus primeras aplicaciones hacia 1900 en los seres humanos, la genética ha tenido un enorme desarrollo. Éste ha llegado incluso, a partir del conocimiento y la manipulación del código genético, a la clonación de seres vivos que entraña la posibilidad de clonar seres humanos y de predefinir sus características biológicas y físicas, con sus consecuentes implicaciones éticas.

Dicho desarrollo científico ha generado una creciente conciencia acerca de la dimensión biológica de los seres humanos. La especie humana es, sin duda, una especie que comparte muchos elementos genéticos con otras especies animales, especialmente de los primates y otros mamíferos superiores. Los homo sapiens-demens, somos seres arraigados profundamente a la naturaleza porque somos parte de ella.

Esta creciente conciencia de nuestro ser biológico ha generado un reclamo justo de respeto al mundo natural rompiendo la creencia moderna de superioridad y pleno dominio que ha generado el desastre ecológico en que hoy vivimos. En palabras de Morin, tenemos que efectuar un pilotaje de obediencia a la vida para poder salvar a la humanidad, realizándola.

En el terreno específico de la Genética, sus descubrimientos han permitido avanzar mucho en la investigación en los campos de la Medicina y de la Psicología, partiendo del estudio de las características que los hijos heredan de los padres tanto en lo anatómico como en lo fisiológico, lo mental y emocional.

Sin embargo, como afirma Morin en la cita que sirve de epígrafe en esta Educación personalizante, estos descubrimientos que son elucidantes en la Genética se vuelven mutilantes en el genetismo y francamente mitómanos en el Pangenetismo.

Porque si en la Genética se reconoce que existen ciertos rasgos y características que se transmiten por herencia de padres a hijos, en el genetismo se establece una supremacía del gen sobre otros elementos y dimensiones propias de lo humano. Por otro lado, en el pangenetismo nos encontramos ya frente a una ideología que somete todos los aspectos de la vida al imperio de los genes.

Como leí en un texto de Axiología hace ya muchos años, de acuerdo con Frondizi, “todas las teorías tienen razón en lo que afirman pero se equivocan en lo que niegan”. Así, en el caso del genetismo y el pangenetismo estamos frente a esta misma realidad. Porque si bien es cierto que los seres humanos tenemos una carga genética, también es verdad que los humanos no somos única y exclusivamente lo que nuestra carga genética determina.

“Estamos determinados en nuestros genes pero no por nuestros genes. Nuestros genes nos son responsables de tal realización o de tal carencia. Son contables y computables”

Edgar Morin. Método II. La vida de la vida, p. 163.

Como afirma el padre del pensamiento complejo, los seres humanos estamos determinados en nuestros genes puesto que no podemos deshacernos o dejar de lado la herencia biológica que recibimos de nuestros antepasados, pero no estamos determinados por nuestros genes, porque la herencia genética no es responsable de nuestras realizaciones o nuestras carencias.

Nosotros somos seres genéticamente constituidos pero existencialmente libres; somos los responsables directos de nuestras acciones y omisiones, de nuestros logros y nuestros fracasos, de nuestros sueños y nuestras pesadillas. Seres capaces de construir su propio camino, responsables de lo haremos de nosotros mismos y de la manera en que influiremos en el proceso de auto-construcción de quienes están a nuestro alrededor.

Si estuviéramos determinados por nuestros genes no habría manera de construir nuestra propia vida ni tendríamos alternativas de acción, puesto que todo estaría atado a un destino biológico que nos definiría. Si estuviéramos determinados por nuestros genes, no habría educación.

Porque la educación se basa en la posibilidad del ser humano de desarrollarse, de construir un proyecto de vida personal y comunitario libremente elegido dentro de las condicionantes de su entorno socio-económico y cultural, así como también de su propia herencia genética. La educación es en el fondo un encuentro de libertades que están dispuestas a dejarse tocar y modificar para crecer.

“Fragmentos de vida pasada hablan por nuestra boca, pero nosotros hablamos por esta boca que nos han dado. Así, efectivamente, poseemos a los genes que nos poseen”.

Edgar Morin. Método II. La vida de la vida, p. 163.

Poseemos los genes que nos poseen. Somos seres que tenemos esa paradójica realidad en la que nos descubrimos estructurados a partir de una herencia genética irrenunciable e inmodificable, pero a la vez nos experimentamos libres y dueños de construir nuestro propio proyecto existencial e histórico. Esto gracias a que somos nosotros los que hablamos por esta boca que nos han dado dentro de un proceso milenario de continuidad y cambio biológico como especie en el planeta.

Por ello, los educadores podemos explicar y explicarnos ciertas cosas –posibilidades o limitaciones en el aprendizaje, comportamientos, predisposiciones o talentos naturales– desde la herencia genética de nuestros estudiantes, pero no podemos echar la culpa de todo lo que ocurre en el proceso educativo a la carga genética, evadiendo nuestra responsabilidad profesional y humana.

Existe una frase muy conocida que es emblemática de la Universidad de Salamanca: “Quod natura non dat, Salmantica non praestat” (Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo otorga). Proverbio que significa que la universidad no puede dar a la gente lo que la naturaleza no les proveyó –disposiciones, talentos, inteligencia–.

Este proverbio tendría que ser relativizado si asumimos una posición sana respecto a la genética y combatimos la ideología del pangenetismo. Puesto que, si bien es cierto que los estudiantes llegan a la escuela o a la universidad con ciertos talentos y predisposiciones positivas o negativas para el aprendizaje y el desarrollo de determinadas dimensiones de su persona, también es cierto que una buena escuela, un buen profesor –así como un ejercicio y trabajo constante, comprometido– pueden desarrollar en las personas habilidades, competencias y saberes que no habríamos imaginado que lograrían desarrollar.

De ahí que educar implique creer para ver. Creer, trabajar y esperar para ver.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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