El laberinto gramatical

El laberinto gramatical

Pasillos poblados de olores amarillentos. Letras en forma de viñedo. Hojas que no caen por el viento, sino por su lector idóneo. Pilas de libros cuyo orden es el desorden universal. El silencio sepulcral literario. Una librería de viejo narrada por sus visitantes, jóvenes y añejos.

Despilfarros letrados desde una librería de viejo

Rodrigo Balvanera | Perro Crónico
Pasillos poblados de olores amarillentos. Letras en forma de viñedo. Hojas que no caen por el viento, sino por su lector idóneo. Pilas de libros cuyo orden es el desorden universal. El silencio sepulcral literario. Una librería de viejo narrada por sus visitantes, jóvenes y añejos.

La marcha morosa de Julián pasa de contrastar con el folclor del centro de la Ciudad de México a fundirse con la sobriedad de la librería de viejo El Laberinto. Su traje ajado y gris es el parangón perfecto para los libros de historia jurídica del pasillo final de la librería: polvorientos, manchados de orina de gato y vírgenes por años, a falta de un manoseo interesado.

Se detiene con timidez frente al mostrador y aguarda a que el librero haga contacto visual con él para bajar la mirada, jorobarse y preguntar en tono apocado por un diccionario de masonería. Es tarde. Sus ojeras son huella del cansancio que le imprime su vigésimo segundo trabajo en cuatro décadas de vida laboral: antes de ser administrador en una tienda de pancartas publicitarias, fue maestro, intendente, chofer y asegurador. El hombre de 56 años es conducido hacia el fondo del laberinto.

Millones de letras, intactas durante décadas, reducen los cláxones descomedidos de microbuseros –que aúllan a lo largo de la calle de Donceles– a la finura de un bisbiseo al fondo de los pasadizos. Ahí, frente a una estampa deslavada que dicta “masonería”, Julián sujeta a su propio ser; busca sin buscar, ve sin ver. Se agacha, se para de puntas, da dos pasos a la izquierda, tres a la derecha y extrae el primer tomo del Diccionario Enciclopédico de la Masonería. Olfatea el libro y lee en voz alta, sin ser en realidad alta:

–Chotonio: Que quiere decir el que reina bajo la tierra. Nombre con el que se designaba indistintamente a las sombras y dioses de los infiernos, como Plutón, Mercurio, Prosperina, y con el que algunas veces se designaba también a Júpiter y a Baco.

Vuelve a la contraportada, el precio le provoca un suspiro, excede los 500 pesos. El regalo para su sobrino adolescente tendrá que ser otro.

Transita por la caja, sin murmurar una palabra, con la vista en el piso ajedrezado. Julián, como cientos, va al laberinto sin ir. Y se va, con su ya estudiada marcha.

Ilustración: Hassler Resillas / Libro abierto
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Hace 50 años, aquí enfrente, en el número 75 de la calle de Donceles, abrió la primera librería de viejo de la avenida: se llamó, y se sigue llamando “El mercader de libros”. Ese año fatídico, el 68, la familia López Casillas cultivó una simiente literaria en el corazón de la capital del país. Ubaldo y Berta –padres de 11 hijos– establecieron el negocio familiar y lo administraron durante 17 años, hasta que el sismo de 1985 destruyó el almacén donde Ubaldo conservaba su acervo de letras infinitas, por lo cual, con el propósito de que sus hijos se independizaran, decidió heredarles en vida todos los ejemplares.

Los hermanos López Casillas decidieron continuar el legado de su padre e inauguraron sus propias librerías de viejo aquí en Donceles, conservando el culto por los libros rugosos, objetos ambarinos que son ya una historia por sí mismos, más allá de su contenido. Juan Antonio instaló “La muerte de los libros” y la “Librería Regia”; Mercurio estableció “Bibliofilia” e “Inframundo”; y Fermín “El callejón de los milagros” y “El Laberinto” librería ubicada justo enfrente de la tienda de su padre “El mercader de libros”. En conjunto –entre los hermanos y sagaces competidores que vislumbraron una ventana de oportunidad– existen 20 librerías de viejo en la calle de Donceles que se han vuelto ya parte de la identidad del Centro Histórico de la Ciudad de México. Es el corredor donde confluyen las letras y el tiempo, frecuentado por enamorados de libros que, leídos de cerca, son tan literarios como sus objetos de culto.

Ilustración: Hassler Resillas / Laberinto
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Una vieja gabardina atraviesa el portal: érase un hombre pegado a una sonrisa.

–¡Vengo a completar a mi querido Proust!

Lo proclama Gabriel –maestro de piano– en forma de saludo a su amigo librero. Su espíritu busca, como si fuera magdalena en el tiempo, la sección de libros franceses del siglo XX dentro de la maraña del laberinto. Es su séptimo septiembre contiguo leyendo un tomo de En busca del tiempo perdido; esta vez viene por el último: El tiempo recobrado.

Como si fuera una extracción de la pomposidad proustiana, Gabriel se desplaza con exquisitez y pedantería, con una sobria extravagancia. Sus dedos de pianista rozan los ejemplares mientras la vista escanea la séptima fila de volúmenes a dos metros de la cuadrícula del piso. Los ojos del trabajador que lo escolta, apenas alcanzan la quinta.

A medio camino da dos pasos atrás. Observa los libros de Herman Melville, separa dos tomos de Moby-Dick, y revisa su año de publicación.

–No sé, no lo sé, creo que esta edición ya la tengo. 1954… Sí ya la tengo –prosigue con Bartleby, la personificación de su antítesis–. Está linda esta edición, me la llevo.

A los 27 años perdió todo en un incendio, incluyendo sus libros. A los 50, Gabriel sospecha haber recuperado ya la totalidad de sus letras, e incluso haberlas multiplicado por diez; aunque siempre pesa la turbación de un último olvido, ese libro que la memoria tal vez haya borrado. Sigue buscando, como un Proust, sus versos extraviados.

“Intentamos encontrar en las cosas, que por eso se nos vuelven preciosas, el reflejo que nuestra alma ha proyectado en ellas”, escribió Marcel Proust en Por el camino de Swann.

En medio del laberinto, en la fila pegada al piso de ajedrez, se encuentran varios tomos repetidos de À la recherche du temps perdu. El librero le otorga, en su idioma original, el último libro de Proust. Revisa la edición, huele, sonríe y paga. Se lleva también el Bartleby y desaparece.

Y ahí van, Marcel y Gabriel, caminando por Donceles, otro septiembre más.

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Ilustración: Hassler Resillas / Escalera
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Flora, fauna, viajes a través de la selva, crónicas de tiempos prehispánicos, imágenes del Hubble, representaciones gráficas de células infinitesimales. María tira ancla en el ajedrez del piso. Los libros de texto de ciencias naturales la esperan, por lo menos, una vez al mes. Revistas de National Geographic de la década de los sesenta, volúmenes infantiles que impulsaron la creatividad de una generación entera; moléculas, aves extintas y hoyos negros. Su pasatiempo es crear collages, jugar con su propia anatomía y hacer simbiosis con ranas y otros batracios.

Arrulla al gato, sonríe al compañero de caza de libros, acaricia los lomos, se hunde en el hoyo fotográfico de otros tiempos.

–Me gusta sentir a través de los recortes, abrazar árboles, disfrutar del aire. Me libero cortando y pegando estrellas, modificando mi cuerpo con los astros

En uno de sus collages, María sostiene su rostro con la mano derecha; en el espacio donde se ubicaba su cara, se asoma la Vía Láctea.

A los 22 años tiene la sensibilidad de una poetisa octogenaria y la curiosidad de una niña: la lluvia la conmueve, los ocasos la estremecen, los astros la baten hasta hacer que se sienta infinita. Su caminar es contundente y atrevido; posee la finita e infravalorada facultad de la juventud: el parecer. Su fortaleza es evidente, su inteligencia emocional también.

María adquiere varios anuarios fotográficos de la revista Time y distintos libros de texto especializados en osos, reptiles, flores y estrellas. Ansía volver al escritorio de su departamento: la ventana abierta, el humo del tabaco, unas tijeras, una regla, hojas blancas, pegamento. Crear monstruos con características de anfibio a partir de recortes. Jugar a ser omnipotente. Dar vida a libros que se encontraban en un limbo.

Con la galaxia como telón de fondo, una gaviota vuela.

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Ilustración: Hassler Resillas / Ajedrez
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“El Laberinto” no es la librería más grande de la calle, tampoco la más vieja. Su encanto recae en su hospitalidad y misterio. El piso de ajedrez hipnotiza al peatón; sus pasillos –a diferencia de las librerías vecinas– carecen de un orden predeterminado, huyen del centro para volver a él. Una danza entre géneros acontece alrededor de estantes de cuatro metros de altura, montones de volúmenes que llevan décadas sin ser consultados. Los libros de texto, de derecho y de historia son los más cotizados; también los más repetidos. Un gato pasado de peso ronronea entre antologías poéticas y manuales de diseño del siglo pasado. El tiempo transcurre lentamente entre tanta letra no leída. Un olor a libro muerto, pero que muere por resucitar.

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