Double Pack: Sobre horror y reciclaje
La creatividad escasea y la locura ya no es prioridad. Luego de los 80, de esa fantástica década, ya todo se ha dicho. No queda nada. ¡Sólo reciclar!
Por Héctor Jesús Cristino Lucas @
02 de mayo, 2019
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Héctor Jesús Cristino Lucas

¡Bienvenidos al siglo XXI! La creatividad escasea y la locura ya no es prioridad. Al diablo con los efectos prácticos, porque el CGI (Computer-generated imagery) es lo de hoy. Luego de los 80, luego de esa fantástica década, ya todo se ha dicho. El listón más alto en el cine fantástico. Luego de ello… no queda nada. ¡Sólo reciclar!

Foto tomada de YouTube

The Silence (2019)

Admito que a estas alturas aún no me queda muy claro si la premisa de una familia enfrentándose a una tanda de criaturas apocalípticas, cuya fortaleza radica en alguno de sus cinco sentidos, se está volviendo una prueba latente del terrible estancamiento argumental o, al contrario, en una suerte de “subgénero” que ha nacido frente a nuestras propias narices. ¿Qué sé yo? Quizás sea un poco de ambas.

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Luego de propuestas recientes como A Quiet Place (2018) donde su cineasta –y también protagonista– John Krasinski nos invitaba con grandes resultados a vivir una experiencia de horror sin límites a través de la incertidumbre de estar en silencio, la fórmula efectiva entre suspenso, misterio y ciencia ficción fue tan bien recibida que las propuestas actuales hoy en día no dejan de imitarla.

https://www.youtube.com/watch?v=m8uIqLTlpro

Ese mismo año, proveniente de la casa Netflix tuvimos la pretenciosa Bird Box de la cineasta Susanne Bier que, si bien tuvo un exitoso número de reproducciones y se convirtió de pronto en la tendencia del momento con memes y hasta absurdos retos, era obvio que aprovechó la fórmula de A Quiet Place para repetir el éxito de Krasinski.

No a un grado de ser llamado plagio, porque la historia estaba basada en una novela post-apocaliptica escrita cuatro años antes por el novelista Josh Malerman, pero sí se convirtió en una “digna” sucesora de esta. Bird Box, pese a ser un producto streaming con mucho parecido a otras cintas, fue espléndidamente estelarizada por Sandra Bullock y John Malkovich que hasta yo llegué a admitirlo alguna vez: meh, no estuvo tan mal.

Pero ahora, en pleno 2019 y proveniente de la casa Netflix –OTRA VEZ– llega The Silence de John R. Leonetti, director de aquella maravillosa película noventera que algunos definitivamente quisiéramos olvidar: Mortal Kombat: Annihilation (1997).

Protagonizada esta vez por la mismísima actriz de Chilling Adventures of Sabrina (2018), Kiernan Shipka, y adaptada de la novela homónima de –OTRO– escritor británico de horror y fantasía, Tim Lebbon, pues… prácticamente es más de lo mismo.

Tampoco es que haya problema con que una película se mueva a través de las mismas reglas de alguna tendencia o subgénero sin innovar ni un poco. Pasa que a veces, y aun siguiendo la misma fórmula sin intención de cambiarla, ha dado buenos resultados; véase el home invasion o el propio slasher. Pero en ocasiones esto no es más que reciclaje barato y también hay que admitirlo.

Aunque exista una novela que antecede a esta película, observar la misma historia una y otra vez es aburrido. Bird Box por lo menos tenía la ventaja de cambiar el jugueteo de la trama, supliendo lo auditivo por lo visual y eso hacía que la experiencia fuera un tanto diferente. En el caso de The Silence todo es tan repetitivo que pareciera más un remake descafeinado de A Quiet Place que una película con identidad propia.

Y con esto no estoy diciendo que sea una mala propuesta. De hecho, tiene unos momentos tan bien logrados que hasta sorprenden. El suspenso en muchas ocasiones es superior al que presenta Bird Box y he notado hasta cierta influencia de The Birds (1962) de Alfred Hitchcock. Pero además de esto, temo decir que la cinta es tan genérica que pasa sin pena ni gloria. Luego de sus 30 minutos se queda sin potencia e imaginación. No sabe a dónde ir.

El diseño de las criaturas es poco original y el CGI, aunque es destacable, no es la gran cosa. En general es una película correcta que no pierde el tiempo al desarrollar sus personajes y te los presenta fácil y rápido para ir directo al grano. Se nota mucho que recortaron la novela y se quedó sin sustancia.

Aunque lo que sí me encantó fue toda la intro: desde la música “transilvánica” que como imaginario colectivo recuerda a Drácula; hasta el diseño, los colores y ese conjunto de escenas… ¡muy creepy!

Escape Room (2019)

Pero eso no es nada. Vayamos ahora con la madre de los malos reciclajes. ¡Por Dios! Cada vez es más evidente la decadencia del cine de género. Si The Silence tenía el pequeño mérito de ser una película entretenida que se esforzaba por crear una historia “llevadera” para ver un domingo por la tarde, Escape Room de Adam Robitel –director de Insidious: The Last Key (2018)–, es prácticamente el hartazgo del hartazgo.

La película aborda ese subgénero sobre “habitaciones y escapismo”. Ya saben: un grupo de desconocidos aparecen en una “extraña habitación” y deben de seguir ciertas instrucciones que un “maestro del juego” les pone para escapar usando solamente el ingenio. ¡Aburridooooo! Hay tantas cintas sobre esto que las ideas hoy en día no sólo se han agotado; se reciclan vilmente unas con otras de forma absurda y hasta patética.

Salvo algunas excepciones que abordan otras temáticas diferentes como El Método (2005) de Marcelo Piñeyro sobre la crisis económica española y la codicia por un gran puesto de trabajo, por ejemplo.

Lo cierto es que me volví todo un hatear de este tipo de películas. Las detesto. La gran mayoría son copias baratas –qué digo baratas, baratísimas– de dos grandes filmes que en realidad son los únicos que considero buenos y que, curiosamente, Escape Room toma prestadas para manufacturar su argumento.

Número uno: The Cube (1997) de Vincenzo Natali.

¿Cómo no? ¡Amo esta maldita película! Es una joya de horror y ciencia ficción tan espectacular que se ha vuelto ya todo un clásico. No sólo es la claustrofobia que logra de maravilla con sus sádicos escenarios; no sólo son sus personajes entrañables y emblemáticos… ¡Es el suspenso que logra a través del misterio! El no saber qué ocurre ni qué pasará. La incertidumbre de estar atrapado en un laberinto de locura que parece interminable.

Y número dos: la ya conocida Saw (2004) de James Wan, que no necesita carta de presentación.

Al menos la primera fue tan ingeniosa y creativa que, a pesar de su escaso presupuesto, logró instalarse como un referente inmediato en el cine de terror contemporáneo. Tanto fue así que le siguieron 7 secuelas innecesarias y un sinfín de imitaciones que sólo se dedicaron a desgatar la fórmula de la original.

Escape Room es la prueba definitiva. Una mediocridad sin sustancia que se esfuerza con grandes méritos en no destacar en absolutamente nada. Si bien une los interesantes conceptos de películas de este tipo, cuando llega el momento de la verdad no sabe qué diablos hacer con ellos. A medio camino prefiere no arriesgarse y apuesta por lo seguro.

Nos quedamos simplemente con los clichés básicos de este tipo de cintas y un rotundo reciclaje que, en lugar de entretener, la vuelve predecible.

Los personajes, por ejemplo, aunque tienen una interesante historia por contar, no terminan por desarrollarse lo suficiente. Se convierten, a mitad de la jodida película, en auténticos secundarios con los que no podemos empatizar ni un poco. Aún si se trata de los protagónicos, pasan a ser simples clichés genéricos sin propósito alguno.

Los escenarios, en cambio, tienden a ser creativos, pero cuando los personajes interactúan y descubren su funcionamiento todo se va al caño porque no terminan de cuajar como uno esperaría. De hecho, no sé si es cosa mía pero los mejores, los que de verdad valen la pena, son los primeros, y mientras más van avanzando, más pierden su gracia y su ingenio.

Los efectos especiales cumplen. El arranque –aunque engañoso– te ofrece algo prometedor; y el clímax, pues… ni siquiera lo parece. Es como si hubieran decidido traer lo peor del cine de James Wan y lo peor de Vincenzo Natali. Como si intentaran alejarse lo más posible de la genialidad de sus cintas.

Por ejemplo, la gracia de The Cube era la intriga de jamás saber quién o quiénes estaban detrás de todo, convirtiendo la trama en un misterio de asombrosa categoría. Escape Room, en cambio, opta por mostrártelo con lujo de detalle y la verdad no es nada sorprendente ni del otro mundo.

La gracia de Saw (2004) era su trama. Desde el inicio se fue construyendo una historia tan bien estructurada que el final, hoy en día, es uno de los giros de tuerca más recordados del cine de terror. El desenlace de Escape Room, bueno, simplemente es una estupidez. No le demos tantas vueltas.

¿Qué puedo decirles? A veces toca hacer un maratón de películas infames para advertirles con qué es mejor no toparse. Y no me hagan hablar de The Curse of La Llorona (2019) que ya fue suficiente martirio. En fin, eso fue todo sobre horror y reciclaje. Yo me voy de aquí.

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Héctor Jesús Cristino Lucas
Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com