Cuento con mención en el Segundo Concurso de Cuento Breve de Rock Parménides García Saldaña

Sandra Peredo Rivera

Llegué a la capilla abandonada pasadas las 8 de la noche. Llevaba el tocadiscos portátil que prometí conseguir. Es pequeño con unas mini bocinas y radio, cerrado parece un portafolio Samsonite, además es de mi color preferido rojo. Puedes usarlo con pilas y toca discos de 33 y 45 revoluciones.  Abrí el portón y vi a Susana acomodando las veladoras. Casi no la reconozco, estaba vestida con unos jeans negros entubados, unas botas de plástico negro y plataforma que las hacían parecer ortopédicas, una camiseta negra de manga larga y encima otra camiseta negra de manga corta con las palabras Iron Maiden en dorado con rojo. Se había maquillado con una base muy blanca; los ojos, los labios y las uñas pintados de negro. Usaba pulseras y un collar de estoperoles. Todas las ventanas fueron cubiertas con tela púrpura. La sala estaba tenuemente iluminada por 4 veladoras en vasos rojos, una por cada punto cardinal, una por cada una de nosotras. ¿Trae pilas el tocadiscos? me preguntó. Sí son nuevas. Los pocos muebles desvencijados que quedaban fueron arrimados a las paredes laterales. Donde alguna vez estuvo el altar, colgaba el antiguo espejo ovalado de la abuela de Susana, enredado en hilo rojo. Un semicírculo de sal, que tocaba ambos extremos de la pared, lo rodeaba. A lo largo de la línea de sal una fila de veladoras esperaban ser encendidas. Enfrente del espejo estaba el lugar de Susana en su papel de invocadora. Del lado izquierdo Marisela, vestida toda de blanco. ¿Ese no es el vestido de novia de tu mamá? pregunté. Cállate, si mi mamá se entera me mata. Tú vas detrás de mí, dijo Susana a la vez que me señalaba un cojín al fondo. Asegúrate de poder ver tu reflejo, confirmó. Sabíamos que por nada del mundo debíamos quitar nuestra mirada del espejo so riesgo de quedar atrapadas en él. ¿Sería capaz de mantener la mirada en el reflejo y tocar el disco a la vez? Me senté en el cojín con el aparato frente a mí. Estaba nerviosa, más que por la invocación, porque nunca había tocado un disco al revés ¿y si se descompone el tocadiscos? ¿o si rayo el disco? ¿y si en verdad hay mensajes ocultos o se aparece alguien en el espejo? Llegó Irene con el elemento más difícil de conseguir: el vinil original, inédito y censurado de The number of the Beast de Iron Maiden que incluye la versión verdaderamente demoníaca de la canción. La disquera se asustó tanto con la pieza que obligó a la productora a sustituirla por la versión que todos conocen. Es un disco prohibido del que sólo hay 10 copias en el mundo. El hermano de Irene lo había ganado en una apuesta en Las Vegas. Sobre los viniles recae la leyenda de que quienes los han poseído tienen un final trágico; dicen que el último dueño del disco, que ahora teníamos nosotras, fue exanguinado por un enjambre abejas africanas que se había evaporado tan rápido como había aparecido. Irene me entregó el acetato ¿De qué lado lo pongo? Lado B en la rola de The Beast. Todo era perfecto para lograr el conjuro de la Doncella de Hierro: estábamos en un recinto sagrado; era viernes 13 de febrero y había luna llena; teníamos el disco maldito y la invocación secreta de Susana; el espejo a través del cual nos comunicaríamos con el espíritu invocado, las barreras protectoras de hilo y sal; y, las veladoras que Marisela había encendido de derecha a izquierda como indicaba el conjuro. Al fondo, detrás de mí, la imagen del Papa colgada de cabeza como muestra final de nuestra determinación sacrílega.

Susana tomó su lugar al centro con Marisela y su blanco vestido a un lado e Irene del otro. Nos sentamos las cuatro en el piso con las piernas cruzadas, las manos sobre las rodillas, los dedos índice y pulgar tocándose y los ojos cerrados, después de unos minutos Susana nos ordenó abrir los ojos y puse la aguja en la canción que me habían dicho, a volumen bajo. Susana juntó las palmas de las manos por detrás, dobló los codos y giró las manos de forma tal que quedaron en plegaria pero a sus espaldas, entre los omóplatos. Comenzó a recitar la invocación en voz tan baja que parecía estar orando, había puesto sus ojos en blanco. Dejamos que esa pieza terminara y comenzando la siguiente Susana preguntó ¿estás ahí? un solo del bajo del grupo se escuchaba, subí un poco el volumen ¿estás ahí? repitió Susana. Marisela me lanzó una mirada de reojo, entonces, puse mi dedo índice en la orilla de la etiqueta interna del disco y comencé a girarlo hacia atrás cuidando de no golpear el brazo de la aguja. Los sonidos se distorsionaron, era muy difícil mantener una velocidad parecida a la usual y además hacerlo en forma constante. Uuueeeiii ruuiioooool curuuulaaaoooo Susana seguía en trance, las otras dos me miraron con cara de enojo. Lo siento es muy difícil, dije a la vez que soltaba el disco y se volvía a escuchar normal, The evil face that twists my mind. Cállate y síguele ordenó Marisela. Volví a intentar girar el disco hacia atrás ahora más rápido. Suena como ardillas correteándose, dijo Irene. Silencio déjenme concentrar grité. Las dos se callaron y cerraron los ojos junto a Susana que ahora tenía la mirada fija en el espejo y las pupilas extrañamente dilatadas. Me concentré y traté de llevar el ritmo más o menos parejo de los giros, buscando la velocidad adecuada para lograr entender algún mensaje. En algún punto lo logré y los sonidos entrecortados y arrítmicos comenzaron a tener armonía aunque no se entendía casi nada pues la voz se escuchaba como un instrumento más. Miejejejeei iauuu. El disco sonaba aaaaiiiiii mmmmiiiiii nnssss aaatttaaaaaa. ¿Lo escucharon? gritó Susana. No ¿Qué? Nada ¿Qué dijo? ¿Quién? El disco habló. No. Sí, lo juro. ¿Qué dijo? Dijo que es Amy Stan. No, dijo que es Satán. No ¿cómo Satán? se quejó Marisela. Levanté la aguja del disco. Las tres se callaron. Vamos de nuevo, insté. Concéntrense y escuchen con atención. Puse la aguja al final de la canción 3, la versión prohibida, y comencé a hacerlo girar nuevamente. La voz a la inversa tenía un efecto perturbador, no dejaba de sonar como lenguaje pero parecía no ser de este mundo. Uaauaamoo duuunot medellllwidthiiiings yudooontonder sssstand. Ahí está gritó Irene No te metas con lo que no entiendes, eso dijo. Detuve el disco, lo dejé avanzar uno segundos, ‘cause I just had to see was someone watching me, y lo paré de nuevo. Escuchen con calma. Lo regresé: mieuuyauu aaaiiiimmmm saaaatan anmananuuun dontmessdontmessdontmess güitdings dontonderstand dontonderstand yauuu tabutabu. Ya había logrado que el disco hablara ahora me concentraba en el espejo. El reflejo de las cuatro había desaparecido, en su lugar estaba la imagen de una mujer con los ojos llorando sangre y una enorme sonrisa negra. Llevaba una cofia en forma de pico de la que se desprendía un velo y vestía una larga capa de satín, todo en negro. Aaaaiam Sssabeth couuuuuntesss of darknessss sonaba en el disco. Enmudecimos. Yo no podía dejar de mirar al espejo. ¿Por qué trajeron estos discos? ¿Por qué no usamos los discos de Abba o a los Beatles? ¿Por qué el disco del 666? No quiero a ninguna doncella, no quiero a ninguna condesa, no quiero hacer esto, se acabó, dijo Marisela a la vez que se levantaba de su lugar. No te vayas imploró Susana, no puedes romper el círculo. ¿Círculo? somos cuatro gatos en semicírculo ¿dónde está el círculo?, pensé.

Quizá ese fue el error y por eso ahora todo se salía de control, nunca hicimos un círculo. Gimme your heart aaaiiuuuu. Deja de tocar el disco gritó Irene. No estoy tocando nada, el disco se mueve solo. No seas pesada, ¡ya para! gritó Marisela. Les juro que no estoy tocando nada dije y alcé las manos mientras el disco seguía girando al revés. Aaaiiiiiii aaammmfffrriiiiiiii dankedankedanke se escuchó y en el espejo los ojos de la mujer se volvieron dos huecos negros y profundos. Extendió su capa en una especie de abrazo, con unas enormes extremidades que se abrían como dos compuertas de tela, todo su cuerpo estaba cubierto por cientos de pequeños clavos brillantes y afilados. Marisela giró hacia la ventana para correr las cortinas y con la cola del vestido de novia rompió el círculo protector, tiró las veladoras que nos rodeaban y se prendió en llamas. Susana dio un brinco hacia atrás, dejó de ver al espejo y quedó catatónica. En la corredera para apagar el vestido pateé el tocadiscos que perdió su brazo, las pilas salieron volando y una vino a estrellarse en el retrato de Juan Pablo II. Cuando me detuve frente al óvalo estaba mi imagen sobre un fondo pálido, la mujer había desaparecido. Unos segundos después surgió, reflejada detrás de mí, una sombra en forma de sarcófago con la cara de la doncella. No pude moverme. Sentí una respiración fría y con aliento a tumba que me soplaba en la nuca. Una uña puntiaguda me recorría la columna hasta el sacro mientras la piel se me erizaba por completo. El espejo parpadeó y la sombra despareció.

No fue posible ayudar a Marisela. Sufrió quemaduras de tercer grado en casi todo el cuerpo, vive interna en un hospital para quemados. Dicen que los viernes 13 se puede uno topar una novia en busca de amantes pero apenas abraza algún buen hombre éste cae muerto en sus brazos sin gota de sangre en el cuerpo. Susana salió del trance pero sus ojos quedaron vacíos, cubiertos por una especie de catarata blancuzca. Vaga por las calles y pasa las noches de luna llena en vela en los parques de la ciudad. Esas noches que ella no duerme, en mi casa se enciende la radio con la misma maldita canción. Tengo que poner en la tornamesa el acetato que logré rescatar y tocarlo al revés una y otra vez frente a un espejo hasta que la imagen de la Doncella de Hierro desaparece y en su lugar queda la cara hipnótica de Susana. En tanto, a la Susana del parque los ojos se le han puesto brillantes y la mirada es cortante, como filosos cuchillos en busca de presas. Muchas veces, después de esas sesiones, me he topado con noticias sobre cuerpos que aparecen apuñalados en los parques de la ciudad. Al principio me negué a tocar el disco cuando la radio se prendía. Entonces, el maldito espíritu iba encendiendo cuanto aparato eléctrico había a mi alrededor: la licuadora, el ventilador, la televisión, el tostador, la plancha, la cafetera, la lavadora, el calefactor. Estoy condenada a tocar el disco una y otra vez, no quiero molestar al demonio. Inés está desparecida desde esa noche, nadie la ha podido encontrar. Sólo yo sé que el espíritu liberado la lanzó al fondo de un vacío blanco y plano que se extiende infinitamente. Algunas noches la he visto de reojo en el espejo de mi baño. A mí no me pasó nada porque soy quien liberó a la doncella. Dankedankedanke me dijo. Tantos astros se alinearon para que sucedieran las cosas de ese modo que dudo mucho que se pueda volver a conjurar lo mismo. Aun así, después de 28 años, este febrero es viernes 13 de luna llena. Espero que en algún lado haya alguien invocando a la Iron Maiden para que nos libere de esta maldición. Mientras tanto seguiré tocando, a placer de la dama, el vinil al revés.

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Foto de portada: Luis Colchado

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