Cuento con mención honorífica en el Segundo Concurso de Cuento Breve de Rock Parménides García Saldaña

Laura Ruiz

–Bailar en tacones nunca va a ser lo mismo–. “I’m an alligator, I’m a mama-papa coming for you”, un salto, el sonido de tacones chocando contra el concreto.

–¿Podemos regresar? Ándale, vamos, ¡por favor!

Violeta miró a Lucía: mini falda, tacones rojos, el maquillaje un poco descolocado y el cabello esponjado. Luego miró sus botas, sucias de barro, de pisadas y de cerveza.

–Vamos pues– “Keep your ‘lectric eye on me babe”.

***

–El sonido del despertador siempre es más desagradable en lunes– pensó Violeta mientras tomaba el teléfono con dificultad para apagar la alarma. Se levantó de la cama, Lucía seguía dormida, como de costumbre, a pata suelta y con la falda levantada. –Otra vez se le olvidó ponerse el pijama–. Violeta se arrastró hasta la regadera y sintió que revivía con el primer chorro de aguahirviendo. Cerró los ojos y la música vino a ella: “Didn’t know what time it was and the lights were low”.

En la recámara, Lucía por fin había abierto los ojos, Bowie siempre era LA alternativa si se quería despertar de buenas. “Let the children lose it”, Violeta entró al cuarto, cubierta solo por la toalla.

–Buenos días, chula–, Lucía le contestó cantando y señalando hacia ella con un cepillo como si fuera el micrófono–, “Let all the children boogie”.

–¿Qué vas a hacer hoy?– preguntó Violeta mientras se vestía en su habitación. Lucía, evadiendo la respuesta, siguió cantando mientras iniciaba la transición de ropa de fiesta a pijama.

–Ok, entonces lo mismo que la semana pasada-. Violeta se acercó a Lucía, la tomó de la mano y la hizo sentarse junto a ella. Lucía recargó su cabeza en el hombro de su amiga.

–Tengo varias cosas que hacer acá en la casa. Estoy haciendo unos experimentos– le contestó bajando la voz en la segunda oración, como si dudara en contarle a su amiga. Violeta suspiró y tocó la cara de Lucía con ternura.

–Me voy. Te veo más tarde–, se despidió mientras caminaba hacia la puerta. Lucía, aún sentada en la cama, la vio salir del cuarto y del departamento mientras la música seguía. “He’s told us not to blow it, Cause he knows it’s all worthwhile”.

En cuanto escuchó el portazo de salida, Lucía se apresuró y sacó una caja de abajo de la cama. La abrió y una luz roja pulsante llenó la habitación. Cerró la caja lo más rápido que pudo y la volvió a meter bajo la cama. –¡Carajo!–. Salió del cuarto y sacó uno de los libros de la repisa: Dune.

Mientras lo hojeaba, el gato del vecino que siempre se colaba por su ventana, dio un saltito y se acomodó en el sillón. Lucía, con el libro en la mano, se dirigió hacia él: -Una vez alguien me dijo que tenía sonrisa de Bene Gesserit-. El animal levantó la mirada hacia ella y luego volvió a cerrar los ojos. Lucía se acercó, levantó al gato y se sentó en el sillón con el animal en sus piernas. El libro estaba lleno de subrayados y anotaciones en los márgenes, como si alguien estuviera intentando resolver un código escondido en él. Después de un rato, y sin encontrar su respuesta, Lucía se levantó bruscamente. Dejó el libro en su lugar y conectó su teléfono a las bocinas. Jean Genie comenzó a sonar.

Cuando Violeta llegó a la casa, olía a limpio. Lucía había vuelto a acomodar los muebles, había cambiado los cuadros de lugar y hasta la habitación se veía completamente diferente. –Otro de mis ataques, lo siento-, dijo Lucía mientras salía de la cocina con una lasagna en las manos.

–¿Todo bien?– le preguntó Violeta.

–Sí, sí. Estaba un poco frustrada, solo eso– respondió Lucía mientras terminaba de poner la mesa. –Siéntate, está calientita– sonrió. Violeta se sentó a la mesa con Lucía.

–Oye, ¿no quieres venir conmigo al trabajo mañana? Estamos grabando un video, te va a gustar.

–No sé– Lucía se giró hacia la habitación, suspiró y luego, se giró hacia Violeta. –Está bien, te acompaño.

Al día siguiente, salieron juntas. El video se estaba grabando en un estudio, que en realidad era un cubo blanco enorme. Alternativamente prendían luces de varios colores, mientras el cantante hacía una coreografía simple rodeado de varias chicas muy atractivas. La canción le parecía muy poco interesante, pero Lucía estaba fascinada con las luces y como invadían todo el cubo. Caminó alrededor del estudio y encontró una ventanilla escondida en la parte de arriba. Al finalizar el día, se acercó a Violeta para preguntarle si la podía acompañar también al día siguiente. Violeta le contestó que sí.

Cuando volvieron al departamento ya era tarde. Violeta se metió a bañar y Lucía aprovechó esos minutos para sacar la caja de abajo de la cama de su amiga y meterla en una bolsa, que después cubrió con un suéter y una chamarra. Esa noche, Lucía soñó que ella aparecía en el video de Bowie de Life on Mars, no era él maquillado y cantando frente a la pantalla, sino ella. Mientras ella cantaba en sueños, la caja en su bolsa parpadeaba con luz roja. “Now she walks through her sunken dream”.

Violeta ni siquiera escuchó el despertador de Lucía la mañana siguiente. Cuando se despertó, Lucía ya estaba cantando y el departamento olía a café recién hecho.

–¡Buen día!– gritó Violeta, desde su cuarto. Lucía apareció de pronto en su puerta con una taza de café en la mano, que le entregó mientras se le acercaba cantando Loving the Alien. –Te vesmuy bien hoy.

–»And your prayers they break the sky in two”, ¡gracias! “Believing the strangest things”– contestó Lucía entre cantos. –Café para ti, ¿vamos?

Así pasaron varios días. Violeta no entendía la fascinación de su amiga por acompañarla diariamente a sus grabaciones, pero lo cierto es que la veía feliz, y eso era un gran cambio de los últimos meses. Parecía que Lucía se había creado una rutina. Cada día, cuando Violeta se iba a reportar, Lucía saludaba al crew, recorría el lugar, ayudaba a las personas de catering y cuando era hora de salir, Lucía siempre aparecía en la puerta con una sonrisa. Violeta la perdía de vista por horas, pero tampoco tenía demasiado tiempo para preocuparse por ella, al final estaba trabajando.

Lucía parecía contenta, se veía muy diferente, como si hubiera desentrañado alguna clave para sacarse de su propia depresión.

La última noche de la grabación, el crew decidió ir de fiesta para celebrar el final del video. Violeta llevó a Lucía, que se había convertido en parte del equipo. Lucía estaba muy emocionada ese día, se había puesto sus tacones rojos preferidos, y bailaba y saltaba por todo el lugar, su cabello esponjado moviéndose lado a lado con la música. Después de un rato sin embargo, se acercó a despedirse.

–¿Cómo, ya te vas?– le preguntó Violeta confundida.

–Sí, estoy cansada. Y, como decías, nunca va a ser lo mismo bailar con tacones. Me duelen los pies.

–Dame unos minutos y me voy contigo.

–No, tranquila, es tu festejo. Te veo en la casa-. Lucía abrazó a Violeta como nunca la había abrazado y le dio un beso en la mejilla. –Te quiero.

Violeta observó a su amiga irse del lugar. Se sentía rara, la despedida había sido diferente de alguna manera. Quizá estaba demasiado cansada. Lets Dance empezó a sonar al fondo y los compañeros la jalaron para seguir bailando. Entre bailes y cervezas, Violeta recordó de pronto que había dejado sus anotaciones en el estudio. El bar se encontraba a unas cuadras y le quedaba en su camino de vuelta al departamento. Se despidió de los demás y salió de ahí. Ya cerca del estudio se detuvo. Una canción sonaba sutilmente en el ambiente, era como si no la estuviera escuchando realmente, como si sonara dentro de su cabeza. Mientras más se acercaba, más fuerte y clara se volvía. Cuando el edificio del estudio se hizo visible, “But her friend is nowhere to be seen”, a cada paso que daba “Now she walks through her sunken dream”, las líneas de la canción “To the seat with the clearest view” iban revelándose “And she’s hooked to the silver screen”. Una luz roja emanaba del cubo como si fuera un corazón latiendo, y del techo salía un rayo hacia el cielo. Como si estuviera hipnotizada, Violeta caminó hacia el estudio.

Al entrar, se encontró a Lucía parada en medio del cubo, rodeada por la luz roja “Oh man, look at those cavemen go”. Lucía se giró para ver a Violeta y le sonrió. “It’s the freakiest show”.

Mientras el sonido de la guitarra subía hacia el cielo, una puerta se abrió en el techo. Una puerta que no estaba ahí, pero parecía que abría el aire hacia algo diferente. Una luz blanca se coló por entre la luz roja y la música paró. Una escalera plateada descendió por la puerta. Lo primero que apreció fueron unas botas rojas con plataforma, que bajaron por ella para hacer aparecer ante ellas a un ser delgado y alargado, que emanaba una luz que no permitía ver su rostro. El ser extendió su brazo hacia Lucía, que, antes de tomar su mano, se giró hacia Violeta.

–No me extrañes demasiado– le dijo Lucía, luego le guiñó el ojo y siguió su camino.

Cuando por fin se dejó elevar hacia la escalera, la música regresó y el color rojo volvió a invadir el estudio, “Oh man, wonder if he’ll ever know”. Lucía subió las escaleras y lo último que Violeta vio fueron sus tacones rojos, que al cerrar la puerta, parecieron absorber toda la luz del lugar. “Is there life on Mars?”

Violeta se quedó sumergida en la oscuridad y el silencio por un rato. Luego, una luz muy débil parpadeo en medio del cubo. Violeta se acercó, era uno de los tacones rojos. Violeta recogió sus papeles, y metió el tacón a su bolsa. Mientras caminaba hacia el departamento, el cielo, más despejado que de costumbre, dejaba ver una estrella enorme y brillante que parecía guiñarle el ojo a la distancia.

Quizás ahora quieras leer el cuento Déjenme si estoy llorando

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Foto de portada: Luis Colchado

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