La vida bajo los tres postes

La vida bajo los tres postes

Foto tomada de Wikimedia Commons
Emilio Coca

@cocabron

El 14 de abril se celebra el Día del portero, sí, sí, yo sé que es una estrategia mercadológica de alguna marca para promocionar o vender sus productos y/o servicios, algo así como el Día del amor y la amistad o Santa Claus vestido con los colores de cierta marca de refrescos. En este caso es una propuesta de una marca mexicana como un tributo a uno de los mejores arqueros que ha llegado a México, Miguel Calero, quien formó parte de Club Pachuca y consiguió el único título internacional que ha conseguido un equipo mexicano en la historia, la Copa Sudamericana.

Calero es un jugador que llega a mi mente cada vez que me pregunto ¿por qué soy portero? Recuerdo sus atajadas, cada uno de los lances y manotazos que me convencieron de dedicarme a proteger la “meta” sin pensar en las consecuencias. Vi una y otra vez sus partidos, cada jugada imposible, los reflejos felinos, la mirada puesta únicamente en el balón

No fueron sus títulos, esos cualquier jugador puede conseguirlos, era su actitud, su juego, su personalidad; era él y la eterna gorra con la que gritó gol hasta tronar las cuerdas bucales. Su retiro fue triste pero justo. Calero voló alto, más alto de lo que muchos porteros han logrado.

En diciembre de 2012 la afición ovacionó por última vez al portero de los grandes títulos y por última vez llenó una cancha de lágrimas. “Miren, miren qué locura; miren, miren qué emoción, ya llegó Miguel Calero, llegó a Pachuca para ser campeón”. Le cantaron en su despedida, en el último adiós del guardameta que fue tuzo hasta la muerte.

En fin, tomo esto para hablar un poco de lo que significa pararse bajo los tres postes, de mantenerse estoico dentro de un rectángulo mientras los rivales esperan un descuido, una mala decisión, un error para gritar “gol”.

Ya lo dijo Galeano, el portero es el primero en pagar los platos rotos. Mientras los delanteros son los responsables de la alegría en el futbol, el arquero es el aguafiestas, el primer señalado ante el mal desempeño, ya sea porque no funcionó el equipo y le “apedrearon el rancho” o porque ante la afición no hizo lo suficiente para evitar la caída de su marco. Es ser el cabeza dura, el loco, el solitario; porque lo “importante” del juego sucede adelante, mientras se observa todo desde atrás.

Recientemente, un alumno me preguntó qué necesitaba para ser portero. La respuesta fue fácil: mente fuerte, concentración máxima, sangre fría y no dudar en cada una de las decisiones. Y es que si un delantero falla un gol, el partido sigue; si un medio pierde la pelota, ésta sigue rodando; incluso el defensa puede cometer una equivocación sin consecuencias; pero si el portero comete un pequeño error, el mundo se detiene, el cielo y la dicha se convierten en lágrimas, sollozos, enojo y mentadas de madre. Te conviertes en un habitante del cielo y del infierno, en el Cancerbero, el guardián de la entrada al infierno.

Sin embargo, el portero tiene un aura especial, esa que nos levanta del asiento, que detiene el tiempo, la respiración, el sonido mientras vemos cómo el balón se acerca a la portería, girando hasta golpear la mano, el brazo, el pecho, los pies, la cara del guardameta. Ahí es cuando el tiempo recobra su velocidad, los espectadores se llevan las manos a la cabeza, aplauden y todo acaba en una exhalación generalizada que suena como “uuuuuh”.

Porque no podemos olvidar esos momentos que hemos vivido a causa de un portero: la atajada de Memo Ocho contra Alemania a los pocos minutos del gol del Chucky Lozano; el leve pero significativo toque que llevó el disparo de Toni Kross al travesaño; el partidazo contra Brasil en 2014 o los múltiples shows de Jorge Campos con su vestimenta de colores, sus vuelos, sus barridas, sus atajadas en los Mundiales de 94 y 98, también contra Alemania en Octavos de final en el Mundial de Francia 98.

Hablo de ellos como un ejemplo general, pero cada aficionado tiene en su memorias algún “paradón” y, es que desde mi perspectiva, es más estético ver el lance, la extensión del cuerpo, la posición de los brazos y las piernas, la dificultad de calcular la velocidad, el espacio, el destino; saber si vas a mano cambiada, con los puños o ambas manos, sujetarla o despejar; lanzarse desde el sitio donde está parado o recorrer la portería; tener en cuenta la humedad, el viento. Todos esos factores que pueden jugar a favor o en contra de un disparo que alcanza los 150 o 210 kilómetros por hora.

El portero se levanta, aplaude, no tiene permitido pensar en el pasado, no existe. Las glorias y penas del segundo transcurrido son más viejas que los años del club, menos importantes, casi olvidables. Carga a sus espaldas a un conjunto, y es que sin portero no hay oportunidad de ganar; es el Atlas del equipo.

Al final escribo esto como un tributo a todos aquellos jugadores que me hicieron parte de lo que soy hoy en día; a los que pueden pasar 90 minutos clavando la vista en un balón, bajo el escrutinio de todo un estadio, de miles de espectadores que esperan gritar «gol». Escribo esto para recordar y celebrar la posición más chida dentro del futbol, porque, como diría Calero si naciera otra vez, volvería a jugar futbol, y volvería a ser portero.

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