Intocables
El contacto físico es esencial para nuestra supervivencia y, más allá de ella, para que nuestro vivir pueda llamarse “humano”
Por Lado B @ladobemx
30 de abril, 2019
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Martín López Calva

Cuando el gato ronronea

porque tiene mucho sueño,

busca antes de ir a dormir

las caricias de su dueño.

Cuando el perro por la noche

ve que a dormir todos van,

va buscando las caricias

donde sabe se las dan.

El pajarito en la jaula

que no deja de cantar,

acaricia con el pico

si lo van a visitar.

Igual si un niño está triste

lo abrazas y das amor,

seguro que las caricias

mitigarán su dolor.

Marisa Alonso Santamaría. «Caricias». Guía infantil.

 

Durante el receso de Semana Santa tuve la oportunidad de ver la película Five Feet Apart (A dos metros de ti), un drama adolescente muy bien realizado y bastante duro en su temática, ya que muestra la realidad injusta de la enfermedad y la muerte que afecta a niños y jóvenes que tendrían toda una vida por delante.

Los protagonistas son Stella y Will, dos adolescentes que padecen fibrosis quística. Ambos están internados en el mismo hospital, donde se conocen y se enamoran. Pero por las características de su enfermedad y la altísima probabilidad de contagio entre ellos tienen una regla durísima de convivencia, la cual consiste en la prohibición estricta de acercarse a menos de cinco pies de distancia –es decir, a metro y medio, no a dos metros como indica el título de la cinta en español–, radio en el que pueden diseminarse las bacterias y virus al toser o estornudar.

No voy a dar un spoiler de la historia ni a analizar la película puesto que no soy crítico de cine. Me quiero concentrar en la restricción que limita las posibilidades de expresión entre los dos enamorados que protagonizan la trama y a la que hace referencia con mucho dolor y frustración Stella en los videos que comparte sobre su enfermedad.

“Contacto humano. Lo necesitamos de la gente que amamos, casi como necesitamos el aire para respirar. Nunca lo entendí hasta que ya no lo tuve”, dice Stella en una grabación que comparte con sus seguidores en redes sociales al inicio de la película.

En efecto, el contacto físico es esencial para nuestra supervivencia y, más allá de ella, para que nuestro vivir pueda llamarse “humano”. Tan esencial como el aire que respiramos o la comida que nos nutre, así de importante es el contacto que tiene tanto una dimensión biológica propia de nuestro ser –como especie viva en el planeta– tanto como una dimensión psicológica, social e incluso espiritual.

Como bien dice Stella, este papel fundamental del contacto humano nunca lo entendemos hasta que ya no lo tenemos. Pero, ¿qué pasa con aquellos que por diversas razones nunca lo han tenido?

No soy experto en el tema pero existe mucha literatura que habla acerca de los efectos de la carencia de este contacto físico y de las caricias en el proceso de desarrollo, sobre todo en las primeras etapas de vida a partir del nacimiento. Una persona que es privada de dicho contacto crecerá con un auto concepto negativo y una autoestima baja; tendrá mucho menos capacidad de relacionarse con los demás porque no desarrollará la confianza y el sentido de pertenencia; mostrará mucho más dificultad para amar plenamente porque no se ha sentido amado y aceptado.

Como dice el poema infantil que aparece como epígrafe hoy, el gato y el perro buscan las caricias de su dueño, los pájaros acarician con el pico y, por supuesto, los niños que sienten dolor, tristeza o miedo, mitigarán estos sentimientos si reciben una caricia o un abrazo.

Pero el contacto físico también puede ser un medio de dominación, de opresión del otro, de invasión de la intimidad y de falta de respeto a la dignidad personal, e incluso de violencia y muerte.

Paradójicamente, nos encontramos en la época que ha revalorado el contacto físico y ha quitado la connotación negativa o aún pecaminosa que tenía el cuerpo en etapas históricas previas, pero al mismo tiempo ha producido un nuevo miedo al contacto físico por la constatación de los múltiples abusos, transgresiones y demostraciones de violencia que han sido denunciadas y documentadas en prácticamente todo el mundo.

Entre los casos indudablemente más graves y reprobables están los de abuso sexual de menores que se han dado en muchos espacios familiares, escolares e inclusive religiosos, sin duda inaceptables y que deben ser castigados con todo el peso de las leyes.

Esta oleada de denuncias y escándalos ha producido reacciones preventivas y medidas que buscan evitar los abusos en todos los niveles y edades. Por lo que, además de nuevas leyes y normas generales, se están generando y publicando cada vez más protocolos y regulaciones en escuelas, centros sociales, empresas y organizaciones de todo tipo.

Algunos articulistas han señalado que, a pesar de que estas medidas son necesarias y que es positivo todo lo que se haga por tratar de evitar que el contacto físico no se presente como algo que no sea una expresión de afecto, amor o empatía y se convierta en un mecanismo de violencia, imposición y falta de respeto a la dignidad de las personas, se están produciendo efectos indeseables producto del temor de muchos a ser acusados de acciones impropias.

En muchas escuelas, por ejemplo, las maestras y maestros tienen ya prácticamente prohibido cualquier contacto físico con los alumnos. Muchos de los educadores evitan ya las expresiones de afecto hacia sus estudiantes ante el temor de ser malinterpretados, aunque su institución aún no se los prohíba.

¿Cómo evitar que la urgente atención y prevención de acciones de agresión física o abuso priven a las generaciones del presente y del futuro del contacto físico indispensable para vivir humanamente? ¿Cómo promover relaciones humanas respetuosas y sanas en las que las manifestaciones de contacto físico sean siempre guiadas por el respeto a la dignidad personal y expresen empatía, solidaridad, afecto, amor, y no agresión, dominación o invasión al otro?

La respuesta es muy compleja porque tiene que contemplar muchos ángulos y dimensiones; porque quedará siempre un margen que tiene que ver con las intenciones y las interpretaciones tanto de quien expresa físicamente sus emociones como de quien recibe esas manifestaciones de contacto.

Sin embargo, considero que es un tema muy relevante que hay que ir analizando e intentando abordar si queremos que la educación siga siendo un proceso humano y humanizante.

El fin de semana pasado un amigo compartió en Facebook el video de la forma en que una profesora de Hebrón recibe diariamente a sus pequeños alumnos. Lo pueden encontrar aquí.

Este acto tan sencillo en el que a partir de una señalética dibujada por la maestra, pegada en la entrada del aula, donde cada niño elige si quiere ser saludado de mano, con un choque de puños o de palmas, así como con un abrazo, respondiendo la maestra a cada uno según su petición, me parece una forma muy fácil de instrumentar y, a la vez, muy poderosa de educar a los niños en el contacto físico.

Usar la creatividad como lo hace esta maestra palestina para ir encontrando formas de promover un contacto físico que sea realmente humano, esto es, respetuoso, empático, cálido y de aceptación sincera, resulta una tarea urgente en un mundo en el que el miedo a los abusos nos puede llevar a formar generaciones de niños y adolescentes intocables.

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Lado B
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