“Responsable, trabajadora y de buen carácter”. El empleo doméstico en Puebla
Un oficio menospreciado se oculta tras las zonas de mayor especulación inmobiliaria en Puebla y tras el emprendimiento aspiracional de la clase media-alta
Por Klastos @
28 de marzo, 2019
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Alejandra Vergara

Puebla es el estado con más universidades en el país. El poblano promedio ni siquiera termina la educación básica, pero esto no impide que la idea de Puebla como una ciudad universitaria se siga multiplicando de la mano de espectaculares con muchachos sonrientes y eslóganes emprendedores que tapizan las avenidas de concreto hidráulico. Tanta alharaca en torno a la educación superior y al ser emprendedor alimenta el prejuicio en torno a los oficios: ser empresario y no empleado. Y entre todos los oficios, uno particularmente desprestigiado: el trabajo doméstico.

¿Hay que decirlo? El trabajo doméstico es mayoritariamente femenino: 90% de las personas que se emplean en esas labores son mujeres. En su mayoría, mujeres indígenas, uno de los grupos más vulnerables del país, enfrentado a la discriminación por tres frentes: género, raza y clase. Las mujeres indígenas son, por ejemplo, el grupo poblacional con el nivel de escolaridad más bajo y las tasas más altas de analfabetismo.

El trabajo doméstico ocurre a puertas cerradas, en la esfera de lo privado, lejos de la mirada de los demás. Esto permite que la relación entre empleadas y empleadores brinque fácilmente de la distancia formal a una familiaridad que, muchas veces, no implica un beneficio para la trabajadora sino lo contrario: en la confianza de la cotidianidad se abre un espacio para el trabajo sin contrato ni prestaciones, para el abuso y  la imposición súbita y caprichosa de protocolos y reglamentos (uniformes rosas, cambios drásticos de horarios y días laborales, modificaciones en la paga y asignación de nuevas labores sin aumento de sueldo).

Esta relación íntima pero distante donde la empleada habita la esfera de “lo familiar” pero sin acceder a los beneficios de ser parte del grupo, se refuerza en la naturaleza del trabajo. Estas mujeres friegan baños, preparan comida, lavan ropa y tienden camas mientras hacen de la vista gorda cuando se encuentran con que sus empleadores no llevan una vida tan perfecta como aparentaban al contratarlas.

Como revela en una entrevista en The Guardian Stephanie Land, autora de Maid: Hard Work, Low Pay, and a Mother’s Will to Survive, a la gente no le gusta la idea de que sus empleadas domésticas tengan opiniones sobre sus hábitos y sus estilos de vida, ya ni se diga que, como Land, las hagan públicas. La discreción, la honradez y las buenas referencias se enlistan una y otra vez en los anuncios clasificados para estos empleos.

Porque claro, si van a entrar a ese mundo tras bambalinas donde hallan la mota mal escondida del hijo de la casa, ven a la señora con la cara amoratada  o se dan cuenta de que el señor ya no está llegando a dormir, es importante que las empleadas sean discretas y tengan buenas referencias; no vaya a ser que ellas también tengan sus secretos. Tan importantes son las “buenas referencias” y tan grande la suspicacia de algunos empleadores, que las llamadas “agencias” han encontrado un nicho para vivir de la desconfianza y prejuicios de unos y de la necesidad de otras.

Imagen tomada del portal de Jooble: Trabajo en México (https://mx.jooble.org/)

En este clasificado de la bolsa de trabajo Jooble, además de las buenas referencias, también se pide “buen carácter”, requisito que puede resultar un tanto ambiguo: ¿qué es el buen carácter?, ¿estar sonriente siempre?, ¿ser dócil? Sólo podemos imaginarnos lo que el empleador considera buen carácter. A cambio, promete maravillas: pagar a tiempo y que el trabajo no se acabe de un día para otro; dos cosas que uno esperaría de cualquier empleo.

Muchas veces, el trabajo de estas agencias no es otro más que poner en contacto a una trabajadora doméstica con un empleador. El extra que ofrecen es entregar al empleador un expediente con datos y documentos personales de la trabajadora, así como una copia de la impresión de huellas digitales. A ellas sólo les ofrecen vincularlas. Contacté a varias agencias de empleadas domésticas en Puebla y este es el trato.

Los acuerdos sobre pago y las condiciones de trabajo quedan por acordarse entre la trabajadora y el empleador, en el confortable reino de lo privado. Me pregunto qué pasaría si las agencias también pidieran antecedentes de los patrones, si solicitaran copia del contrato laboral y de la inscripción en el IMSS de sus trabajadoras, si requirieran referencias de antiguas empleadas o un tabulador de pagos por realizar labores extra.

Imagen tomada de un chat personal con una agencia de empleadas domésticas en Puebla

Uno pensaría que a una trabajadora que ha pasado la prueba se le debería asegurar condiciones laborales que compensen sus virtudes. No es así: los sueldos de una empleada doméstica en Puebla están alrededor de los 300 pesos por día, según anuncios clasificados en línea. Así, la ciudad está en la zona en la que más personas consideran que los derechos de las empleadas no se respetan. Por ejemplo, es uno de los lugares en donde un mayor número de empleadores dan de comer sobras a las trabajadoras, hecho que dice mucho de la desigualdad en la relación laboral. El maltrato y la precariedad en estos trabajos hacen que la movilidad social se vuelva prácticamente imposible.

En la ciudad de Puebla, aproximadamente 65% de las trabajadoras del hogar son de la ciudad, el resto viene de otros lugares del estado o de otros estados y sólo 1 de cada 10 empleadas posee una propiedad. La mayoría renta un lugar donde vivir; sobra decir que las rentas cercanas a zonas residenciales como La Paz, El Mirador, Huexotitla, Lomas de Loreto y, ya no digamos, La Vista o Lomas de Angelópolis están muy por encima del sueldo promedio de una empleada. Esto, en una ciudad con una movilidad torpe y fragmentada, implica invertir horas en desplazamientos, cambiar varias veces de transporte y caminar distancias considerables, solo para poder moverse dentro de un fraccionamiento bajo el ojo amable de cámaras y guardias de seguridad. Pero tal vez, en esos trayectos, en la tarde crepuscular, alguna empleada doméstica alcance a ver los espectaculares de las universidades prometiendo que uno puede llegar adonde se lo proponga.

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Alejandra Vergara (Estado de México, 1987): corrige, edita y califica. Cuando no está haciendo, eso suele estar muy cansada para hacer otras cosas. Pero a veces escribe.

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