Los viernes sin clases

Los viernes sin clases

Martín López Calva 

“Nunca dejé que la escuela interfiriera con mi educación”

Mark Twain

 

Es un lugar común, cuando uno es profesor, decir que en nuestro trabajo siempre aprendemos de los alumnos y a veces más de lo que les enseñamos. Lo decimos con frecuencia y se lo repetimos muchas veces a ellos, a veces de manera sincera y sabiendo bien lo que significa, a veces por mostrarnos humildes y combatir la imagen de que el profesor lo sabe todo, pero otras veces también porque es lo políticamente correcto, lo que se espera que uno diga si es un buen educador.

Sin embargo, decir que aprendemos de los estudiantes no siempre es cierto, o al menos no en el modo idealista y romántico en el que se repite. Hay alumnos que no nos enseñan gran cosa, así como otros de los que aprendemos pero no cosas valiosas y verdaderas sino superficiales y poco edificantes. Hay alumnos que, como muchos profesores, nos enseñan más bien lo que no debemos saber o hacer.

Ahora, en muchas ocasiones, si los educadores somos suficientemente abiertos de mente y corazón, si ejercitamos una atención paciente y afinada, podremos, sin duda, descubrir muchas cosas en nuestros alumnos; sentirnos cuestionados e interpelados por ellos; llegar a aprendizajes muy significativos que nos hacen ser mejores como docentes y como seres humanos.

Estos aprendizajes no sólo suceden en la escuela, también ocurren en la realidad social cotidiana que está afuera de las aulas, más allá del ámbito de lo que prescriben los planes de estudio y evalúan los exámenes y las rúbricas.

 

«Los jóvenes de hoy en día

ya no tiene ideología

sólo piensan en las drogas,

en el sexo y en orgías.

Los jóvenes de hoy en día

ya no distinguen el mal del bien

ya no hay ley, ya no hay derecho

y sólo sexo es lo que ven»

Les Luthiers. «Los jóvenes de hoy en día» [Fragmento]

Porque a pesar de que hay un prejuicio generalizado entre los adultos que afirma que los jóvenes no tienen interés en aprender; carecen de aspiraciones y de valores; no saben lo que en el pasado nosotros sabíamos, y representan en general un estado de decadencia que nos hace abrigar pocas esperanzas acerca del futuro del mundo y de la humanidad, en la juventud hay siempre, por fortuna, una semilla inquebrantable de cambio, de renovación y de esperanza.

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Foto tomada de Wikipedia

Un ejemplo de esta semilla de esperanza que nos plantea la juventud es Greta Thunberg, una chica sueca de solamente quince años de edad que se está convirtiendo en un fenómeno mundial por su lucha contra el cambio climático. Greta ha inspirado un movimiento alrededor del mundo que se centra en exigir que se cumplan los objetivos medioambientales firmados por la mayoría de los países del orbe.

Esta joven decidió un día faltar todos los viernes a la escuela con tal de plantarse en el exterior del parlamento sueco para pedir que se cumpla el Acuerdo de París. En su país, ir a la escuela es obligatorio, por lo que la acción de Greta es violatoria de la ley. Ella lo sabe y lo asume porque dice que a su edad es demasiado joven para votar, por lo que el no ir a la escuela, y violar con ello la ley sueca, es un signo para visibilizar su lucha y atraer la atención de los medios de comunicación sobre la crisis climática que vive el planeta.

Su trabajo como activista ha trascendido ya las fronteras de Suecia, y Greta ha recorrido varias capitales europeas compartiendo discursos en calles y plazas llenas de gente que la aclama, que la sigue a pesar de su corta edad. Recientemente ha participado en la Cumbre del Clima en Polonia donde comparió un mensaje que asume, muy en la línea de Edgar Morin, que incluso aunque no haya muchos signos de esperanza, es necesario seguir haciendo algo por salvar al planeta. Con su testimonio y su discurso, ella ha motivado a muchos jóvenes para usar todos los medios a la hora de exigir que se proteja al planeta.

Resulta muy interesante caer en la cuenta de que, aunque esta joven sueca ha recibido muchas críticas por faltar un día a la semana a la escuela y “perder” horas de aprendizaje muy valioso para su desarrollo académico, con su huelga de clases los viernes ha logrado aprender muchísimas cosas seguramente más valiosas y significativas para su vida. Asimismo, ha logrado también educar –despertando la conciencia ecológica– a muchos miles de niños y jóvenes de todo el mundo para asumir una causa tanto valiosa como urgente, y volverse con ello ciudadanos de la Tierra-Patria que propone Morin.

Una lectura fácil y simplificadora del fenómeno de Greta podría llevar a una encendida y, seguramente, muy popular arenga en contra de la escuela para decir que es mucho más valioso lo que Greta hace afuera de las aulas que dentro de ellas. No obstante, como ella misma lo expresa, su interés por el clima se despertó precisamente en la escuela, cuando sus maestros le dijeron que para frenar el calentamiento global era importante ahorrar energía y reciclar.

«Nos dijeron que hay una cosa llamada cambio climático y que es una amenaza muy seria contra nuestro futuro. Cuanto más aprendía sobre eso, más pensaba: «Si esto es tan serio, ¿por qué no hablamos de ello y tratamos de resolverlo todo el tiempo?«

Greta Thunberg

De manera que, Greta es al mismo tiempo producto de la escuela y contrapunto de la escuela porque adquirió con sus profesores los conocimientos, las preguntas y preocupaciones que le dieron una causa que consideró valiosa para dedicarle parte de su vida; pero, al mismo tiempo, vio que para lograr impulsar su causa los muros de la institución escolar eran estrechos y no le permitían generar un impacto mayor para mover a la gente a sumarse a esta defensa del medio ambiente. Por ello decidió saltar esos muros y a partir de ese viernes sin clases alzar su voz e invitar a otros a hacer lo propio.

«Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca…
Hay que medir, pensar, equilibrar…
y poner todo en marcha.

Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar,
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño,
irá muy lejos por el agua»

Gabriel Celaya. «Educar»

 

Como dice el poeta Celaya, educar es como poner un motor a una barca y en el caso de Greta, sus profesores lograron poner y echar a andar ese motor que seguramente irá muy lejos. La clave que yo encuentro para aprender del caso de Greta es que los educadores debemos poner ese motor con toda la esperanza en que va a funcionar y a mover muy lejos la barca, pero tenemos también que asumir que una vez que se ponga en marcha, no debemos detenerla con normas, reglas y muros sino respetar su viaje, acompañarla e impulsarla en la medida de lo posible, así como sentirnos muy consolados al ver que, mientras uno trabaja, ese barco, ese niño, surca el agua y se adentra a una aventura que va a contagiar a otros de humanidad.

*Foto de portada tomada de Wikimedia Commons

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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