La modernidad no se mueve en coche

La modernidad no se mueve en coche

Ilustración: @malditoperrito
Sofía Corona *

@soficbrandt

Todos los días me voy a dormir esperando no despertar al día siguiente. Porque me toma varios segundos recordar por qué el otro lado de la cama está vacío. Porque hacer cosas tan sencillas como ir al supermercado cargan un dolor inexplicable. Porque mi corazón se desgarró a la mitad de una forma que no puedo poner en palabras. Porque la vida sigue, pero mi mundo está detenido en el tiempo. Porque mataron al amor de mi vida, a mi mejor amigo.

Lo mataron, sí. No falleció, no se fue, no nos dejó. No lo hizo por voluntad propia, vaya. Lo mató alguien orillado por la necesidad y así debemos llamarlo. Lo mató el chofer de un transporte público que se pasó el alto, pero no sólo eso. Lo mató un concesionario que tiene a sus trabajadores en condiciones de trabajo deplorables y que ha buscado por todos los medios zafarse de su responsabilidad en el hecho, lo mató un sistema rapaz que beneficia a los que más tienen, lo mató una sociedad fracturada que se enorgullece con frases como “serán de goma” o “luego nos los cobran como franceses”, lo mataron las y los legisladores que no han entendido que los automóviles matan, que siguen priorizando la construcción de grandes avenidas, de un país de concreto. Lo mató la avaricia, el poder de unos cuantos. Lo mató una ciudad construida por y para unos pocos, las y los que te ven por encima del hombro, pensando que por moverse en auto son mejores, más modernos, intocables. ¿Cuándo entenderán que modernidad no es moverse en automóvil?

Para mí, Emmanuel representa algo mucho más grande que la lucha por la movilidad. Representa el cómo deberíamos ser como ciudadanos, como personas, como comunidad. Emmanuel es la persona más noble y congruente que he conocido en mi vida. Es, porque vive a través de todas las personas que lo conocimos y que lloramos su ausencia. Ha sido impresionante cómo su muerte movilizó a miles en esta lucha y cómo también fue su muerte la que le abrió los ojos a muchas personas que veían en el coche el único medio para moverse. Y sí, estaría muy feliz de ver a tanta gente unida por esta causa, pero ¿saben algo?, estaría más feliz estando vivo y cumpliendo su sueño de cambiar la ciudad.

No es sólo entender y lidiar con la muerte de una persona sin la que no puedes vivir. Es lidiar también con todas las pérdidas que se acumulan como esqueletos en el clóset y que van saliendo cuando menos lo esperas. Es no poder con el dolor ante la idea de que nunca más podrás ver a esa persona, abrazarla, reírte juntxs, verla vivir su vida. ¿Dónde carajos pongo todo el amor que le tengo? ¿En qué caja puedo meter los años de planes, de sueños incumplidos, de promesas hechas, de viajes que nunca haremos? ¿Los pondré junto con todas sus libretas de dibujo, sus botas favoritas, los binoculares que usaba todo el tiempo para ver los volcanes, sus playeras de los Broncos? ¿O acaso los meto con todo lo que se destruyó de nuestra vida? Esa es la parte que no se ve, la parte que no sale cuando decimos números, estadísticas, casos de personas que murieron en un incidente vial. La parte donde tienes que vivir tu vida sin la mitad de ti.

Porque estas palabras no son sólo sobre Emmanuel, lo que es, lo que representa. Esta voz pertenece a cada persona que ha perdido la vida en la bicicleta, en un automóvil, cruzando la calle, moviéndose en su ciudad, haciendo su vida. Esta voz pertenece a todas las familias destrozadas, a las y los amigos que se desmoronan, a los planes destruidos, los lugares nunca visitados, las fechas que no podrán ser celebradas. Pertenece a todas las personas que, como yo, pedimos a gritos que nadie más tenga que pasar por lo que nosotros estamos pasando.

Pareciera que nadie nos escucha, porque no importa cuánto se ha hablado en los últimos años del número de muertes por incidentes viales, seguimos construyendo nuestros espacios enfocados a cómo mover esa estorbosa caja de metal. Nos toca ser disruptivos, nos toca cambiar la historia. Nos toca dejar de ceder ante grandes capitales y observar cómo vivimos la ciudad, imaginar cómo queremos vivirla. Y será complejo, será difícil y habrá mucha resistencia, especialmente de los sectores más privilegiados, de aquellos cuya vida no funciona sin un coche.

Ante el desabasto vimos grandes áreas de oportunidad, ¿qué estamos esperando para tomarlas e innovar con lo que tenemos? ¿Quién dice que no podemos tener una ciudad incluyente como esas que tanto nos gusta visitar en Europa? ¿Por qué no podemos replicar las buenas prácticas, las iniciativas que han funcionado y reevaluar aquellas que no? Claro que podemos, sólo es cuestión de voluntad política. Espero que exista entre senadores y diputados el compromiso para aprobar la Ley General de Seguridad Vial. Espero que nos escuchemos y cambiemos juntos la forma en la que vivimos nuestras ciudades.

* Este texto fue leído durante el Primer Foro Regional para la Ley de Seguridad Vial, y se reproduce con autorización de la autora

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