Emociones y decisiones 2: regular o diferenciar e integrar

Emociones y decisiones 2: regular o diferenciar e integrar

Martín López Calva

“Intermedias entre los juicios de hecho y los juicios de valor, están las aprehensiones del valor. Estas aprehensiones se danen los sentimientos”

Bernard Lonergan. Método en Teología, p. 43.

La semana pasada dediqué esta Educación personalizante al tema de la relación entre emociones y decisiones, partiendo de la afirmación de que una buena educación valoral no es la que se centra en el lugar en que ponen sus ojos los alumnos –su orientación racional– sino en el rumbo en el que ponen su corazón –su dinamismo afectivo–.

Vivimos, como dice Brian Cronin, haciendo continuamente juicios de valor, conociendo valores y viviendo nuestra existencia sobre la base de estos valores que conocemos. Todos los días –prácticamente en cada momento– tenemos que distinguir entre buenas y malas prácticas, buenas y malas escuelas, buenos y malos profesores, buenas y malas políticas, buenas y malas acciones.

En este funcionamiento humano, las emociones y sentimientos juegan un papel fundamental puesto que nos movemos mucho más por lo que sentimos que por lo que pensamos y razonamos.

La entrega anterior describió la distinción que hace el filósofo canadiense Bernard J. F. Lonergan entre estados de ánimo, sentimientos de agrado o desagrado y sentimientos que son respuestas intencionales a la aprehensión de valor.

“Una persona que se guía por sus estados de ánimo es una persona emocionalmente poco educada. Una persona que sustenta sus decisiones en sentimientos de agrado o desagrado es una persona auto-interesada, mientras que una persona que se guía por los sentimientos que responden a la aprehensión de lo que realmente vale la pena, es una persona abierta a su auto-trascendencia moral”, decía en esta entrega anterior para sintetizar el planteamiento de Lonergan respecto al papel de los sentimientos en el desarrollo moral de los seres humanos.

Me parece importante dedicar la entrega de hoy a plantear las implicaciones que tiene esta visión de la dimensión emocional en la manera en que se concibe y se plantea pedagógicamente la educación en valores, puesto que implica, para decirlo en términos de Morin, un cambio paradigmático y no meramente programático.

“Solamente en el cuarto nivel los sentimientos están integrados completamente en el proceso intencional. Esto es a lo que Lonergan se refiere cuando comenta que esa deliberación “sublima y ulteriormente unifica el conocimiento y el sentimiento”

Mark Doorley. The place of the heart in Lonergan´s Ethics, p. 57.

Lonergan dedica una de las partes fundamentales de su obra al estudio y explicación de la Estructura dinámica de la consciencia humana. Para él, esta estructura es lo que realmente compartimos todos los seres humanos de cualquier momento histórico y de todas las culturas. Para el pensador jesuita, la consciencia es un método; entendiendo como método un conjunto de operaciones que son recurrentes, relacionadas entre sí y que producen resultados que son acumulativos y progresivos.

Esta estructura puede, para fines de análisis, descomponerse en cuatro grandes grupos de operaciones o niveles de consciencia: nivel empírico en el que experimentamos sensorialmente; nivel intelectual en el que buscamos entender las cosas; nivel racional en el que nos preguntamos por la veracidad de las cosas y llegamos a juicios de hecho sobre la realidad; por último, nivel existencial en el que nos preguntamos por el valor de las realidades y situaciones que vivimos, llegamos así a juicios de valor y decisiones.

Como dice Doorley en la cita previa, es en el nivel existencial en el que los sentimientos se integran plenamente en el proceso intencional de la consciencia, el nivel en el que se unifican conocimiento y sentimiento. Porque en los niveles previos tenemos la presencia de los estados de ánimo y de los sentimientos de agrado o desagrado, pero estos sentimientos son espontáneos y están muy frecuentemente en tensión o en franca contraposición a la inteligencia y el conocimiento

Solamente en el cuarto nivel se puede integrar plenamente el conocimiento y el sentimiento a través de los sentimientos que responden a la aprehensión de lo valioso. Se trata del momento en el que ocurre el acto de intelección –insight– práctico o deliberativo que, según Vertin, es un “acto de cognición afectiva”; es decir, un acto de conocimiento que ocurre en los sentimientos más que en la razón, o tal vez –Lonergan no dejó este tema suficientemente aclarado en su obra– el acto de cognición en el que se integran los sentimientos y el conocimiento, produciendo un querer profundo, más permanente y sostenido y fundamentado que orientará las decisiones.

Foto tomada de Flickr

Aquí está la clave del cambio paradigmático en la educación valoral del que hablaba líneas arriba. Normalmente se habla de la educación emocional en términos de regulación o control de las emociones a través de la razón. Se trata de formar personas capaces de analizar racionalmente lo que sienten para subordinar los sentimientos a lo que la razón considera que es más valioso o conviene más para el propio desarrollo y para la convivencia social.

Este enfoque plantearía, para decirlo sintéticamente, el querer debe ser regulado o guiado por el deber. En términos de Lonergan, estamos frente a una visión de Ética de la ley.

Pero en el planteamiento de Lonergan, los sentimientos no tienen que ser regulados o controlados por la razón, sino debidamente diferenciados e integrados en el proceso vital de la persona. De manera que, cuando se enfrenta una situación en la que hay que decidir, sea capaz de distinguir entre los estados anímicos, los sentimientos de agrado o desagrado y los sentimientos que responden a la captación del valor; e integrar los distintos tipos de sentimientos en el proceso de la decisión, buscando que sean los sentimientos de respuesta al valor los que guíen la decisión e integren en ese querer más amplio los otros tipos de sentimiento.

Se trata entonces de educar para la apertura de cada persona a la búsqueda de su propia auto-trascendencia moral, dejando atrás la toma de decisiones visceral o auto-interesada para dejarse llevar afectivamente por los sentimientos que responden a lo que se capta como verdaderamente valioso para la vida personal, social y planetaria. Se trata de una Ética de la auto-realización o del desarrollo humanizante, que es básicamente una ética del querer, pero de un querer profundo, duradero y sostenido.

“Lonergan concluye […] que al lado del desarrollo hay además aberraciones de los sentimientos, y que es mucho mejor tomar una conciencia plena de nuestros propios sentimientos, no importa lo deplorables que ellos puedan ser, que barrerlos hacia afuera, sobre-regularlos, ignorarlos”

Walter Conn. Conscience: Development and Self-Transcendence, p. 149.

 

No se trata de un proceso sencillo porque, como afirma Conn en esta cita, el filósofo canadiense plantea que puede haber desarrollo afectivo pero también aberraciones de los sentimientos que distorsionen el proceso de toma de decisiones y lo lleven a guiarse por intereses egocéntricos individuales o grupales, en lugar de orientarse hacia la realización del deseo desinteresado de elegir el bien verdadero.

De manera que un paso importante en la educación emocional para una auténtica formación en valores desde esta visión lonerganeana consiste en promover la toma de consciencia sobre los propios sentimientos, no importa “lo deplorables que ellos puedan ser”, evitando “barrerlos hacia fuera”, “sobre-regularlos” o “ignorarlos”.

A partir de esta toma de conciencia de los sentimientos se puede iniciar el proceso de educación emocional para una formación valoral que desarrolle la capacidad de diferenciar lo que se siente e integrarlo en el flujo complejo de la actividad consciente, esto con tal de guiar la deliberación hacia la aprehensión del valor que integra el conocimiento y el sentimiento en un dinamismo que va hacia el desarrollo personal, comunitario, social y planetario.

Este es el cambio paradigmático de la educación en valores que implica una comprensión de la educación emocional, como un proceso de diferenciación e integración y no de autorregulación de los sentimientos.

En este nuevo paradigma, la educación en valores dejaría de ser un complemento en el currículo y sería el corazón de la educación que tendría como prioridad la educación del corazón.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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