Educar para la vida sencilla

Educar para la vida sencilla

Foto tomada de PxHere
Martín López Calva

“Morir es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto

[…]

Apagarse es morir, lento y aprisa
tomar la eternidad como a destajo
y repartir el alma en la ceniza”.

Jaime Sabines. «Algo sobre la muerte del mayor Sabines» [Parte XII]

 

Tenía un año más de edad que yo –cincuenta y ocho– y una trayectoria académica impresionante, era toda una referencia, un personaje reconocido y admirado por colegas, ex alumnos, alumnos y amplios sectores de la sociedad política estadounidense. Iba a ser profesor de mi hija este cuatrimestre y, como muchos jóvenes, ella tenía altas expectativas de lo que iba a aprender en su curso. Por eso me enteré de su muerte, sorpresiva y decidida por él mismo, hace apenas unos días.

Alan B. Krueger, “un valorado economista que asesoró a Bill Clinton y Barak Obama durante sus presidencias, murió en marzo 16”, dice la sección de noticias de la página web de la Universidad de Princeton dando a conocer su fallecimiento. En ésta se destaca su rol como pionero en su campo: “lideró la revolución empírica en la economía, utilizando datos para abordar algunos de los dilemas más difíciles del país” y llevó éste acercamiento a sus clases en Princeton donde estudió y fue profesor de tiempo completo por más de treinta años.

Aún consternados por su partida, el rector de la universidad y la decana de la Escuela Wodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales declararon respectivamente que Krueger era “un extraordinario economista y valorado colega […] al que sus alumnos van a extrañar mucho”, y que “cambió el campo de la economía con sus enfoques empíricos innovadores para estudiar una amplia gama de temas, desde el salario mínimo y la educación, hasta el terrorismo y los precios de las entradas en los conciertos de rock. También era un servidor público diligente y dedicado, una verdadera encarnación de la misión de nuestra escuela. Ésta es una pérdida extremadamente triste para nuestra comunidad”.

El ex presidente Barak Obama, con quien trabajó como jefe de asesores económicos expresó que “Estados Unidos perdió a un gran economista y muchos de nosotros perdimos a un gran amigo”.

Sin embargo, estando en la cima de su carrera, teniendo un lugar privilegiado y siendo un pilar de la escuela y la universidad en la que enseñaba e investigaba, Krueger decidió inesperadamente para todos “retirarse, hacerse a un lado” y “apagarse, lento y aprisa; tomar la eternidad como a destajo”.

¿Qué es lo que lleva a un personaje como Krueger, que ha logrado el éxito profesional, el reconocimiento social, la admiración y aun el afecto de sus colegas y estudiantes a tomar la decisión radical de quitarse la vida? ¿Qué razones de peso pueden inclinar la balanza para dejar una posición privilegiada como la de él y a una esposa, un hijo y una hija solos?

Resulta prácticamente imposible conocer las respuestas a estas preguntas y me parece éticamente inválido intentar siquiera juzgar esta personalísima e íntima decisión. Humanamente hablando, sólo queda lamentar la pérdida de una mente brillante y valiosa que aportó conocimiento relevante sobre la situación de los trabajadores en el mundo del mercado, y solidarizarse con sus seres queridos y sus colegas economistas.

No obstante, una conclusión que sí puede inferirse de este trágico acontecimiento, y de muchos otros casos similares que hemos conocido a lo largo de la historia, es que parece claro que el éxito profesional, la fama, el reconocimiento público y la acumulación de conocimientos y grados académicos no son suficientes para sentirse satisfechos y felices con la propia existencia.

El menos éste es el cuestionamiento que me ha suscitado la noticia en el contexto de mi vida como académico que, inevitablemente, me tiene inmerso en la vorágine del “publicar o perecer”; de la exigencia cada vez mayor de una docencia llena de retos y también de requisitos burocráticos que no aportan valor real; de la necesidad de difundir, de estar presente, de forjar una trayectoria para competir en el mercado laboral de las universidades; de construir y cuidar un prestigio; de establecer vínculos, construir redes; de incidir con el trabajo en la realidad y no tener tiempo ni espacio para la reflexión y el discernimiento sobre lo que realmente vale la pena para construir una vida más o menos significativa y feliz.

Este cuestionamiento personal me parece que puede hacerse extensivo al quehacer educativo en el que, como afirma Ken Robinson, parece que tenemos la finalidad de formar profesores universitarios dado el modelo academicista que sustenta los sistemas educativos en el mundo.

Porque creo que, si bien es cierto que necesitamos esforzarnos por tener cada día una educación de mejor calidad y que esta calidad tiene en parte que ver con capacitar a los educandos para encontrar un trabajo y desempeñarlo adecuadamente, también es verdad que esto no agota la finalidad del proceso educativo que debe en última instancia capacitar para vivir y no solamente para sobrevivir.

Decía Ortega y Gasset que el poeta corta camino al filósofo y que muchas veces al buscar la belleza encuentra la verdad; creo que tiene razón. Tal vez debamos recurrir a la poesía para encontrar el sentido profundo de la educación que no debería ser una carrera por el conocimiento y la suma de títulos o diplomas sino una formación para la vida sencilla, esa vida sencilla que dice Octavio Paz se caracteriza por: “Llamar al pan el pan y que aparezca / sobre el mantel el pan de cada día; / darle al sudor lo suyo y darle al sueño / y al breve paraíso y al infierno / y al cuerpo y al minuto lo que piden; / reír como el mar ríe, el viento ríe, / sin que la risa suene a vidrios rotos; / beber y en la embriaguez asir la vida, / bailar el baile sin perder el paso”.

La vida sencilla que también capacite para los momentos negativos y la crueldad de la vida y que nos haga capaces de “probar la soledad sin que el vinagre
haga torcer mi boca / ni repita mis muecas el espejo / ni el silencio se erice con los dientes que rechinan: estas cuatro paredes —papel, yeso, alfombra rala y foco amarillento— no son aún el prometido infierno”.

Tal vez, sólo tal vez, la educación tenga que orientarse hacia la vida sencilla para evitar que tanto éxito nos condene a muerte. Tal vez la educación para la vida sencilla pueda darnos elementos para “pelear por la vida de los vivos / dar la vida a los vivos, a la vida, / y enterrar a los muertos y olvidarlos / como la tierra los olvida: en frutos… Y que a la hora de mi muerte logre / morir como los hombres y me alcance / el perdón y la vida perdurable / del polvo, de los frutos, y del polvo”.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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