Belzebuth. El horror mexicano más vivo que nunca

Belzebuth. El horror mexicano más vivo que nunca

Foto tomada de YouTube
Héctor Jesús Cristino Lucas

Luego de declaraciones tan sorprendentes como las cometidas por el director de la Cineteca Nacional, Alejandro Pelayo, en 2017 acerca de que “Las películas de El Santo no pueden ser tomadas en serio porque son malas y se les ven los alambritos”, uno entiende con mayor claridad por qué el cine mexicano es tan despreciado, paradójicamente, por el propio mexicano.

Pero, ¡por favor! Olvidemos un poco esos ejemplos tan evidentes como lo acontecido con Roma de Alfonso Cuarón, que fue alabada y elogiada por la crítica internacional, pero desprestigiada y aplastada por la mayoría de nuestros paisanos que no hacían más que criticarla como una obra “lenta y aburrida” –si a eso puede llamársele crítica– y centrémonos, mejor, en ese otro marginado cine que debes ver.

Es decir, a Roma no hace falta que la defiendan; es la Mejor Película Extranjera del 2019 pese a quien le pese. Punto.

¿Pero qué hay de esas otras películas a las que nadie defiende, ni premian ni se les nombra? ¿Qué hay de esos directores tan interesantes que emergen de nuestro país, pero son eclipsados ante la grandeza de otros más conocidos como el GRAN Iñárritu, el GRAN Cuarón o el GRAN Del Toro?

¿Qué hay de cineastas como Carlos Meléndez, por ejemplo, Isaac Ezban o Ulises Guzmán? ¿Qué hay de Amat Escalante, Lex Ortega o Issa López?

Señores, hablemos de cine de género en México.

Nadie lo nota, pero está ahí… esperando. No se oculta, pero tampoco tienta; a menudo olvida ser pretencioso. Aunque si les soy sincero, ante semejante meca industria vecina, no le caería mal serlo a veces.

Lejos de lo que se cree, el cine de horror y ciencia ficción en nuestro país ha tomado mucha fuerza y notoriedad últimamente, lo que me hace afirmar aquello que nadie ve: ¡Estamos entrando a una nueva edad de oro en el género!

Habrá quienes digan que comenzó con el estreno de aquella fantasmagórica KM 31 (2006) de Rodrigo Castañeda, debido a ese boom taquillero que la transformó poco a poco en todo un fenómeno de nuestro actual cine mexicano. Pero lo cierto es que el nuevo horror como expresión artística y de crítica social, inició relativamente hace poco.

Esto sucedió luego de películas tan representativas de nuestra cultura, como con Somos lo que hay (2010) de Jorge Michael Grau y su radiografía del México de la gran urbe, o con la siempre folclórica México Bárbaro (2014) cuyo proyecto comenzó Lex Ortega como una antología de los mitos y leyendas de nuestro país.

Y es aquí cuando oficialmente el cine fantástico se convirtió en tendencia.

Una nueva y arriesgada tendencia, por cierto, que resulta invisible para el propio ojo mexicano. Por ello nuestro país es más surrealista que el propio Dalí.

Mientras unos se empecinan en creer que todo lo que define a nuestro cine actual tiende a ser comedias románticas plagiadas de la madre patria gringa, como un No Manches Frida (2016) 1, 2 o las que vengan; Ulises Guzmán intenta recuperar el legado perdido de un cineasta tan infravalorado como lo fue Juan López Moctezuma, a través –y esto es lo más emocionante- de su espléndido documental inclasificable como lo fue Alucardos (2011).

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Mientras unos afirman que México sólo aspira a entretener a su público con historias tan simplistas como un Mirreyes vs Godínez (2019); Isaac Ezban reinventa la ciencia ficción en nuestro país con películas tan fuera de serie que son únicas en su clase como: The Incident (2014) o The Similars (2015).

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Debería ser la regla definitiva: dejar de creer que nuestro buen cine se encuentra en cartelera –con algunas excepciones– y empezar a notar que por cada comedia repetitiva con Martha Higareda y Luis Gerardo Méndez, hay un Amat Escalante haciendo una Región Salvaje (2016); una Issa López haciendo una Vuelven (2017) o un Emilio Portes haciendo una Belzebuth (2019).

Y sé que muchos van a vapulearme, pero lo voy a decir: ¡Éste sujeto está en otro nivel! La próxima vez que alguien diga que el cine mexicano no apuesta, no ofrece ni arriesga, es porque definitivamente desconoce –para variar– a Emilio Portes. Y no sólo lo desconoce, lo ignora vilmente.

Es un cineasta que ha tomado un lugar tan especial entre los desconocidos Arieles, que resulta hasta irónico que no se le reconozca como debería. Para algunos, la copia barata del bilbaíno Álex de la Iglesia, pero para otros –y entre ellos me incluyo–, el juez tragicómico y fantástico que juzga desde su cámara al mexicano promedio.

Si Luis Estrada lo hace con maestría a través de una estupenda sátira política que emula a la caricatura periodística, Portes, en cambio, recurre a la parodia y a la fantasía como un poderoso medio para retratarnos formas tan escatológicas e infames que hasta rozan en el propio surrealismo.

Éstas pueden llegar a ser tan poéticamente sarcásticas como en Conozca la Cabeza de Juan Pérez(2009) sobre la visión de la magia en medio de éste México supersticioso, o tan diabólicamente divertidas como en la mítica y folclórica Pastorela (2011), de la que confieso sin ninguna restricción… ¡La amo con toda mi alma!

Sin embargo, Emilio Portes ha decidido dejar de lado la comedia fantástica como sátira definitiva para incursionar esta vez, con Belzebuth, al horror puro y duro con poderoso telón de fondo. ¿El resultado? Según su propio director, una mezcla exquisita entre el horror diabólico de The Omen (1976) combinada con el thriller policial de Seven (1995).

Aunque yo prefiero quedarme con la descripción que escuché de alguien dentro de la sala sobre que era una suerte de The Exorcist (1973) por el tema de las posesiones demoníacas, pero combinada conTerminator (1984) por la idea de proteger a un salvador. Créanme, no lo pude haber dicho mejor.

Belzebuth es una excelente película de suspenso y horror mexicano. No una KM 31 (2006) cualquiera que depende de los screamers para aterrar a su audiencia. No una copia barata de la industria norteamericana a pesar de sus enormes parecidos. Es una genuina película de horror y thriller que es capaz de hacerle frente a producciones de la talla de The Conjuring (2013) sin ningún problema.

Y lo mejor es que su manufactura mezcla con éxito una serie de elementos que van desde las antiguas leyendas salomónicas –sobre los orígenes de la brujería– al paganismo, la santería y el gran bagaje católico, que la vuelven sin tapujos una obra exquisitamente profana. Como un regreso al controversial cine de los años 70 en México, sobre aquellas blasfemas y surrealistas fábulas anticlericales a lo Satánico Pandemonium (1975).

Esto bajo el interesante telón de fondo que funge como una simbólica representación de todos nuestros problemas sociales y hasta políticos, ya sea con el tema del narcotráfico o la inmigración ilegal, vistos aquí como una suerte de entidades diabólicas que no sólo corrompen a nuestro país… ¡lo poseen desde las entrañas por el mismísimo demonio!

La ambientación es malsana y los escenarios, por más minimalistas que puedan llegar a ser, son ideales para aterrar a la audiencia sin recurrir al susto barato.Los efectos especiales: ¡de primera categoría!, y las espléndidas actuaciones elevan el gran espectáculo que termina siendo Belzebuth frente a todo pronóstico.

No sólo contamos con la inesperada presencia del actor estadounidense Tobin Bell –famoso por dar vida al asesino metódico Jigsaw en la franquicia de Saw– sino también al portentoso Joaquín Cosío, que ha demostrado dominar el cine a través de personajes tan versátiles como el emblemático “Cochiloco” de El Infierno (2010), o tan divertidos y desquiciados como el “Agente Chucho” en la magnífica Pastorela (2011).

Belzebuth del magnífico Emilio Portes está tan cerca de convertirse en un potencial clásico, que me encantaría ser de los primeros en decirlo. No sólo marcará un antes y un después en la historia del cine de terror, sino en las producciones hechas en México.

Si eres de los que se queja de la constante repetitiva de nuestro cine nacional ahora tienes una importante cita con Belzebuth. Un thriller de horror –y hasta gore– que retoma el ya desgastado tema de los exorcismos para usarlos a su favor haciéndose de un estilo tan propio que es hasta aire fresco asegurado.

Pese a su alma de blockbuster –accesible y rentable– me temo que podría convertirse en nuestras propias salas –en nuestras propias narices– en aquel cine marginado que ahora debes ver. Aprovéchalo porque el horror mexicano está más vivo que nunca.

Sinopsis:

“El agente Emmanuel Ritter investiga una serie de homicidios en la frontera de México y Estados Unidos, aparentemente vinculados a la llegada de Belcebú. Para detener esta crueldad, Ritter primero tendrá que enfrentarse a sí mismo”.

Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com

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