Venezuela, ¿Cómo llegamos aquí? Parte 1

Venezuela, ¿Cómo llegamos aquí? Parte 1

Ronnel García Marulanda

@elmonologuista1

 

Parte 1: De Chávez a Maduro

Venezuela es por enésima vez el gran tema de debate en Occidente gracias a su inacabable crisis política. Pero, esta ocasión, el giro de los acontecimientos ha resultado inesperado. Por primera vez en la historia de América, Venezuela se enfrenta a algo insólito: un mismo Estado con dos presidentes.

La extensión de la crisis venezolana en gravedad, complejidad y tiempo alcanza tales antecedentes que es en extremo difícil seguirle la pista a los acontecimientos sin haber vivido en Venezuela durante todos esos años; e intentar llegar hasta el fondo del asunto resulta agotador cuando cada ciudadano del continente tiene que preocuparse por las numerosas disputas políticas de su propia patria en nuestra actualmente convulsa región.

Ahora nos encontramos con lo que aparenta y promete ser la conclusión de al menos 17 años de confrontaciones en “el país más polarizado del hemisferio”. Y, ante su estridencia, los eventos desconciertan al recién ingresado en las noticias.

¿Un aparente desconocido –Guaidó– se proclama a sí mismo presidente cuando el año pasado ni siquiera fue candidato a las elecciones? ¿Los gobiernos del mundo democrático desconocen a quien fuera electo constitucionalmente –Maduro–? Y de paso una pregunta constante para los apenas entendidos: ¿cómo fue re-electo el que se percibe como el gobernante más inepto de la historia del mundo democrático, cuya legislatura ha dejado la crisis humanitaria más alarmante que el mundo haya visto en un país petrolero que no es escenario de un conflicto militar?

En esta serie haremos el mejor esfuerzo por poner en suficiente contexto a los lectores ajenos a la situación venezolana para así poder esclarecer estas preguntas y, también, para que el lector pueda juzgar por sí mismo qué tan jurídica es realmente la supuesta “autoproclamación”; qué tan democrático es verdaderamente el gobierno al que desafía.

Para tener suficiente perspectiva debemos ir hasta lo que muchos suelen nombrar como “el buen gobierno, donde todo estaba bien antes de Maduro”: la presidencia de Hugo Chávez Frías, mentor y predecesor de Nicolás Maduro Moros.

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Tomada de: https://es.wikipedia.org/wiki/Hugo_Ch%C3%A1vez
El gobierno de Chávez

Hasta 1992, el Teniente Coronel del Cuerpo de Tanques, Hugo Chávez, era un total desconocido en la palestra pública nacional: un oficial de medio rango sin vínculos con el alto mando militar. El país completo se sorprendió cuando él y otros oficiales se alzaron en armas contra la presidencia de Carlos Andrés Pérez ese año, rompiendo con más de 20 años de estabilidad política-militar tras el desarme de las guerrillas comunistas en 1969.

Para una buena proporción de la población, el alzamiento respondía a una manifestación del descontento ciudadano respecto al mal manejo –por parte de la democracia en su tercera y cuarta década de conformación– de la millonaria renta petrolera sobre la que se sostiene el país, con las mayores reservas comprobadas de petróleo convencional extra-pesado del mundo.

Ya desde 1989 el control de la industria de hidrocarburos por parte del Estado había mostrado contribuir estrepitosamente a la devaluación de la moneda. Y los gobiernos de Carlos Andrés Pérez (estuvo en el poder durante dos periodos), y luego el de Rafael Caldera, no consiguieron devolver a los ciudadanos la fe en el sistema, lo que facilitó que un Chávez indultado irrumpiera en la escena política en 1996 y fuera electo presidente tan sólo dos años después.

Para Chávez, la prioridad era garantizar la reestructuración de las instituciones del poder para eliminar los contrapesos que le impedían ejercer la política nacional a completa discrecionalidad, siempre bajo la justificación de ser él, y nadie más, la representación viva de la voluntad del pueblo.

El primer y más importante paso para esta estrategia fue dado en 1999, con la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente: un cuerpo colegiado convocado por un referéndum popular para redactar una nueva constitución que reemplazara la que en 1961 fue promulgada en la recién re-inaugurada democracia.

Y, mientras que para la mayoría de los que observaron este movimiento el proceso constituyente reflejó un avance en la participación política de los ciudadanos al redactar la que hasta hoy es vista como una constitución moderna y liberal, el objetivo inicial de Chávez con una asamblea con poderes supraconstitucionales (capaz de tomar decisiones de cumplimiento eficaz sin contrapesos constitucionales), fue deshacerse del que en ese momento era un parlamento dominado por la oposición y reconformar el Poder Judicial con nuevos magistrados que, claramente, tuvieran más complacencia en la aprobación de sus iniciativas políticas.

Le fue fácil. Su gobierno estaba debutando y disfrutaba de una base de respaldo sólida; asimismo, los partidos tradicionales estaban desprestigiados y divididos. Sin embargo, después de haber reconstituido los poderes públicos, ahora con una mayoría legislativa, Chávez empezó a mostrar sus verdaderas filiaciones internacionales: tomó como mentor infalible a Fidel Castro, líder de la Cuba comunista.

Esta unión significó un giro ideológico mediante el cual todo el discurso y planes de gestión del partido de Chávez se basarían en el marxismo latinoamericano de los 60, con algunas contribuciones de sus viejos aliados de la Guerra Fría.

Una parte importante de la población venezolana consideraba esto inaceptable. Entre 2001 y 2003 el descontento popular impulsado por los entonces combativos medios de comunicación fue inacabable. Y es muy conocido el fallido golpe de estado que sacó a Chávez de la presidencia por dos días en 2002, el cual, no obstante, acabaría afianzando su legitimidad ante sus seguidores y se convertiría en parte del discurso de una ficticia épica mediante la cual justificaría sus desvaríos ideológicos.

Hasta 2004, la posición de Chávez era delicada pero el milagro vino de forma inesperada: la crisis de Medio Oriente. Desatada por la invasión de George Bush II a Irak, provocó una escalada en los precios del barril de petróleo internacional.

Para Venezuela significó algo bastante más importante que el precio del dólar. Hasta 2003, el barril de petróleo internacional tuvo por más de una década un precio promedio de 25-30 USD. Desde 2004, los precios del barril subieron hasta alcanzar su mayor pico en 2008 con un costo de 140 USD, y su última gran alza en 2014 con un precio de 110 USD.

Para todos los países productores de petróleo esto significó riqueza económica, incluso mayor que con la provocada por las dos crisis del petróleo de los 70.

Para Chávez significó poder político. Con las cuentas de ingresos en divisas a rebosar, el chavismo comenzó –desde 2004, con la alza del petróleoa operar una política de subsidios en masa con los cuales inyectar la economía nacional de consumo.

Para los trabajadores de estratos sociales más bajos esto significó tener acceso a bienes de consumo muchísimo más allá del rango productivo de sus ingresos.

Para las clases medias significó el descenso constante de su poder adquisitivo, sobre todo de los profesionales y emprendedores, por el encarecimiento imparable de los bienes de consumo (una inflación anualizada muy parecida a la que hoy padece Argentina, pero en un plazo de tiempo de más de 10 años).

Hugo Chavez SI
Tomada de: https://blogs.elpais.com
“Primero Dios y luego mi comandante”

Chávez fue, en términos absolutos y porcentuales, el presidente más amado de la historia de Venezuela. Para su primera reelección, sumó cifras de participación electoral favorables a su figura y su partido superiores a la suma de todos los votantes del resto de candidatos (incluido él mismo) en las elecciones anteriores.

Al mismo tiempo, Chávez también fue el presidente más rechazado de la historia de Venezuela. Así, en las elecciones de 2013, los votos en su contra aumentaron significativamente en comparación a las elecciones de 2006, lo que también habla de un aumento en la participación ciudadana durante las votaciones.

En resumen: Venezuela jamás había vivido semejante polarización.

Esta polarización no se limitó a votos en tiempos electorales. La de Chávez era una figura paternal, omnipresente e infalible, un Gran Hermano orwelliano que dominó tanto en los medios de comunicación como en los espacios públicos y toda escena pública de cada rincón de la nación. Con un discurso incendiario, conflictivo y divisorio; con un marcaje radical entre partidarios y enemigos, donde todo el que no comprara la figura redentora de Chávez perdía el derecho al ser venezolano.

En la Venezuela de Chávez sólo había dos grupos de personas: quienes, por obligación o libertad, aceptaban a Chávez como el único heraldo de la verdad, replicando cada aspecto de su personalidad y discurso en sí mismos… y los demás.

Chávez los llamaba apátridas, traidores, pitiyanquis, escuálidos. En resumen, “los enemigos”. Los que ya no debían ni podían ser venezolanos hasta que aceptaran adorar al líder a cambio de todas las dádivas sociales que él les ofrecía. El chavismo pasó de ser un movimiento político a una secta-estado cuyo credo era el marxismo de la Guerra Fría, y el santo redentor y sumo pontífice: Chávez. “Primero Dios y luego mi comandante”, rezaba una de las cuñas oficiales.

La oposición

En 2006, tras su reelección, Chávez ya era el amo absoluto de Venezuela con poderes plenos sin contrapesos a través de la sumisión de sus compañeros de partido en funciones de todos los poderes públicos supuestamente independientes. Así, en 2007, Chávez propuso la Reforma Constitucional que ratificó su llamada “revolución” como irreversible. Se concedió la capacidad de reelegirse sin límite de mandatos y abolió el carácter apolítico que la Constitución de 1999 exigía a las fuerzas armadas –que ya desde 2002 habían sido politizadas hasta el punto de ser un apéndice del partido del Gobierno–.

Aun así hubo resistencia. Nadie esperaba que en apenas medio año un nuevo movimiento conformado por estudiantes universitarios consiguiera movilizar el descontento de la oposición para rechazar, con apenas poco margen, la Reforma Constitucional de Chávez. De este movimiento de “la generación del 2007” surgió el partido Voluntad Popular, fundado por el hoy preso político Leopoldo López, y entre cuyos fundadores también estaba Juan Guaidó.

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Tomada de: http://www.rcinet.ca

A ese triunfo de la oposición, Chávez la llamó “victoria pírrica” y se aseguró de darle sentido: nada lo detuvo para implementar la mayoría de las reformas en aquel referéndum rechazadas para hacer de Venezuela un “estado socialista”, desconociendo cada aspecto de la entonces vigente Constitución; e implementar, en 2009, una enmienda que le permitiera su tan anhelado límite indefinido de mandatos probando que, aunque el chavismo no estuviera listo para un estado comunal (que de todas formas se implementó a la fuerza), sí estaba listo para que el único líder del país fuera él.

La muerte de Chávez y el surgimiento de Maduro

Era el deseo de Chávez, tal como llegó a decir a los medios: “gobernar hasta el 2019” y “hasta que el cuerpo aguante”, pero el cuerpo no aguantó. El cáncer agresivo con el que Chávez fue diagnosticado en algún punto entre 2010 y 2011 provocó un desajuste en los cálculos de la cúpula del poder, que se formó como corte personal alrededor del líder omnipotente. Aunque esto no impidió que en 2012 hiciera un gasto público desmesurado para garantizar su segunda reelección.

El 5 de marzo de 2013 Chávez murió, pero desde noviembre de 2012 ya había ungido a su sucesor, a sabiendas de que sus días estaban contados: Nicolás Maduro, un casi desconocido que era parte de la cúpula personal del líder y que, entre 2002 y hasta el fatídico 2012, ostentó distintos cargos: Presidente del Parlamento, Canciller, Vicepresidente; y aun así, muy pocos en el país lo conocían.

Que Maduro nunca había puesto un pie en una universidad, a pesar de haber sido jefe de la diplomacia internacional de la República durante seis años, fue algo de lo que muchos no nos enteramos hasta entonces.

Su paso desde el interinato, comenzado de facto en 2012 hasta su elección sobrevenida, fue casi un trance religioso, con miles de creyentes en procesión ante los restos de su redentor caído –que el chavismo básicamente cosechó al usar el dinero de los ingresos petroleros para subsidiar TODO, incluidos los servicios básicos, aunque ya sabemos cómo se refleja en la inflación y posteriores crisis de desabasto, y al bombardear con propaganda que aseguraba que, de terminar el gobierno chavista, el país quedaría atrapado en una suerte de dictadura industrial de la “extrema derecha neoliberal” mundial–.

Aun con todo, con semejante base partidista consolidada; con los sentimientos de lealtad absoluta de los seguidores, y con la ventaja de tener en la bolsa a todos los poderes –incluido el Tribunal Electoral–, la elección de Maduro fue un empate técnico: Maduro ganó con una ventaja de apenas poco más de un punto porcentual, concentrando el 50.6 por ciento de los votos, frente a su contrincante, Henrique Capriles, que obtuvo 49.6 por ciento de los votos.

Para la oposición, que se había enfrentado a una década de derrotas ante un país cada vez más polarizado, parecía el momento ideal para resurgir con fuerza. Sobre todo porque ahora se encontraban con un adversario débil y el descontento creciente por una crisis económica que ya daba serios síntomas desde antes del deceso de Chávez y que llegaría, de hecho, a hundir a toda la nación en una incomprensible miseria.

Sin embargo, con las protestas de 2014 también comenzaron los encarcelamientos, exilios y persecución de los sublevados. El país se convulsionó en las que fueron muestras inauditas de descontento. Fueron mareas en todo el país de confrontaciones entre civiles y contingentes militares armados y equipados para aplastar por la fuerza el descontento. A mediados de 2014 esa sublevación civil fue subyugada y Maduro se sintió lo suficientemente consolidado para ir a las elecciones y reafirmar su mayoría legislativa.

De nuevo, nadie esperaba el choque. Ni siquiera los vencedores. La oposición alcanzó la victoria en 2015 en la Asamblea Nacional (el Poder Legislativo), con una proporción representativa mayoritaria. Esto revitalizó la moral de la oposición y alzó las alarmas de la elite oficialista. Para el discurso de estos últimos, ese fue “un mal año”, uno en que recrudeció la crisis de escasez de alimentos, medicinas y productos higiénicos, que aunque se debían a la inflación provocada por el estado, el discurso oficial decía que era un plan de los gringos con ayuda de las empresas privadas nacionales e internacionales para robarnos nuestro dinero y nuestra comida, y que, según ellos, no sería suficiente para que el pueblo renunciara a la revolución Chavista.

El colapso internacional de los precios del petróleo, que en 2014 pasó de 100 a 20 dólares, producto del boom del fracking, otra vez, según el discurso de los chavistas, no sería suficiente para quebrar la lealtad de sus co-militantes.

Ese era el dominio total del discurso del gobierno en todos los medios de comunicación del país (la “hegemonía comunicacional”), que les facilitaba controlar el pensar de sus partidarios y convencerlos de que aquella crisis intolerable que experimentaban era obra de los aliados internacionales de la oposición a la que debían enfrentar.

Aun con todo eso, no previeron el rechazo de sus partidarios a la figura de un Maduro que, ante el país y ante el mundo, no podía ser visto como otra cosa más que un incompetente. Un general enfrentado a una “guerra económica” (un supuesto complot de potencias internacionales para acabar con Venezuela) declarada por él mismo y que no podía ganar.

Así que los chavistas, con Maduro a la cabeza, recurrieron al plan B: desconocer al nuevo Poder Legislativo, dominado por la oposición, a la que desarmarían con un plan sistemático de golpe a la Constitución que comenzó en diciembre de 2016, con la usurpación del Poder Judicial.

En la siguiente entrega explicaré este complejo fraude emprendido por el chavismo en sus extensas aristas judiciales y me concentraré en explicar tecnicismos legales. Promete ser aburridísimo…. excepto por todos los muertos.

**Ronnel García Marulanda es ingeniero eléctrico, técnico instrumentista y aficionado a las ciencias humanas con las que se busquen retratar la identidad del género humano. Por vínculos familiares es a la vez Venezolano, Peruano y Colombiano, por lo que para él las fronteras son una formalidad en el gran entramado del rompecabezas de la sociedad.

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