Razón, pasión y sabiduría

Razón, pasión y sabiduría

Martín López Calva

“¿Una ética de la vida puede identificarse con una vida de sabiduría? ¿Qué sería esa sabiduría?

Si definimos al ser humano solamente por la noción de homo sapiens, la afectividad aparece como superflua, parasita, perturbadora […]

Sabemos ahora que las actividades racionales de la mente son acompañadas de afectividad. Esta, que ciertamente puede inmovilizar a la razón, es la única capaz de movilizarla.

A partir de eso, la idea de sabiduría se complejiza: no elimina ya la afectividad, sino que la integra”

Edgar Morin. Método VI. Ética, p. 135.

Imagen tomada de PxHere

Vivimos en un mundo en el que, como nunca antes en la historia de la humanidad, resulta pertinente preguntarse lo que el poeta T. S. Elliot se cuestiona en un poema que a Edgar Morin le gusta citar –y que ya he mencionado en este espacio–: “¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?/ ¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? / ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?”.

La humanidad hoy vive inmersa en lo que llaman la “Sociedad de la información” caracterizada por una avalancha inmensa, continua, vertiginosa e imparable de datos que inundan todos los aspectos de nuestra vida y nos acompañan a todos lados en nuestros dispositivos móviles. Sin embargo, toda esa información no nos está sirviendo para vivir mejor.

Los seres humanos de ahora vivimos, además, en una era en la que los avances del conocimiento en todas las disciplinas resultan también impresionantes y, aunque no se ha logrado su plena democratización, tienen también alcances cada vez más globales. Pero, esto tampoco ha logrado que se construya una vida más humana, más justa y fraterna.

Seguimos desperdiciando mucha vida en el ejercicio de vivir porque se vive hoy en la prisa, la apariencia, la superficialidad, la obsesión por el dinero, el poder y la fama. Continuamos hoy perdiendo mucho conocimiento en la marea de la información. Persistimos en la pérdida de sabiduría causada por la intoxicación de conocimiento que no se alcanza a asimilar y a apropiar.

En este escenario, como afirmaba Gorostiaga, la educación sigue siendo parte del problema y no es todavía parte de la solución a los grandes desafíos que plantea el cambio de época.

Porque tenemos todavía en México –así como en gran parte del mundo– sistemas educativos centrados en la acumulación obsesiva; la transmisión mecánica de información que se repite y memoriza sin el menor análisis, sin la mínima asimilación, sin la necesaria crítica y, sobre todo, sin la indispensable traducción a la vida.

En el mejor de los casos, seguimos padeciendo una educación que intenta trascender la simple información, trabajando por construir conocimiento bien asimilado y entendido por parte de los educandos; tal vez, incluso, sometido a la reflexión crítica. Pero está, todavía, poco deliberado y aplicado a la existencia personal y colectiva.

La educación, en general, no se plantea como propósito el desarrollo de la sabiduría, posiblemente porque éste término suena anticuado; porque no se ha explorado lo suficiente en la teoría pedagógica o en la investigación de corte psicológico o neurocientífico.

Sin embargo, una auténtica Educación personalizante tendría que explorar teórica y empíricamente este constructo; tendría que plantearse como meta central que cada uno de los estudiantes pueda ser capaz de desarrollar los saberes –conocimientos, habilidades y actitudes– necesarios para construir una vida de sabiduría desde una ética de la vida como la que plantea Morin.

¿Cómo sería una vida llena de sabiduría? ¿Qué podemos entender por ello y qué elementos sería necesario trabajar para poder encaminarse hacia esa meta?

Etimológicamente, la palabra sabiduría viene del latín “sapere”, que significa tener inteligencia o tener buen gusto. Este origen etimológico es el mismo para “sabio” o “sabedor” que para “sabroso” o “sabor”. Su origen más remoto se encuentra en la raíz indoeuropea “sap”, que significa degustar y percibir.

De modo que, cuando hablamos de sabiduría, estamos implicando no solamente poseer cierto conocimiento, sino que éste saber sirve para saborear o degustar –disfrutar– la vida, propia y de los demás.

Esta capacidad de conocer para disfrutar o saborear la existencia sería impensable si concebimos al ser humano, como dice el epígrafe de hoy, solamente como homo sapiens, entendiendo dicha definición desde la visión de racionalidad despojada de afectividad.

Mas ahora sabemos que es imposible separar ambas dimensiones y que toda actividad racional está siempre impregnada del dinamismo afectivo porque, como dice Morin, la afectividad puede paralizar la razón pero es también la única capaz de movilizarla. El movimiento de la mente es causado por la afectividad puesto que tal como afirma Lonergan, el “eros del espíritu humano” es “el irrestricto deseo de conocer”.

Es por ello que la idea de sabiduría no excluye la afectividad, en cambio la integra plenamente en este deseo que nos mueve a conocer el mundo para ser y convivir en el mismo.

“La pasión es necesaria para la humanización de la razón, es lo que le impide caer en una abstracción delirante. Razón y pasión pueden y deben corregirse entre sí. Podemos, al mismo tiempo, dar razón de nuestras pasiones y apasionar nuestra razón”

Edgar Morin. Método VI. Ética, p. 136.

La humanización de la razón requiere de la presencia y el estímulo de la pasión para no caer en abstracciones delirantes como las que caracterizaron las visiones mutiladas de conocimiento y objetividad dominantes en el periodo de la modernidad. La razón y la pasión, como afirma el pensador francés, se pueden y se deben corregir en un círculo dialógico, retroactivo y recursivo, donde la pasión dinamiza a la razón y la razón encausa y orienta a la pasión.

La Educación personalizante debe entonces estimular esta relación dialógica entre razón y pasión con miras al desarrollo de la sabiduría en los futuros ciudadanos. De manera que el proceso educativo diseñe e instrumente espacios en los que de manera sistemática, progresiva y cada vez más profunda, los educandos aprendan a dar razón de sus pasiones –inteligencia emocional– y a apasionar su razón –inteligencia heurística– en un proceso dinámico, cada vez más autónomo y complejo.

“De facto, la idea de sabiduría, reducida a la idea de razón comporta una contradicción. Una vida puramente racional sería, en el límite, una ausencia de vida; la calidad de vida comporta emoción, pasión, gozo”

Edgar Morin. Método VI. Ética, p. 135.

Una vida puramente racional, además de imposible, sería una ausencia de la misma: mutilada y sin sentido, porque una vida humana de calidad necesita emoción, pasión y gozo. Por ello, la Educación personalizante debe buscar el desarrollo de la auténtica sabiduría. Es decir, de la integración de la razón y la pasión en un proceso de enriquecimiento mutuo que aporte los elementos necesarios para dar sabor a la vida, a la existencia social y planetaria; para hacer que uno mismo y los otros significativos saboreemos la existencia.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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