Puebla está embarrocada
Lo barroco no son solo sonatas de Bach. Es una maquinaria de subjetivación histórica y política, plantea el curador Jorge Luis Marzo en esta entrevista
Por Klastos @
28 de febrero, 2019
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Una conversación con Jorge Luis Marzo

Renato Bermúdez Dini

Portada del catálogo de la exposición El d_efecto barroco. Políticas de la imagen hispana (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, 2010). Diseño de Lulú Soto.

“Lo hispano está embarrocado ¿Quién lo desembarrocará? El desembarrocador que lo desembarroque buen deshispanizador será”. Así reza la portada del catálogo de El d_efecto barroco. Políticas de la imagen hispana, un proyecto coordinado por los  investigadores y curadores Jorge Luis Marzo y Tere Badia, presentado por primera vez en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona entre 2010 y 2011. Este trabalenguas parodia lo que se entiende comúnmente como barroco: formas rocambolescas y mezclas insólitas de gusto excéntrico y ostentoso. Si esto fuera cierto, entonces el Museo Internacional del Barroco en Puebla, por ejemplo, haría gala de su nombre: por sus salas han desfilado desde pinturas españolas del siglo XVIII hasta lujosos coches de colección de la marca Audi, pasando por dispositivos multimedia que proyectan simulacros del esplendor del pasado colonial, y exposiciones “curadas” por Avelina Lesper. Sin embargo, lo barroco no es solo un estilo con estas extravagantes connotaciones sino también, y sobre todo, un discurso político. Así lo propone precisamente Jorge Luis Marzo en distintos proyectos en los que ha buscado desentrañar el sentido de ese concepto amorfo de lo barroco. Su libro La memoria administrada. El barroco y lo hispano (Katz, 2010) propone distintas pautas interpretativas para abordar lo barroco como un mito que ha construido un sistema de dominación e historización que opera como una maquinaria política y de subjetivación más allá de las sonatas de Bach y las columnas salomónicas. Aunque, curiosamente, valdría la pena rescatar de entre estos clichés formales su fascinación por el claroscuro: el barroco es un sistema político de representación que se esfuerza por forjar ciertos imaginarios deslumbrantes a la vez que opaca y oculta todo aquello que no conviene que sea visto, todo aquello que entre en conflicto con su mítica y heroica narrativa oficial.

Las siguientes líneas presentan algunos fragmentos de una entrevista sostenida con Marzo, a principios de 2018, que permiten interrogar el caso específico de Puebla y su más reciente y fastuosa apuesta por este mito, encarnada en el nombre de hoteles y platillos de haute cuisine, y de modo notorio en el Museo Internacional del Barroco, que en febrero de 2019 cumple tres años de haber sido inaugurado.

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El d_efecto barroco implicó una investigación de varios años. La primera presentación de sus resultados se dio, precisamente, en 2010: el año de la conmemoración de los bicentenarios de la independencia de la mayoría de las naciones latinoamericanas. El proyecto buscaba intervenir en ese escenario y evidenciar la tensión entre aquella gesta y la continua influencia de la política exterior de España a través de la perpetuación del mito barroco.

El proyecto duró casi ocho años, empezamos en el 2003-2004. Unas personas estábamos en España, otras en Alemania, otras en México. Esos fueron básicamente los tres pivotes principales y originales, siendo en parte el detonante de todo el discurso del gobierno español del entonces presidente José María Aznar, que básicamente desplegó una política internacional exclusivamente basada en el barroco, en una especie de unidad culturalista colonialista. Recuerdo haber hecho un informe precisamente para el Ministerio, más o menos por esa época, en donde fue sorprendente advertir que de 24 exposiciones internacionales organizadas por el Estado español, 18 estaban dedicadas al barroco. De alguna manera, necesitábamos saber cuál era la necesidad de hacer resurgir este mito, de regurgitar esta serie de cuestiones que estaban siempre presentes en la política española internacional, y cómo podíamos rastrearlas e incluso hacer una genealogía. A veces la gente me preguntaba: “Oye, ¿y es un proyecto de historia del arte?”. No, es un proyecto de economía política.

 

Jorge Luis Marzo en entrevista con el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Imagen tomada de: http://www.cccb.org/es/multimedia/videos/entrevista-a-jorge-luis-marzo/212219

Así como no se trataba de explorar únicamente la historia del arte, este proyecto tampoco se limitaba solo a una exposición: implicó la publicación de un libro, un catálogo, la producción de audiovisuales y un sitio web que alberga buena parte de este trabajo, así como otros materiales complementarios. Además, se trató desde un principio de un proyecto pensado para itinerar por Latinoamérica, cambiando según el lugar que lo acogiera. Esta complejidad da cuenta de la perspectiva desde la cual se pretendía abordar la noción de lo barroco para lograr desplazarla hacia otros horizontes interpretativos.

Originalmente, la idea era hacer una exposición que pudiera ser reescrita a medida que íbamos yendo a un sitio u otro o, en todo caso, a medida que las personas hiceran suyo el enunciado o no. Lo que ocurre, precisamente, es que México siempre fue el núcleo de todo, pero no encontramos a nadie allí que quisiera llevarlo adelante –así de simple–, aunque luchamos mucho, muchísimo. Por ejemplo, en Chile y Ecuador encontramos mucha mayor recepción y, finalmente, todo cuajó cuando el Centro de Cultura Contemporánea en Barcelona aceptó hacer el proyecto. Con ese soporte podíamos realmente picar la puerta con más decisión; fue cuando el Centro de Arte Contemporáneo de Quito entró a la jugada.

El desinterés de México por el proyecto pareciera un síntoma de su concepción sobre lo barroco. ¿Acaso la crítica que proponía el proyecto era demasiado compleja? ¿O es que el asunto no parecía relevante? Quizá, más bien, el discurso hegemónico sobre el barroco en México, aquel que se sostiene orgulloso sobre una identidad nacional sincrética, se veía amenazado y por eso no era posible dar cabida a este proyecto.

Tenemos como cincuenta entrevistas filmadas colgadas en internet, y en muchas de ellas percibes cómo en México no se comparte lo que estábamos proponiendo: decían que México era un país que gracias a la cultura había podido mantenerse más o menos unido. Dado que no había sido posible haber creado una cultura política en el país, se había creado una cultura de estilo, de imagen, de lenguaje, que lo que hacía era funcionar como sustituto de lo que había sido un fracaso nacional, en este caso: el entendimiento, el diálogo o la apertura de un lenguaje político al disenso que había desaparecido de la cultura política mexicana. Percibías que era un tema muy sensible, incluso que era una puerta que no puedes cruzar. Recuerdo, por ejemplo, una entrevista muy tensa que tuvimos con el antiguo responsable del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Enrique Florescano, quien prácticamente nos sacó de su casa al plantearle cómo la antropología mexicana había forjado un tipo de interpretación sincretista que en realidad estaba ocultando la explotación bajo un lenguaje vinculado a la desaparición o, mejor dicho, a la des-apariencia: la creación de una apariencia que viene a camuflar la ausencia de los protagonistas.

Esa des-apariencia parecería contradictoria respecto a la hipervisualidad que suele pensarse como característica principal del barroco. ¿Cómo hablar de desaparición ante esa presencia densa y abrumadora de lo barroco? En su libro La memoria administrada, Marzo establece una diferencia peculiar entre el barroco como estilo y lo barroco como relato que podría aclarar este asunto.

El barroco como estilo es casi indefinible. El barroco como estilo en Holanda es una cosa, en Alemania del norte es otra, en Alemania del sur es otra, en Francia es una, en Nápoles otra, en Sevilla es una y en Bilbao es otra. Si te vas a Santiago de Chile, nada tiene que ver con lo que puedes ver en Tlaxcala, Puebla, Ciudad de México o en Zacatecas, nada. El estilo no nos interesaba tanto sino que lo que queríamos era explicar que el barroco es un régimen visual y un sistema lingüístico que se basa fundamentalmente en exhibir. Es una manera de administrar el lenguaje político que se aplica mediante la exhibición pública –con competencia, deseo y voluntad– de aquello que ha sido sustraído a la vida pública; esto es, aquello que ha sido “desaparecido” se muestra directamente en la representación. En realidad, el barroco despliega un ejercicio de maquillaje y camuflaje a partir del cual exhibe unos signos cuyos referentes han desaparecido. En ese sentido es un defecto: la imagen funciona como un efecto que lo que hace es sustituir aquello que ha sido sustraído, y en la medida en que habla de una ausencia lo que hace es diferir y, al mismo tiempo, lo que hace es suplantar. Tuvimos muchas discusiones sobre el adjetivo a emplear, pero de alguna manera también lo hicimos con cierta clave de no complicar más las cosas. Al decir “barroco” lo que hacíamos era tocar un poco los huevos a un término que la gente quiere mucho. Era una forma provocadora de enunciar.

Portada del libro La memoria administrada. El barroco y lo hispano (Katz, 2010)

Al hacer esta distinción de lo barroco como relato, Marzo intenta señalar la forma en que ese discurso disocia lo cultural de lo social. Resulta interesante pensar esto, por ejemplo, a la luz de lo que ocurre actualmente en Puebla, donde la cultura se ve cada vez más como un objeto de lujo, como una forma de entretenimiento, de turismo y espectáculo, desligada de las problemáticas y del contexto político inmediato. Para Marzo, se trataría de una suerte de histeria del estilo barroco que rehúye de la historia y de condiciones socioculturales específicas.

“Histeria” viene de hister, que es “útero” en griego. Me parece muy sintomático porque la histeria al fin y al cabo fue utilizada en el siglo XIX por los susodichos médicos de entonces para intentar ilustrar los comportamientos que tienen que ver con los afectos de las mujeres en relación con sus órganos de reproducción. Recuerden que aquellos médicos –Charcot y otros– se lanzaron a un programa iconográfico de representación de mujeres, sobre todo mediante registros de patrones fotográficos, cuyo resultado no era otro que invisibilizar los cuerpos. De eso se trata: cuando lo que hacemos es subrayar toda una serie de afectos que en realidad están desvinculados, desgajados de las razones sociales que los han creado, entonces hablamos de lo social sustituido por lo cultural. Pero ¿qué quiere decir lo cultural? Cuando la política no funciona, la cultura pasa a construirse como un sustituto de aquella y se convierte en una máquina de crear consenso. Cuando esto ocurre, las ideologías deben desaparecer y todo debe estar vinculado a una especie de pegamento social que haga posible una reinterpretación de la vacuidad social en términos de imagen, de estilo, de canciones, de pintura, de cine, etc. El barroco –la política visual barroca– no desea en absoluto una lectura social de las cosas sino una transformación de esa ausencia del debate en unas formas que sean transmisibles y, sobre todo, que puedan perdurar. El barroco lo que hace es poner un césped bonito para que crezcan grandes árboles; no se ocupa del musgo, le interesa solo las setas. Por eso, a museos como el que se acaba de construir en Puebla lo que les interesa realmente es mantener un discurso de integración, que lo que haga es representar en las fachadas todo aquello que ha sido anulado en la práctica real de esas políticas, hechas seguramente en los barrios, hechas en pequeños centros, en pequeños departamentos universitarios. El barroco dice lo siguiente: “Ante el frío de la vida política, la cultura nos debe dar cobijo”, es decir, hace frío en la vida política, en la vida social, pública, y por tanto el arte es aquello que nos permite cobijarnos. Pero las prácticas sociales, las que yo entiendo que son más interesantes, no se preguntan eso, lo que quieren es preguntarse: ¿Por qué hace frío? Entonces tenemos un museo que nos da una gigantesca cobija pero el problema es que en Puebla sigue haciendo frío.

A propósito de ese frío en la vida cultural, otra de las reflexiones sobre lo barroco que plantea Marzo es que esto se trata de un relato que “busca justificar la aparente naturalidad de las cosas”. Una vez más, trasladando esta reflexión al contexto de Puebla y, en específico, al caso del Museo Internacional del Barroco, sería interesante preguntarse qué es lo que esta institución buscaría ocultar o desplazar para justificar la naturalidad y pertinencia de su existencia: piénsese, por ejemplo, en los terrenos agrícolas y ejidos que fueron expropiados para dar paso a la construcción de la llamada zona de Angelópolis y, luego, del edificio marca Toyo Ito, que presenta un imaginario sustituto donde los conflictos y el disenso se ocultan.

La palabra más idónea es expropiación. El Barroco lo que hace es expropiar las cosas de sus signos y los signos de sus cosas, entonces lo que hace, básicamente, es generar dos realidades. En una entrevista que le hicimos a Porfirio Muñoz Ledo, político priista y camaleón donde los haya, dijo una cosa muy interesante: “El Barroco en México, básicamente, es la habilidad para esconder el cadáver y hacerlo hablar como si fuera un ventrílocuo”. Es decir, siempre está el cadáver, hay que esconderlo, pero ese cadáver no se esconde bajo el suelo sino que se le embalsama y se le hace hablar como si estuviera vivo. Aquí hay una sinapsis muy interesante: hablar de la economía política del barroco es hablar de economía del lenguaje. El lenguaje barroco que ahora mismo está siendo escrito a través de ese tótem arquitectónico y urbanístico poblano busca exactamente lo mismo: desgajar la realidad política de una forma de narrarla, de describirla, de representarla, que tiene voluntad de sustituir lo que ha sido “ausentado”.

Jorge Luis Marzo conoce bien la economía del lenguaje barroco. Entre risas, recuerda que hace algunos años, aproximadamente en 2011, recibió una invitación para participar en un encuentro internacional en Puebla sobre el barroco y que, tras enviar su propuesta como ponente, la respuesta que obtuvo fue una suerte de “poesía administrativa mexicana en la que te mandan a la chingada en 170 páginas pero con una amabilidad que pasma”, algo parecido a “lo hemos leído y nos parece fenomenal, pero quizá no toca hablar de eso, lo que queremos crear es un tejido académico que haga posible una construcción perdurable y lo que viene usted a contar, pues, métaselo donde le quepa”. Todo ello, aclara, venía acompañado de infinidad de saludos cordiales y abrazos.

Puebla, en efecto, está embarrocada. Su pretendida insignia oficial en la actualidad, el Museo Internacional del Barroco, opera bajo esa lógica que opaca, desplaza, desarticula y cancela todo aquello que escapa a la aparente identidad poblana homogénea y rica culturalmente. Frente a esta fastuosidad engañosa que administra la cultura y la memoria, ¿qué tipo de prácticas simbólicas podrían desembarrocarla? ¿Estamos listos para salir del oscuro pliegue barroco y hacernos cargo de las formas de vida que se nos han ocultado?

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El catálogo de la exposición El d_efecto barroco. Políticas de la imagen hispana puede descargarse libremente en: https://www.soymenos.net/el_d_efecto_barroco.pdf

La mayor parte del material expuesto en la muestra, puede consultarse online en: https://eldefectobarroco.wordpress.com/2012/04/22/indice-general-de-contenidos-de-la-exposicion-el-d_efecto-barroco-politicas-de-la-imagen-hispana/

Para conseguir algunos fragmentos del libro La memoria administrada. El barroco y lo hispano, y otros trabajos de Jorge Luis Marzo, visita esta página: www.soymenos.net

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Renato Bermúdez Dini, venezolano viviendo en Puebla por cosas del destino, colabora en proyectos de investigación sobre prácticas artísticas y culturales mientras intenta dar clases de arte contemporáneo. También es Maestro en Estética y Arte, lo que sea que eso sea.

 

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Klastos es un suplemento de investigación y crítica cultural en Puebla publicado en colaboración con Lado B. CONSEJO EDITORIAL: Mely Arellano | Ernesto Aroche | Emilia Ismael | Alberto López Cuenca | Gabriela Méndez Cota | Leandro Rodríguez | Gabriel Wolfson. COMITÉ DE REDACCIÓN Renato Bermúdez | Alma Cardoso | Alberto López Cuenca | Tania Valdovinos. Email: revistaklastos@gmail.com