¡Más democracia! Los beneficios políticos del disenso
Ante la polarización del escenario político en Puebla, podemos revisar el trabajo de Chantal Mouffe para abrazar el disenso y reivindicar la democracia
Por Klastos @
28 de febrero, 2019
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Luisa Fernanda Grijalva Maza

El 28 de septiembre del 2018, grupos feministas marcharon en la capital poblana con el fin de demandar la legalización del aborto y el fin de la violencia de género que ha dejado un número aterrador de feminicidios en todo el estado. Durante la marcha, algunas integrantes marcaron paredes y edificios del centro histórico, tales como el muro exterior de la Catedral y las jardineras del Paseo Bravo. Sin hacerse esperar, las críticas en contra de las feministas rechazaban su forma “invasiva” e “ilegítima” de presentar sus demandas, de intervenir el espacio público y de maltratar la propiedad. El acontecimiento que se produce tanto por la marcha como por las críticas, es una paradoja política. Mientras un grupo de mujeres demanda el derecho de decidir sobre su cuerpo y de vivir seguras como individuos, otros parecen apegarse más a la defensa del espacio público y de las marcas históricas que constituyen una identidad común. El asunto con la paradoja es que puede paralizar nuestro pensamiento, ubicándolo en el lugar más seguro de resguardo aunque pongamos en riesgo valores políticos importantes. Es decir, si ante la presión política de la paradoja simplemente nos refugiamos en las opiniones comunes o dominantes que hemos conocido hasta el momento, es probable que estemos arriesgando valores políticos (la libertad individual o la producción de la identidad común) que son fundamentales para el desarrollo de la democracia liberal.

Otra posibilidad de acción, frente a la paradoja política, es trabajar productivamente con las tensiones y contradicciones para llegar a arreglos innovadores, aunque temporales. Es en esta lógica productiva de la paradoja que Chantal Mouffe escribe El Retorno de lo Político (1993) y La Paradoja Democrática (2000). Su objetivo era aclarar que la democracia liberal, máxima expresión de la organización política en occidente, es en sí misma una paradoja. Mouffe sostiene que la democracia y el liberalismo son lógicas distintas con objetivos diferentes y, hasta cierto punto, opuestos. Mientras que la democracia enfatiza la supremacía de la soberanía popular y la igualdad hacia dentro del “pueblo”, el liberalismo está fundado en las libertades y los derechos individuales –hoy, sobre todo, los derechos humanos–. Es decir, la democracia solamente puede existir a través de un pueblo (el demos), por lo que su interés fundacional es marcar los límites de ese pueblo que será soberano, autónomo y que tendrá el derecho de ser protegido por el régimen. Esto requiere que se marquen las diferencias entre quienes pertenecen al pueblo (nosotros) y quienes se encuentran fuera de esta organización política (ellos); diferencia que se concreta en la conceptualización del ciudadano, como Mouffe señala en “Feminism, citizenship and radical democratic politics”. En otras palabras, los derechos y el valor moral de un ciudadano provienen de su pertenencia al grupo demos y de las garantías que le otorga el Estado por tener esa membresía. En el liberalismo, sin embargo, la visión es fundamentalmente distinta. El valor moral del sujeto no deriva de su membresía a algún demos sino del hecho de que es un individuo y por lo tanto posee, para los liberales –al menos–, derechos inalienables que no deben ser violados por ningún otro, como el derecho a la vida y a la propiedad privada, según lo entiende John Rawls en A Theory of Justice.

En este contexto, los derechos humanos son un caso interesante como generador de tensiones dentro de una democracia liberal. Mientras el régimen democrático solamente tenga que proteger los derechos humanos de sus ciudadanos no se generan tensiones. A través de las demandas democráticas y soberanas, el ciudadano puede conceptualizarse a la vez por su humanidad, aunque siempre como parte del grupo demos. No obstante, se le exige a la democracia que proteja los derechos humanos de todos los individuos, incluso de los que no pertenecen a su demos. Esto nos regresa nuevamente a la marcha de grupos feministas. Ellas demandaban sus derechos inalienables como individuos, mientras que los críticos demandaban la protección del espacio público y de las marcas que forman un sentido de identidad colectiva. En otras palabras, nos encontramos frente a la tensión entre democracia y liberalismo.

Inicialmente, democracia y liberalismo parecen irreconciliables, lo cual nos puede empujar a una parálisis de pensamiento y a la aceptación de las relaciones de poder diseminadas y naturalizadas, que dominan la opinión pública y se posicionan como la única opción para resolver problemas y paradojas políticas. Sin embargo, la postura de Mouffe es que, en lugar de regresar a una certeza poco reflexionada, es justamente la paradoja la que permite el reconocimiento de lo político, es decir, de la dimensión antagónica que funda todas las organizaciones sociales, incluyendo a la democracia liberal. Mientras que el liberalismo enfatiza el consenso como el resultado óptimo de la vida en común, Mouffe sostiene que la dimensión de lo político se conforma por el antagonismo, esto es, por el choque que surge de establecer los límites entre un “nosotros” y un “ellos”. De ahí que el fundamento de la vida política no es el consenso sino el reconocimiento del disenso que permite la lucha y la negociación de los valores y las identidades que regirán a la organización política de forma temporal.

Marcha feminista en apoyo a la legalización del aborto en Argentina, Puebla, agosto 2018. Imagen: Marlene Martínez

Desgraciadamente, menciona Mouffe, los liberales aparentemente no logran comprender que los valores no están establecidos a priori, son temporales y van a depender de la lucha entre un “nosotros” y un “ellos”, una división que tampoco es estable, permanente o natural. Por ejemplo, si consideramos que el espacio público permite el desarrollo de la vida social de los ciudadanos bajo la protección del Estado, habría que cuestionarse sobre la libertad que tienen las mujeres de ocupar ese espacio, sobre todo si se toma en cuenta el gran número de abusos que sufren. Parecería, entonces, que en el espacio del pueblo las mujeres están producidas en una posición de “otro”: de “ellas”, y no “nosotros”. Si negamos el antagonismo como dimensión de lo político, entonces es imposible entender las razones por las cuales las mujeres tienen derecho a la disputa y al disenso. Es el antagonismo el que permite que las mujeres luchen por esa protección, por ser incluidas en la lógica democrática como ciudadanas con igual valor moral que los demás. Lograr dicho objetivo político implica una transformación de los valores básicos que se asumen en este demos que hoy viola sus derechos los valores no son fijos–.

La posibilidad de transformación de los valores vislumbra que las identidades tampoco son fijas. Como bien señala Mouffe, más allá de pensar que la identidad es algo dado, natural o esencial, debemos considerarla como una articulación de diversas creencias, posturas, contextos y experiencias que se mueven a lo largo del tiempo. Por ejemplo, un obrero puede también ser ambientalista, feminista, animalista, de derecha o de izquierda; es decir, el sujeto tiene una articulación identitaria que le permite unirse a diferentes formas de lucha política.

Lo anterior implica, entonces, que la democracia liberal es una constante disputa entre el liberalismo que exalta al individuo y la democracia que protege al pueblo. El antagonismo que funda este tipo de régimen se materializa en la lucha por quienes forman al pueblo y quienes no, así como en los valores que deben regir a la sociedad. En lugar de considerar estas tensiones como algo inherentemente negativo, podríamos, como Mouffe, apreciar la posibilidad de cambio y de lucha abierta por el antagonismo.

Empero, no debemos radicalizar la tensión entre “nosotros” y “ellos”. Mouffe señala que esta división se matiza en una democracia pluralista. No se trata de producir enemigos mortales que se deben eliminar para sostener un esquema de valores, se trata de entender que el “otro”, aquel que es diferente y que lucha por otros sentidos y valores, es el “adversario”, que tiene derecho a pelear por sus valores y que, por lo tanto, requiere de todo el respeto bajo las reglas del juego democrático. La división originalmente antagónica, en una democracia pluralista, se convierte en lo que Mouffe llama un agonismo: el derecho a la disputa y el disenso. Esto es, se debe reconocer que las mujeres tienen el derecho a disputar los sentidos y valores que hoy las mantienen en una posición de “ellas”; que pueden disentir de las estructuras que las oprimen, y que esto no las hace “enemigas” de lo social. Al contrario, es a través de la lucha que las negociaciones, acuerdos y cambios pueden suceder, y esto es justamente el sustento de la democracia liberal.

Así, lo político es el plano de la lucha por el sentido, los valores y las identidades. La democracia pluralista debe cobijar, bajo este esquema agonístico, el derecho de luchar, el derecho del disenso. En Puebla, este esquema debería traerse al frente ahora más que nunca. Nos permitiría entender que el “otro” es tan contingente como el “yo” (pensemos en algunas reacciones antagónicas por parte de mexicanos hacia la caravana migrante de Centroamérica, por ejemplo); que el derecho por el disenso y la lucha es lo que permite el cambio (lo que nos haría repensar la opresión de los líderes ambientalistas de comunidades indígenas en la Sierra). Es importante para evitar regresar a una parálisis de pensamiento o a reduccionismos económicos provenientes de la derecha, como si fueran la única opción. Existen otras formas de existir y es a través del disenso como deben tomar forma.

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Luisa Fernanda Grijalva Maza es Doctora en Creación y Teorías de la Cultura. Su investigación se centra en el posthumanismo. Editora administrativa de Tapuya: Latin American Science, Technology and Society (Routledge), y profesora-investigadora del Dpto. de Relaciones Internacionales de la UPAEP.

 

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*Foto de portada tomada de Youtube

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