Proponemos un esfuerzo al lector. Imagine tres políticas. Una, la de los políticos. Otra, la de los movimientos sociales. Y una tercera, la suya.

La primera es frecuentemente reducida a un juego de poder en el que el beneficio de unos es la derrota de otros. Esa política es  personalista, clientelar, autoritaria, vertical y caricaturesca. Se materializa en fotos llamativas que, desde espectaculares, equiparan a la política con sonrisas  de Photoshop. Es oportunista, pero en el sentido profundo de que se suele agotar en el evento, en el acontecimiento, en la elección, en la mano que abraza a un niño en campaña (y luego se desinfecta). Es la política del cliché disfrazado de eufemismo que esconde mentiras que a duras penas logran tapar intereses –muchos de ellos, transnacionales. Es la que, como capricho, convierte a la secretaría en subsecretaría, luego en consejo y, al final, designa al cuate como máxima autoridad. O, quizás peor, a quien falsea su currículum para parecer que está a la altura de la élite local, a la que, por otra parte, nunca le ha interesado o no ha sabido qué es un currículum. Es la política del puente y el distribuidor, desde donde la pobreza se vuelve más lejana y los enclaves de riqueza se conectan ‘naturalmente’. Es la que construye avenidas de seis carriles desde el centro comercial hasta la sucursal de Ducatti pero que, a la vez, ignora la falta de agua y desagües. Es la política que los ciudadanos desestiman porque la ven como es: vacía e inaccesible. Y, aun así, es eficaz en promover cambios que, más tarde que temprano, transforman vidas, incluso contra la voluntad de quienes las viven.

La política de los movimientos sociales, de la sociedad civil organizada, como dice la teoría política, es la de la solidaridad y el cambio social. Es la del hartazgo y el contra-poder. Es la que pinta paredes, despertando algunos demonios liberales. Es la política del desencanto que, al generalizarse, a veces se radicaliza y a veces se asemeja al quijotesco encuentro contra los molinos de viento. Se ve aguerrida, confrontacional, amenazante. Es la política que desafía, que pide transformación (incluso, cuando no siempre puede articular claramente ese pedido), que demanda y queda expectante de respuestas. Es la que recorre colonias y articula aquello que parecía inarticulable. Es la política que podría considerarse utópica sino fuera porque, las más de las veces, termina con heridos y muertos. Es la de las defensas que, a menudo, se vuelven, en su autopreservación, ataques. Es la política que los medios dicen no comprender, con sus comentadores oficialistas resaltando polarizaciones que, no paradójicamente, ellos mismos han contribuido a producir. Es la política que los profesionales de la política temen, porque se les escapa de la mano, porque desborda instituciones, porque cuestiona la democracia institucional en sus fundamentos. Es tan heterogénea e inestable que cuesta encuadrarla, incluso para intelectuales y académicos que dicen destinar sus mejores esfuerzos a ello. Es líquida, mientras se materializa ocasional y provisionalmente en un mitin, una marcha, un cartel, una pintada. Aun así, es tan efímera y coyuntural que no siempre (¿o casi nunca?) logra que sus aglomerados se transformen definitivamente en lo que toda política busca: nuevas formas de existencia.

En tercer lugar, casi escondida, está la política del lector(a). Su política. Esa que se suele mezclar con el postre en la comida familiar del domingo o en el viernes de reven. La que surge en el intersticio de la conversación en el trabajo, junto al café de media mañana. La política del flujo informativo, del tuit, del meme, de la anécdota. Llena de la convicción que brinda la desinformación, es la política que se cree inocente, porque se percibe lejos de los excesos de las otras dos. No es violenta como “esos” que rompen las bancas de las plazas y pintan paredes históricas. Ni es corrupta, como la de “los políticos”, que subordinan el bien común al patético lucro personal. Aborrece los extremos porque se encuentra cómoda sólo en aquel espacio, minúsculo y cambiante, que más bien es un no-espacio. Su política, lector, es la más de las veces inocua, superficial y cómplice. Simplista, sesgada y volátil. Es la política del complot y de la seducción del rumor. Es, dirá usted, “lo único que se puede hacer”. Y, aun así, es casi la única política que importa, al menos en democracia. Al menos, mientras haya elecciones periódicas y redes sociales. Al menos, mientras exista un mínimo interés en los asuntos públicos. Al menos, mientras haya algo que leer para ver el otro lado de lo que nos llega, en bombardeo, de todas partes.

Lo invitamos a recorrer reflexiones sobre las dos primeras políticas en los artículos que acompañan esta editorial. Y, sobre todo, lo invitamos a cuestionarse su política de lector para pensar –y decirnos– cuán listos estamos para un nuevo disenso instituyente.

Consejo editorial
Klastos. Investigación y crítica cultural

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