¿Qué tienen en común una gobernadora, una diseñadora de joyas, una académica y una conductora de coches de carrera? Este texto interroga el proceso de banalización mediática del feminismo en Puebla.

Carolina Cuevas

A primera vista, la edición 115 de la revista 360º en su “especial feminista” pareciera simplemente congregar a un grupo intergeneracional, aparentemente diverso, de mujeres poblanas chingonas cuyas historias de éxito –en las competencias de autos, en la estación de bomberos, en el activismo, en el estudio de tatuajes, en la Política con mayúscula– son presentadas como la culminación de una carrera de obstáculos que lograron vencer, simplemente porque son chingonas. Me pregunto lo que significa un “especial feminista” en la coyuntura actual en Puebla, tras las elecciones más violentas de su historia, frente a la creciente violencia machista. Y, sobre todo, me pregunto por las implicaciones de una portada en la que encontramos la fotografía de la toma de protesta de la exgobernadora de Puebla, Martha Erika Alonso, porque la trampa está ahí puesta para caer redonditas y dejarnos encandilar por la distorsión del ya de por sí distorsionado feminismo neoliberal: mujeres ocupando por fin espacios de poder del que habían sido excluidas, a cambio, eso sí, de que no cuestionen ni remuevan las condiciones materiales y estructurales que mantienen a millones de sujetxs en un feroz entramado de violencias.

Me pregunto por estas implicaciones porque considero que uno de los desafíos del movimiento feminista en Puebla, donde recientemente ha cobrado mayor visibilidad, es desentrañar cómo se ha ido atando una cadena semántica entre feminismo y empoderamiento individual que lleva, por ejemplo, a revistas como esta, a constituir un discurso que traduce la movilización feminista a retóricas vacías sobre éxitos personales. En medio de una vorágine de discursos en disputa –que van desde el hiperconservadurismo religioso a la tibieza progre–, el movimiento feminista en Puebla pareciera estar acechado por una fuerza reaccionaria que busca codificarlo como un movimiento dócil; un movimiento que se acomoda apropiadamente a las estructuras de poder que, desde una benevolencia caritativa, le otorga un lugarcito cómodo, sencillo, una esquinita desde donde pueda levantar la voz sin dañar ni estorbar a nadie. Esta codificación se consigue mediante estrategias discursivas como la del “especial feminista”: colocar en el mismo espacio la labor activista de Ana Cecilia Pérez, con la indignante “victoria” de la exgobernadora como “la primera mujer que conquistó la gubernatura en la historia de Puebla”. Así, neutraliza la fuerza política del feminismo al representarlo como un mero aglomerado homogéneo de mujeres empoderadas.

Estas historias de empoderamiento individual que responden a la perseverancia para vencer obstáculos y a la convicción de romper estereotipos son importantes –aunque peligrosamente cercanas a la ficción meritocrática– porque, entre otras cosas, son consecuencia de la inquietud feminista de las últimas décadas por problematizar las políticas de representación, que ha conseguido desmontar algunos estereotipos, diversificar la representación mediática de las mujeres y desvincularlas de sus roles tradicionales. Sin embargo, nuestra preocupación reside en que el énfasis en la representación de estas historias, en el reconocimiento de las múltiples experiencias de mujeres que han desafiado su “destino biológico” u ocupado espacios “masculinos” de poder –y esto, en un estado patriarcal y machista como Puebla, ha sido importantísimo–, ha dejado de lado la atención –necesaria y urgente– a las condiciones materiales de millones de mujeres cuyo problema no es romper el techo de cristal ni los estereotipos, sino sobrevivir con los pies hundidos en el suelo pegajoso o barriendo, en su tercera jornada, los pedacitos de cristal del techo recién roto, como sugiere Nancy Fraser. De este suelo pegajoso –conformado por la inseguridad en las calles, la violencia trans/feminicida, la precarización laboral, los trabajos no remunerados, y un larguísimo etcétera–, de las condiciones estructurales que mantienen esas profundas divisiones jerárquicas, de la negativa de los últimos gobiernos estatales a seguir las recomendaciones de la Conavim para activar la Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres, el “especial feminista” prefiere no hablar.

4ta Marcha de las Putas. Foto: Ámbar Barrera

Ya conocemos los efectos de desmovilización y neutralización del neoliberalismo cuando instrumentaliza a los movimientos sociales, y el feminismo, lejos de ser una excepción, ha demostrado haber cobrado suficiente capital simbólico como para convertirse en una marca que vende tanto o más que cualquier producto cosmético, pero los efectos paralizantes de las prácticas discursivas como este “especial feminista” son más sutiles y escurridizos porque parecieran estar visibilizando un movimiento social –movilizando su agenda y sus exigencias–, y en cierta medida lo hacen, al mismo tiempo que producen otra forma de invisibilidad al arrancarlo de su trama compleja, de sus condiciones materiales concretas y, especialmente, al reducirlo a una mera narrativa de sueños individuales por cumplir, encabezados por el engañoso sueño de una exgobernadora cuya labor feminista fue nula. Lo que no se deja ver en este régimen de visibilidad son las estructuras que, naturalizadas, pretenden estabilizar formas de vida que nos resultan invivibles.

Lo que tampoco deja ver el régimen de proyectos neoliberales y sueños corporativos es que nuestro movimiento es radicalmente colectivo.

4ta Marcha de las Putas. Fotografía: Leo Herrera

¿Cómo reactivar, entonces, la potencia política de un movimiento al que se le quiere domesticar restringiéndolo a su faceta más carismática?, ¿cómo contraescribir las estrategias discursivas como las de este “especial feminista”, que buscan que nuestro feminismo vaya siendo, y haciéndose, apropiado, despojado de su espesura para convertirse en una mera superficie retórica, achatando su filo, borrando sus excesos, conteniendo su desbordamiento las cuales son, una vez más, formas de invisibilizar a lxs sujetxs políticxs que, históricamente, se han resistido a esa invisibilidad?

Las potencias micropolíticas del movimiento feminista en Puebla, su transversalidad, sus resistencias cotidianas y callejeras ante el horror de la violencia, sus vínculos con otras luchas y movimientos sociales, su oposición a los proyectos de muerte en la sierra, su apuesta por la vida común, no pueden capturarse en la narrativa hegemónica neoliberal. Lo sabemos las que después de cada manifestación constatamos que los medios hegemónicos, dispuestos a escribir cualquier cosa por vender, no saben cómo hacer legibles a los feminismos si no es neoliberalizándolos, haciéndolos apropiados, estandarizándolos, volviéndolos una superficie tersa. Desactivándolos. Así que, contra las prácticas discursivas que pretenden apropiarnos, decidimos permanecer ininteligibles.

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Klastos es un suplemento de investigación y crítica cultural en Puebla publicado en colaboración con Lado B. CONSEJO EDITORIAL: Mely Arellano | Ernesto Aroche | Emilia Ismael | Alberto López Cuenca | Gabriela Méndez Cota | Leandro Rodríguez | Gabriel Wolfson. COMITÉ DE REDACCIÓN Renato Bermúdez | Alma Cardoso | Alberto López Cuenca | Tania Valdovinos. Email: revistaklastos@gmail.com

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