Dime cómo es tu aula y te diré qué tipo de docente...

Dime cómo es tu aula y te diré qué tipo de docente eres: el espacio como actor

Foto tomada de Max Pixel
Mtra. Marisol Aguilar Mier

Sin duda alguna, el siglo XXI está caracterizado por la complejidad en todas las esferas de lo humano y ello, evidentemente, demanda a los ciudadanos una serie de competencias esenciales para afrontar los retos que este mundo nos exige.

Ante este desafío han ido posicionándose diversas tendencias pedagógicas que buscan brindar una formación acorde a los tiempos que vivimos.

Una de ellas, tiene que ver los espacios en los que se lleva a cabo la actividad de aprendizaje. Es decir, se considera al propio espacio como un actor dentro del proceso educativo que tiene un impacto en la manera en la que docentes y alumnos interactúan y en el tipo de experiencia que viven. En este sentido, la literatura sobre arquitectura educativa parte de la creencia de que el diseño y construcción de espacios influye en los comportamientos y acciones que los individuos tienen dentro de ellos. Torin Monahan, creador del término Built Pedagogy afirma que “la disposición del espacio contiene señales físicas y psicológicas implícitas y explícitas. Estas señales instintiva y visiblemente instruyen tanto a los maestros como a los estudiantes acerca de cómo comportarse dentro del espacio”.

Ejemplificando lo anterior, imaginemos un aula tradicional. ¿Qué visualizamos? Muy probablemente lo primero que venga a nuestra mente sea un escritorio protagónico al frente, designado al profesor. Seguramente también veamos un pizarrón y un conjunto de sillas individuales ordenadas en filas mirando al protagonista. Esta escena ¿qué mensaje nos da? ¿Qué experiencias creemos que viven los alumnos y cómo intuimos que deben comportarse ahí dentro? Es probable que nos remita a una cátedra dictada por el docente, quien se dirige desde su sitio a los alumnos, que escuchan y atienden las indicaciones que se les proporcionan. El mensaje que trasmite la escena es bastante claro: un enfoque pedagógico en el que el docente habla o demuestra y los alumnos oyen y observan.

Ahora bien, imaginemos la otra cara de la moneda. Un aula con mesas cuadradas que contienen una silla a cada lado obligando a que los ocupantes se miren entre sí (ambos, mesas y sillas, con ruedas). ¿Qué podríamos imaginar que sucedería? Para empezar, hablaríamos de un enfoque pedagógico que señala la importancia del trabajo en equipo y la interacción para el aprendizaje, así como la necesidad de moverse constantemente para hacer otras configuraciones con las mesas y las sillas movibles. Por otro lado, no hay un lugar especial para el profesor, lo que nos llevaría a pensar que éste circula por cada uno de los grupos, animando, supervisando, revisando, el trabajo que se realiza. Imaginaríamos también que los participantes hacen cosas, resuelven tareas, comparten información y trabajan juntos.

A esto nos referimos con los denominados espacios de aprendizaje. Esta tendencia privilegia el aprendizaje activo y experiencial y resalta la importancia de la participación e interacción con otros. Tiene el propósito de reconceptualizar los espacios para reconfigurar los roles de docentes y alumnos.

Ahora bien, el enfoque nos exige transformar ciertas creencias que desafortunadamente se encuentran aún muy arraigadas en el contexto educativo:

  • El aprendizaje solo ocurre en las aulas.
  • El aprendizaje solo ocurre en tiempos fijos.
  • Aprender es una actividad individual.
  • Lo que sucede en las aulas es predecible
  • Un aula siempre tiene un frente.
  • El aprendizaje exige privacidad y la eliminación de distracciones.
  • Los estudiantes deben estar confinados en sillas tipo “paleta” para sentirse como estudiantes.

En contraposición a estas creencias caducas, se habla de una nueva ecología del aprendizaje, misma que se refiere, de acuerdo con César Coll, a que “se ha producido un cambio en las últimas dos o tres décadas en prácticamente todos los parámetros del aprendizaje humano: dónde aprendemos, cuándo, con quién y de quién, cómo, qué e incluso para qué aprendemos”.

Es por ello que nuestras nociones debieran irse transformando, al asumir que el aprendizaje:

  • Es un proceso dinámico (no lineal) que puede darse de forma intencional o accidental, colectiva o individual
  • En cualquier entorno (físico o virtual)
  • En cualquier momento
  • A través de diferentes contextos
  • A lo largo de la vida
  • Mediante diferentes tecnologías y dispositivos

Bajo esta mirada, el aprendizaje entonces, es un proceso orgánico que cambia en el transcurso de una jornada, en la cual, se presentan necesidades diversas (en cada momento y en cada espacio). Desde esta lógica, los espacios deben dar cabida a los diversos ritmos de aprendizaje brindando un rango de escenarios de acuerdo a las necesidades de trabajo individual o grupal, en espacios privados o públicos. Para lograrlo de manera natural y fluida, se requieren entornos flexibles que permitan transitar de un escenario a otro, adaptándose a las diversas formas de aprender y a los ritmos y estilos de aprendizaje de cada persona.

Desde luego que se podría objetar que en cualquier espacio puede generarse el aprendizaje o bien, que un determinado espacio no necesariamente lo garantizará. Esto puede ser cierto, pero debemos reconocer que el diseño, la ubicación y la disposición del espacio e instalaciones hacen que algunos comportamientos sean mucho más probables que otros. Facilitan o obstaculizan, permiten la flexibilidad o invitan a la rigidez, con todas las implicaciones pedagógicas que esto tiene.

Así pues, ¿por qué no dar una oportunidad a este enfoque y empezar a romper esquemas e imaginar otros espacios posibles? ¿Por qué no reconfigurar los roles del profesor y el alumno, repensar el aula bajo otras características y probar nuevas tendencias y tecnologías? Para innovar hay que empezar por hacer las cosas de manera diferente. Así pues, imaginemos que otros escenarios pueden generar otras prácticas.

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