Antiguas porquerizas, turismo, diseño gráfico, productos de fayuca y congestionamiento vial se dan cita en este texto para pensar la Puebla contemporánea como una ciudad de excentricidades.

Alba Rosas

Puede que la designación en 2016 de Puebla como Ciudad Creativa del Diseño por la UNESCO hubiera abrigado grandes esperanzas. No cabía esperar, en cambio, que la realidad fuera tan cruel.

Los gestores autodesignados del proyecto Puebla Capital de Innovación y Diseño (PCDI) anunciaron desde 2014 su «relanzamiento» –así lo describe una nota de un periódico local de ese año–, y aunque no se dijo exactamente cuándo ni quiénes diseñaron el proyecto, este se presentó en 2015 en voz del entonces presidente municipal Tony Gali, como el resultado de la participación y consenso de la iniciativa privada, organizaciones de la sociedad civil y académicos.

Cartel de Mapa de Ruta para PueblaCID. Imagen tomada de: http://pueblacapital.gob.mx/ayuntamiento/item/3814-puebla-capital-de-innovacion-y-diseno

El proyecto PCDI estableció como objetivo principal fomentar en Puebla el diseño y la innovación como dos elementos claves en la generación de mayores márgenes de valor agregado y utilidad (¡dinero, pues!), integrando a la sociedad civil y el sector público y privado. Todo ello, supuestamente, con miras a incrementar la calidad de vida de los poblanos, promover la cultura y la creatividad como motor de desarrollo en la ciudad, etcétera. El nombramiento final de Puebla como Ciudad de Diseño por parte de la UNESCO fue la cereza del pastel.

La realidad, sin embargo, no se hace de la vista gorda y a veces sucede que, en una Ciudad de Diseño, el diseño no es precisamente la mayor virtud. Resulta que la administración municipal de Puebla, encabezada por Claudia Rivera (¡la primera mujer de izquierda en gobernar la capital, economista y 100% poblana!), con ánimo de refrendar su compromiso de campaña de implementar acciones orientadas a la construcción de una “Ciudad Incluyente” –y se supone que también para aprovechar las habilidades y aptitudes de los habitantes de la mentada Capital del Diseño–, lanzó en agosto de 2018 una convocatoria ciudadana para esbozar la identidad institucional de su gobierno.

La composición gráfica del logotipo de la ciudad debía simbolizar la cultura, el heroísmo histórico, la herencia barroca y la pluralidad étnica del estado, además de apegarse a la ley de derechos de autor. Sorpresa fue que, una vez dado a conocer el diseño ganador, en septiembre de 2018, fue inmediatamente calificado como plagio en las redes sociales debido a su semejanza con otros logotipos que parecían haber usado los mismos recursos de diseño disponibles gratuitamente en Internet.

Resultado de imagen para logo puebla capital
Una de las imágenes que circuló en redes sociales sobre el diseño ganador

El incidente del logotipo del Ayuntamiento de Puebla reveló –además de lo ficticio del nombramiento de Puebla como Ciudad de Diseño y la capacidad de la ciudadanía para reaccionar inmediatamente con memes que ridiculizaron el acontecimiento– que el reciente cambio de poderes no parecía considerar el cese del proceso de turistificación de la ciudad. De hecho, la convocatoria ciudadana para el diseño del logotipo, que fue la primera acción del nuevo gobierno municipal, incluso antes de su toma de protesta, confirmó la fe que la administración de Rivera tiene en palabras como creatividad, cultura, tradición e inclusión; todo un vocabulario manoseado por las industrias cultural y turística contemporáneas. Ni qué decir de la cada vez menor diferencia entre logotipos y marcas, signos vacíos para la identificación oficial que pretenden contener dinámicas sociales más bien complejas y contradictorias.

Si bien la ciudad de Puebla había sido promovida tradicionalmente por sus “atractivos” religiosos y gastronómicos, al menos desde  2011, sus administradores públicos y privados decidieron empezar a posicionarla como un nuevo destino de turismo cultural en México y para ello emprendieron la construcción, intervención e innovación de espacios y actividades turístico-culturales (el Museo Internacional del Barroco, el Teleférico y el propio título de Ciudad de Diseño, por decir sólo algo). Los síntomas fueron claros y los cambios de los últimos años en la imagen de la ciudad de Puebla pueden ser leídos como la manifestación de la aspiración de sus administradores para hacerla participar de la agenda global de la economía del ocio; es decir, del giro radical de la productividad hacia las industrias culturales, turísticas y de entretenimiento que se basan en un modelo de simulada participación ciudadana y operan por neutralización de la ciudadanía valiéndose de la cultura y el arte para la obtención de consenso.

Es verdad que la turistificación de Puebla –aún– no se ha concretado en el registro de una city branding como son los casos de la ciudad de Barcelona y la Ciudad de México, pero quizá no falte tanto para ello. De hecho, podría decirse que las gigantes y coloridas letras instaladas en sitios turísticos por la administración pasada ya operaban como una marca turística PUEBLA (no registrada).

Imagen de campaña turística ¿Qué hacer en Puebla? Tomada de: https://www.corazondepuebla.com.mx/descubre/que-hacer-en-puebla/

Cualquier comparación de Puebla con la marca BCN o “marca Barcelona” resultaría muy aventurada pero podría dar pistas para imaginar cómo intentar comprender la Puebla de hoy. La “marca Barcelona”, más que un caso parcialmente exitoso de regeneración urbana, evidenció la apremiante necesidad de las ciudades occidentales de finales del siglo pasado de transformarse para sobrevivir a su propia des-industrialización. Esto significa que la turistificación de Puebla, para empezar, también debe entenderse desde su particular historia de des-industrialización.

Imaginemos que viajamos en el tiempo a la Ciudad de los Ángeles del siglo XVIII. Vamos caminando en la calle del Chiquero, ubicada en pleno centro de la traza urbana. El olor de los chiqueros y porquerizas domina el aire. Gran parte de las casas es de trato de tocinerías, unas cincuenta en total, repartidas aquí y allá. El chillido de varios cerdos, que están siendo sacrificados en el patio de las casas, ensordece nuestros oídos. Aunque quisiéramos huir de los olores y sonidos, hacia el río San Francisco, nada ganaríamos. Allí se ubican las curtidurías y tenerías y empieza la zona de hornos de cal y ladrillo, siempre humeando durante las quemas. Esta Puebla de los Ángeles también es la de los cerdos y, alrededor de estos animales, los habitantes desarrollan las más importantes industrias de la ciudad: jabón, velas, tocino, cebo, curtidurías y tenerías. Como reza el dicho: “¡Que dé la Puebla el jabón y la loza y no otra cosa!”. Las cantidades de jabón que salen cada año de la ciudad para venderse fuera y dentro del reino de la Nueva España son grandes, es uno de los comercios más útiles y provechosos.

El quiebre de la actividad productiva de bienes de la ciudad de Puebla, a finales del siglo XVIII, se ha referido como el momento de su decadencia y atraso. Lo más interesante es que se relaciona con un fenómeno muy curioso llamado: el estancamiento en la “excentricidad poblana” (así lo nombran Garavaglia y Grosso en “La región de Puebla/Tlaxcala y la economía novohispana (1670-1821)”).

Con el reacomodo del comercio mundial en el siglo XVIII, la industria local de Puebla se desarticuló al desligarse de los circuitos mercantiles más importantes de la época, y la ciudad se constriñó a sus “preocupaciones meramente celestiales”: construcción de iglesias, altares y nuevas imágenes de veneración cuyo costo fue detalladamente publicitado para orgullo de sus habitantes. Es evidente: en Puebla, históricamente, han gustado las excentricidades. Puede que sean religiosas (la Capilla del Rosario) o inmobiliario-cultural (el Museo Internacional del Barroco), pero la tónica es la misma: mostrar un celestial panorama angelopolitano a través de extravagancias. Es como si en Puebla se hubiera empezado a vivir, desde el siglo XVIII y sin siquiera haber alcanzado una industrialización intensa (la producción textil de los siglos XIX y XX, abruptamente desarticulada, fue apenas un preludio), una precoz terciarización de su economía con tintes espectaculares. Ello explicaría mucho de la Puebla contemporánea: las prácticas y gustos extravagantes de gente que aspira a ser valorada como una élite empresarial, política y, para colmo, cultural y artística.

Ahora no imaginemos, caminemos por la Puebla del presente. En la calle 10 Poniente podemos respirar los olores nauseabundos que emanan de una verdadera mezcla surrealista producida por actividades desempeñadas por vendedores ambulantes y trabajadores sub-empleados excluidos de la ciudad turística: aceite quemado de chalupas, más desodorantes líquidos “Chanel” para perfumar el interior de los vehículos, más el smog emitido por el escape de los autobuses y combis –de las casi treinta rutas de transporte público apartadas en esa sola calle–. Sí, la vieja ciudad de los cerdos desapareció pero todavía quedan sus habitantes y transeúntes.

Fotografía del cruce entre las calles 5 Norte y 10 Poniente.  Imagen tomada de: http://gentetlx.com.mx/

En esta Puebla, en el nombre de una idea de cultura y arte puestas al servicio del turismo, se está priorizando la atención a megaproyectos espectaculares que monumentalizan la ciudad por encima de aquellos pequeños proyectos que directamente afectan la vida de sus habitantes.

A estas alturas, a los poblanos debería serles evidente la excéntrica ficción en la que viven que, precisamente, acontecimientos como el del logotipo presuntamente plagiado muestran descaradamente. Las políticas turístico-culturales, acompañadas de aquellas de representación institucional, insisten en mostrar y promover una ciudad homogénea y complacida con su transformación en busca de la satisfacción del visitante. Son los slogans, anuncios espectaculares de inmobiliarias, ruedas de la fortuna y museos de mentira los que invitan al turista y así se autojustifican.

En estas circunstancias, crear más ciudad no representaría una solución, reclamar el derecho a ella, sí. Ese reclamo podría partir de la pregunta: ¿Cómo hacer que la vieja ciudad de los cerdos vuelva, es decir, cómo reactivar actividades locales productivas en la ciudad y con ellas la vida de sus habitantes que resisten? O, en otras palabras: ¿Cómo desterrar las excentricidades que opacan la vida de todos los días en las calles de Puebla?

***

Alba Rosas es antropóloga social y vive en Santa Bárbara Almoloya (San Pedro Cholula).

 

Quizás ahora quieras leer: «No tengo dinero, ni nada que dar» (anterior) | «Feminismos apropiados» (siguiente)

Klastos es un suplemento de investigación y crítica cultural en Puebla publicado en colaboración con Lado B. CONSEJO EDITORIAL: Mely Arellano | Ernesto Aroche | Emilia Ismael | Alberto López Cuenca | Gabriela Méndez Cota | Leandro Rodríguez | Gabriel Wolfson. COMITÉ DE REDACCIÓN Renato Bermúdez | Alma Cardoso | Alberto López Cuenca | Tania Valdovinos. Email: revistaklastos@gmail.com