Tania Valdovinos

El siglo XXI comenzó, en realidad, en 1994. La consigna “Un mundo donde quepan muchos mundos” marcó, desde la selva de un país tercermundista, una forma distinta de concebir y accionar la política para enfrentar al capitalismo neoliberal global. Eventos como el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, la primavera árabe en 2010, los Indignados en España en 2011, Occupy Wall Street en 2011 en Nueva York, hasta el movimiento #YoSoy132 en 2012 en México, han mostrado nuevas formas de hacer política que caracterizarían las maneras más recientes de resistencia, autoorganización y disputa sociales. Se trata de otros modos como la sociedad civil se ha organizado para intervenir directamente en sus condiciones de vida sociales y políticas.

Sin embargo, no es esta una crítica cualquiera sino una con la capacidad de ejercerse desde la propia existencia social, es decir, capaz de transformar los modos hegemónicos de las relaciones políticas operando desde su funcionamiento interno. Diríamos que no se trata de la política de los partidos ni sus instituciones ni tampoco la de los lobbies de los intereses privados; tampoco del sistema democrático con sus votaciones y representaciones parlamentarias. Se trata de una suerte de crítica inmanente que tendría la capacidad de desplegar formas de autoorganización y autorepresentación que permiten repensar las relaciones de poder y las prácticas sociales que constituyen los movimientos de resistencia en la actualidad. A este tipo de prácticas no solo en el ámbito de los movimientos sociales sino también, por ejemplo, de las prácticas artísticas contemporáneas Brian Holmes las ha llamado investigaciones extradisciplinares, en tanto que recurren a prácticas y disciplinas ajenas para volver a la práctica inicial y transformarla de manera crítica. Desde luego, no se trata de investigaciones en un sentido académico sino de prácticas políticas comunes a cualquier relación social en las que se pone de manifiesto la necesidad de recurrir a saberes, disciplinas o recursos extraños a su campo.

Desde esta perspectiva, los movimientos sociales marcados por esa búsqueda de otras formas de hacer política desde ese prematuro inicio del siglo XXI podrían ser concebidos desde esta idea de la crítica inmanente porque ponen en marcha estrategias provenientes de distintos campos disciplinares para revisar críticamente su propio funcionamiento interno y constituirse siempre en nuevas y diversas formas de organización y representación. Así, con la crítica inmanente estaríamos hablando de prácticas políticas que giran hacia la extradsiciplina para volver después a cambiar la propia estructura de la que parten. Pensemos, por ejemplo, en el caso del #YoSoy132, que comenzó como un movimiento de estudiantes y rápidamente se convirtió en una insignia de la indignación ciudadana hacia la corrupción y el autoritarismo del gobierno mexicano. El uso de internet fue característico de este movimiento desde sus inicios para colgar su primer video, lo cual posibilitó muchas redes de comunicación y organización que funcionaban tanto a través de plataformas como Twitter, Facebook y YouTube, como en las movilizaciones callejeras.

Estas estrategias de organización trataban de concebir nuevas formas de producción, colaboración e investigación que no mantuviesen los mismos modelos institucionales hegemónicos a los que querían resistir. Así, la estructura asamblearia ciudadana del 132 abogó desde el inicio por instaurar una asamblea general integrada por comités de cada estado de la República con la intención de no reproducir el mismo sistema de “representación democrática” del Estado mexicano sino promover decisiones y colaboraciones en conjunto, horizontales y participativas. Por todas estas características, la forma de hacer crítica desde ahí implicaba que el movimiento cuestionara la pertinencia y funcionamiento de los métodos que había adoptado eso que se entendía por política y por las formas de su crítica.

Considerar este tipo de prácticas desde la noción de crítica inmanente implicaría resaltar su flexibilidad y capacidad de girar sobre sí mismas echando mano de recursos de otros campos disciplinares distintos a los del movimiento original o lo aceptado como político. La experimentación con las formas de darse a ver, de entenderse y comunicarse era una revuelta cultural en sí misma.  En el caso del #YoSoy132, este giro estuvo caracterizado por su mediación digital, que no se entendería solo como el acceso a dispositivos tecnológicos sino como la capacidad de reunir a distintos sujetos y prácticas dispares más allá de espacios físicos o ubicaciones geográficas a través de redes multimediáticas de colaboración. Una de las plataformas que surgió del #YoSoy132 fue cartel132.tumblr.com, una página que reunía carteles digitales para apoyar al movimiento.

Fragmento del montaje de Juan Carlos Reyes para la exposición «La demanda inasumible. Imaginación social y autogestión gráfica en México, 1968-2018», Museo Amparo.

El sitio web funcionaba para agrupar a distintas personas con quehaceres dispares pero que concordaban con las demandas y peticiones del movimiento: algunos diseñaban los carteles, otros los imprimían, otros más los llevaban a las marchas y también estaban quienes hacían visible el movimiento desde las redes sociales compartiendo estos materiales gráficos. Este tipo de redes digitales que se van generando a raíz de un movimiento en específico se van expandiendo para sumar causas y voces. La particularidad de hacer una crítica distinta, como ésta, es que no hay un modelo a seguir y se vuelve necesario cuestionar desde dentro la forma en la que funcionan los movimientos sociales para estar adaptándose constantemente a las exigencias del presente.

Algo similar ocurrió con el movimiento de los Indignados en España y con el Occupy Wall Street, ambos en 2011, ya que rebasaron las demandas políticas nacionales para repercutir en distintas causas alrededor del mundo a través de sus redes de colaboración en internet. Ambos movimientos se pudieron organizar para generar redes de trabajo conjunto e integrar una resistencia que estaba en constante cambio y rearticulación. En México este tipo de prácticas se manifestó en un principio con el movimiento del 132 en 2012 pero ha continuado desde entonces a través de otras demandas sociales, desde la defensa por la tierra hasta el movimiento feminista.

Precisamente, las luchas feministas encarnan distintas formas de denuncia hacia un modelo de sociedad que sólo ha minimizado, perseguido y violentado otras formas de vida que no encajan con el orden machista y patriarcal imperante en México. Este movimiento surge de la urgencia de denunciar y cambiar dichos modelos a partir de un ejercicio constante de crítica para responder a las necesidades actuales de estos conflictos. En Puebla, quizá uno de sus momentos de mayor visibilidad sea la Marcha de las Putas que, desde 2011, organizan distintas colectivas para apropiarse del término y, sobre todo, mostrar (con estrategias que van desde manifestaciones, performance, acciones gráficas hasta el acompañamiento de víctimas y foros de discusión, entre otras) que la política nunca más será sin nosotras. A partir de distintas consignas se han activado formas de imaginar críticamente la política desde su interior mientras, a la par, se trabaja en conjunto con actores “externos” que pudieran brindar otros modos más gozosos y sugerentes de concebir las relaciones sociales y la vida en común.

Fragmento del montaje de Juan Carlos Reyes para la exposición La demanda inasumible. Imaginación social y autogestión gráfica en México, 1968-2018, Museo Amparo.

Hoy toca seguir preguntándonos por qué sería relevante hablar de este tipo de crítica inmanente en los movimientos sociales en México. Para no retroceder tanto, quizá podríamos tomar 2012 como un parteaguas en el panorama político: las elecciones presidenciales y el levantamiento de la sociedad civil y los jóvenes estudiantes hicieron que la participación de la ciudadanía en las decisiones del país transformase la forma de imaginar la política, generando modos de autoorganización ciudadana que sirvieron para hacer contrapeso a las instituciones de gobierno.  A partir de la nueva cara que la política institucional presenta en el país seis años después es imprescindible agudizar esa imaginación crítica colectiva de los movimientos sociales, recordando que el siglo XXI sigue exigiendo, como desde que inició, un mundo donde quepan muchos otros.

***

Tania Valdovinos Reyes es una filósofa guayaba de-formación que se metió en esto del arte y la cultura y, la verdad, espera salir más pronto que tarde. También, de vez en cuando, le entra a la fotografía.

 

Quizás ahora quieras leer: «Juan Acha: La crítica artística como performativo social» (anterior) | «¿Nunca serán Historia?» (siguiente)

Klastos es un suplemento de investigación y crítica cultural en Puebla publicado en colaboración con Lado B. CONSEJO EDITORIAL: Mely Arellano | Ernesto Aroche | Emilia Ismael | Alberto López Cuenca | Gabriela Méndez Cota | Leandro Rodríguez | Gabriel Wolfson. COMITÉ DE REDACCIÓN Renato Bermúdez | Alma Cardoso | Alberto López Cuenca | Tania Valdovinos. Email: revistaklastos@gmail.com

2 COMMENTS

Leave a Reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.