La cartilla moral 2: doble adaptación

La cartilla moral 2: doble adaptación

Martín López Calva

“No menos ingenuo es el deseo de adaptar la ética al siglo en lugar de pensar una doble adaptación en círculo: adaptar el siglo a la ética y adaptar la ética al siglo”

Edgar Morin. Método VI. Ética, p. 29.

La semana anterior dediqué esta Educación personalizante a analizar la pertinencia del proyecto de reedición y distribución masiva de la Cartilla moral de Alfonso Reyes, generada por el gobierno federal actual por iniciativa del presidente López Obrador.

Foto tomada de Cartilla moral

Lo que sostengo en ese análisis es que, contrario a lo que plantean los críticos de enfoque liberal respecto a que el gobierno no debe intervenir en asuntos morales porque la moral es una dimensión que corresponde estrictamente al ámbito privado, desde una visión de complejidad se tiene que concebir la moral como un concepto que abarca en relación dialógica lo individual, lo familiar y comunitario, lo social y lo planetario. Así, resulta falso el planteamiento de una libertad exclusivamente individual que “termina donde empieza la libertad de los demás”, porque la libertad de cada persona influye y afecta de manera inevitable a los otros en un tejido complejo al que Morin llama “Ecología de la acción”.

Desde esta perspectiva, y dada la profunda crisis de desmoralización que vive nuestra sociedad mexicana desde hace décadas, resulta no solamente válido sino necesario que el gobierno se ocupe de proyectos orientados hacia la regeneración de la moral social. Lo que significa, entonces, desde dicha perspectiva humanista compleja, la regeneración del deseo de vivir humanamente en sociedad.

El planteamiento de volver a ocuparse de la moral social resulta entonces positivo aún cuando el documento que se elige para ello tiene setenta y cinco años de antigüedad; no así la pretensión de redactar y emitir una “Constitución moral” puesto que el término constitución tiene una implicación prescriptiva y legal de carácter obligatorio para todos los ciudadanos que resultaría totalmente violatoria de la diversidad que debe caracterizar a una sociedad democrática.

No obstante, para que los objetivos válidos de este programa se cumplan, señalaba la semana pasada, se tendría que trabajar la Cartilla moral como un material de discusión y reflexión en diálogo. Así, se pondría sobre la mesa la discusión de los valores sobre los cuales tendría que reconstruirse el tejido social en nuestro país pero de una manera abierta al cuestionamiento, la diversidad y la posibilidad de crítica y adaptación creativa de los valores propuestos en este material respecto a la realidad actual de un país que ha cambiado mucho en estas más de siete décadas.

Tal como lo ofrecí, abordo ahora el contenido del documento, planteando algunas consideraciones que tratan de rescatar el valor del texto de Reyes y de evitar el riesgo de caer en la moralina, que señalaba en la primera parte de esta reflexión.

En primer lugar, hay que decir una palabra sobre la introducción a la edición actual, que firma el presidente López Obrador. Como señalé en el espacio de esta columna la semana pasada, resulta adecuado el planteamiento de la difusión de la cartilla como “un primer paso para iniciar una reflexión nacional sobre los principios y valores que pueden contribuir a que en nuestras comunidades, en nuestro país haya una convivencia armónica y respeto a la pluralidad y a la diversidad”.

Sin embargo, en esta misma introducción el presidente plantea, desde la narrativa conservadora que caracteriza una parte de su discurso político, que hemos padecido una decadencia social debido a “la corrupción del régimen, la falta de oportunidades de empleo y satisfactores básicos” y también a una “pérdida de valores culturales, morales y espirituales…”. Afirma que “no sólo de pan vive el hombre” y propone que para alcanzar la felicidad se requiere del bienestar material y del “bienestar del alma”, citando a José Martí.

Esta visión de “pérdida de valores” es característica de las perspectivas neoconservadoras en el tema de la moral y tiene de fondo una pretensión de adaptar el siglo a la ética, es decir, intentar que los tiempos se adecuen a determinados principios morales que se consideran eternos e inmutables. El trabajo de la cartilla desde esta perspectiva, implicaría ver solamente una de las dos dimensiones que plantea Morin acerca de la relación dialógica entre la ética y los tiempos.

Igualmente, la concepción del ser humano como una conjunción de cuerpo y alma, como dice el texto introductorio, corresponde al sustento antropológico del documento que, por estar escrito hace casi ocho décadas, no tiene aún un planteamiento unitario y complejo del ser humano. Pero cabe decirse que esta visión dualista tiene un matiz interesante en la adaptación que presenta el gobierno, al afirmar que lo ético no consiste en suprimir al cuerpo y buscar lo propio del alma sino en lograr un equilibrio entre ambos componentes.

La cartilla se divide en doce capítulos o temas que, en lo general y con las necesarias adecuaciones a los tiempos actuales, cualquier persona bien intencionada podría suscribir; además de dos resúmenes donde se sintetiza el contenido de los capítulos tratados.

Estos apartados son:

1. La moral y el bien

2. Cuerpo y alma

3. Civilización y cultura

4. Los respetos morales

5. Respeto a nuestra persona

6. La familia

7. La sociedad

8. La ley y el derecho

9. La Patria

10. La sociedad humana

11. La naturaleza

12. El valor moral

Como se puede apreciar por los títulos, se trata de elementos que constituyen los ejes fundamentales de una buena vida humana en lo particular y en lo público, que es la materia de la Ética como disciplina filosófica.

El punto de partida que suscribo es que se educa para el bien y que éste bien tiene distintas dimensiones que se expresan y deberían vivir en la civilización y cultura; en la propia persona; en la familia; la sociedad; la patria; las leyes; la sociedad humana como una gran comunidad planetaria, y la naturaleza.

Desconozco la versión original de Alfonso Reyes pero en el documento adaptado que se difunde ahora existen elementos muy importantes: el respeto a la naturaleza y a las especies no humanas; la diversidad cultural y el respeto a los diferentes; el compromiso moral por la construcción del bien social. Todos estos fundamentales para la formación ética y ciudadana.

El contenido de la cartilla es adecuado para promover la reflexión sobre estos distintos ámbitos de la construcción del bien humano. Aunque, como decía en el texto de la semana anterior, el problema está por una parte en el lenguaje propio de la época en que el documento fue escrito; en algunos elementos del sustento antropológico y los contenidos morales también surgidos del contexto de la sociedad mexicana de la primera mitad del siglo veinte y, sobre todo, en el modo en que éste documento será trabajado con los niños y jóvenes.

Como afirma Morin en el epígrafe de la columna de hoy, es necesario adaptar el siglo a la ética –es decir, buscar que este siglo afectado por una enorme crisis de fundamentos vuelva la mirada a la ética para reorientar las formas de vivir y convivir– pero, al mismo tiempo, resulta indispensable adaptar la Ética al siglo, lo cual implica retos importantes de adecuación de los contenidos éticos a la realidad del mundo líquido en que hoy vivimos.

En ese sentido, si la cartilla se usa como un intento de poner un dique sólido que pretenda contener el flujo de esta realidad líquida de las nuevas generaciones de mexicanos, resultará sin duda un fracaso más dentro de la larga cadena de fracasos en el campo de la política educativa y de la política pública en general.

Pero si este documento se trabaja de manera abierta, dialógica y crítica, promoviendo el pensamiento de los niños y adolescentes sobre el asunto de la ética y sus principales dimensiones; si se problematiza y se buscan ejemplos de dilemas morales adecuados a cada temática para generar en los estudiantes el hábito de pensar bien y de pensar el bien cotidianamente; si las escuelas y las familias vuelven a sintonizarse en la clave de construir una reflexión sobre el bien y constituirse como instituciones corresponsables para la reconstrucción de una moral pública que responda a los desafíos de este mundo líquido; si en lugar de diques que contengan las aguas de la realidad, se construye una moral pública que se convierta en una brújula para navegar en la incertidumbre, la iniciativa de la Cartilla moral habrá cumplido su cometido profundo.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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