Kevin se resiste a morir y huye en su segunda caravana

Kevin se resiste a morir y huye en su segunda caravana

Unos 200 salvadoreños salieron por cuarta vez en caravana huyendo de este país rumbo al norte. Entre ellos, un jardinero de 20 años, su hijo de casi dos y su pareja de 18. Kevin lo intenta por segunda vez en una caravana. Fue parte de la primera que salió el 31 de octubre. Fue deportado. Sin embargo, la amenaza que lo hizo partir la primera vez, sigue aquí, intacta. Kevin apenas duró unos días en El Salvador. Lo único que ha cambiado es su destino: ahora es México.

Óscar Martínez | El Faro

Al pie del monumento del Divino Salvador del Mundo, Kevin cubre con su cuerpo a Axel, para que la brisa no le moleste el sueño y, mañana que huyan del país, el niño huya descansado.

Es noche del 15 de enero. 2019 inicia con una nueva caravana de salvadoreños que huyen de su país, que buscan vivir mejor en otro lado o al menos seguir viviendo. Kevin, un jardinero de 20 años, huye por segunda vez en una caravana. Salió en la primera, aquel 31 de octubre de 2018, cuando más de 1,000 salvadoreños se largaron de este país que, desde la paz en 1992, tiene una epidemia de muerte, al menos según los cánones de Naciones Unidas. Axel es el único hijo del jardinero, y está por cumplir los dos años. La madre, una muchacha pelirroja y silenciosa, tiene 18 y también espera esta noche que se congregue más gente en esta plaza capitalina, para poder huir en grupo bajo los primeros rayos del sol.

Una pareja originaria del municipio de Tonacatepeque, departamento de San Salvador, espera la salida de la nueva caravana. Al igual que Kevin, la pareja huye de amenazas de pandillas en su municipio. Foto: Víctor Peña.
Una pareja originaria del municipio de Tonacatepeque, departamento de San Salvador, espera la salida de la nueva caravana. Al igual que Kevin, la pareja huye de amenazas de pandillas en su municipio. Foto: Víctor Peña.

Esta plaza, donde todavía queda el esqueleto del más grande árbol de Navidad que brilló en El Salvador el mes pasado, se ha convertido en punto de reunión de los que huyen en avalancha. «Ya vi salir de aquí a cuatro caravanas», dice el hombre que desde hace tres meses cuida la instalación navideña en ese lugar. La plaza tiene sobre una columna una estatua de Jesús, de pie sobre un globo terráqueo, con la mirada hacia el oriente. Allá, la ciudad empieza a ser más populosa, menos brillante, más El Salvador. Aquí, en esta plaza, termina el Paseo General Escalón, la avenida que asciende hasta el área más pudiente de la ciudad. Arriba, Casa Presidencial; arriba, Santa Elena y la embajada estadounidense; arriba, las iglesias de las clases acomodadas, sus restaurantes con platos de $20, $30, $50. Abajo, el centro capitalino y sus cenas de $1.50; abajo, Soyapango, Ilopango, Apopa, San Martín. Arriba, trabajaba de jardinero Kevin, dejando lindos los jardines de allá. Abajo, muy abajo, fuera de la ciudad, en una casa sin jardín, vivía Kevin antes de empezar a huir. Algunos empleados de embajadas en El Salvador que cuentan con servicios propios de seguridad tienen que avisar cuando piensan bajar de esta plaza. Ese es el verbo que ocupamos para decir que uno irá más al oriente de esta plaza: bajar.

De alguna manera, las caravanas salvadoreñas han huido siempre desde una frontera, desde esta plaza, una de las tantas fronteras nacionales entre los de arriba y los de abajo.

El 12 de octubre de 2018, 200 hondureños salieron juntos hacia Estados Unidos desde la ciudad de San Pedro Sula. Desde entonces, los centroamericanos del norte no han dejado de irse de esa forma. Han entendido que la suma los hace fuertes o al menos no tan vulnerables. Grupos de Facebook o de telefonía celular empiezan a convocar de a poco y se convierten en columnas de a cientos. Aquella primera caravana, cuando llegó a la frontera con Estados Unidos a mediados de noviembre, ya era de casi 10,000 centroamericanos. Después salió otra desde Honduras y entonces, el 31 de octubre, la primera desde El Salvador. «Ahí iba yo», cuenta Kevin.

Migrantes salvadoreños que huyen de la pobreza y la violencia se concentraron en la plaza Divino Salvador del Mundo, en San Salvador, desde la noche del martes 15 de enero. Al menos 200 personas salieron de ese punto la mañana del 16, en una nueva caravana que va hacia el norte. Foto: Víctor Peña.
Migrantes salvadoreños que huyen de la pobreza y la violencia se concentraron en la plaza Divino Salvador del Mundo, en San Salvador, desde la noche del martes 15 de enero. Al menos 200 personas salieron de ese punto la mañana del 16, en una nueva caravana que va hacia el norte. Foto: Víctor Peña.

Antes de huir, Kevin vivía en una casita alquilada junto con su madre, su pareja y su bebé. Vivía en Cojutepeque, la capital del departamento de Cuscatlán. La casita quedaba en uno de los pasajes de una colonia que se llama Jardines de las Pavas. Esa colonia parece atroz. Si uno hace el ejercicio más a la mano y teclea en Google el nombre de la colonia sin más, sin ninguna otra palabra, esto aparece: encabezando la página uno, el titular «Maras se apoderan de más colonias en la ciudad de Cojutepeque», y luego una serie de ofertas de gente que alquila o vende su casa en esa colonia. Si uno pincha en la página dos, el primer titular es «Cae agente PPI en redada de pandillas en Cojutepeque», y luego ofertas de casas. Si uno sigue, y pincha por tercera vez, el primer título será «Capturan a 60 pandilleros de la MS…».

Llamo a un agente policial de Investigaciones Oculares, que recoge escenas de homicidio en la parte central del país. Le pregunto si le suena la colonia. Responde: «Esa mierda es el infierno». Ahí vivía Kevin antes de empezar a huir.

Kevin y los suyos pusieron una tienda. No se trataba de una bodega abastecida: «Vendíamos churros y charamuscas», dice, mientras los grupitos de migrantes en la plaza empiezan a enrollarse en las esquinas para intentar dormir.

Desde siempre, desde el día uno de la tiendita, la pandilla de esa colonia, la MS-13, «los que mandan allá, los que gobiernan allá», según Kevin, dejó claro a esa familia el monto de la extorsión. 35 dólares mensuales por permitirles vender churros y charamuscas. La familia siempre pagó. Mientras tanto, Axel crecía. Y ese crecimiento demandaba ropa, leche, comida, medicinas. El trabajo de jardinero de Kevin, sus más o menos 300 dólares mensuales, dejaron de rendir. Los 35 para la pandilla empezaron a ser necesarios. La tienda, dice Kevin, les dejaba menos en ganancia de lo que pagaban en extorsión. Qué locura financiera, podría pensar alguien allá arriba de la plaza desde la que habla Kevin. Pero es que allá abajo, en Jardines de las Pavas, las finanzas no se cuadran en decenas, sino moneda a moneda.

Un día, el emisario pandillero de turno llegó. «Gente conocida, con la que uno creció», dice Kevin, que en aquella ocasión, y por primera vez, no tenía el dinero. La pandilla le dio una semana de gracia. La semana pasó, pero la respuesta de Kevin no cambió. La pandilla le dio otro plazo. Esta vez, fue de 24 horas, y fue para largarse de la colonia junto a su familia. La otra opción no tuvieron que pronunciarla. Estaba clara. Para la gente de esa colonia -de esas colonias- estaba clara: la otra opción era morir.

La familia huyó a casa de una amiga de la madre, donde les dieron posada mientras resolvían qué hacer. El primer día que amaneció allá, Kevin salió a trabajar. Vio alrededor y lo que vio le espantó. Había pintadas del Barrio 18. Ese mismo día, Kevin, que había visto en las noticias que en una semana saldría la primera caravana de salvadoreños, decidió ser uno de ellos. Antes de partir, anduvo escondiéndose donde pudo, en casas de amigos, de gente conocida, una noche aquí, otra allá, entrando de mañana y no dejándose ver en esas colonias. Kevin vivía como fugitivo.

Junto a otros migrantes, Kevin (de gorra) y su pareja esperan que amanezca en la base del monumento al Divino Salvador del Mundo. Foto: Víctor Peña.
Junto a otros migrantes, Kevin (de gorra) y su pareja esperan que amanezca en la base del monumento al Divino Salvador del Mundo. Foto: Víctor Peña.

«Es que ser así como yo en este país es como una enfermedad», dice Kevin.

Kevin no es alto, no tiene el pelo largo ni muy corto, no se viste de manera exótica. Es moreno. Es flaco. Podría decirse que es un joven común y corriente de El Salvador. A eso se refiere: ser así, como él, en El Salvador, es como una enfermedad.

Kevin dice que desde que salió a trabajar a los 15 años se siente así, a disgusto. Dice que desde que toma buses y va por su cuenta a ganarse la comida, no logra ir a ningún lado tranquilo. «En el Centro, vas caminando y algún pandillero te pide el DUI, para ver de qué colonia sos -dice- y uno tiene que dar explicaciones y decir cosas y convencerlos». ¿Convencerlos de qué? «De que no lo maten a uno». «Si te sale un trabajito -prosigue Kevin-, tenés que ver que no haya colonias de pandilleros cerca, porque la MS no me quiere y la 18, por de dónde vengo, cree que soy de la MS».

Aquel 31 de octubre en la mañana, Kevin salió junto a unos 1,000 salvadoreños rumbo a Estados Unidos. Cruzaron dos fronteras y se estancaron en la tercera. En Tijuana, México, el muro estadounidense, los soldados, los patrulleros, los helicópteros, los obligaron a parar. Se juntaron tres caravanas allá en el norte. Los metieron en refugios improvisados a los migrantes y los migrantes se empezaron a desesperar. Kevin se desesperó. No era el agobio del impaciente, sino del que tiene en mente algo más urgente: la vida de los que dejó atrás. Kevin era el único proveedor de su familia. Tras más de un mes de haber salido de su país, se hartó un 8 de diciembre y saltó la barda cerca de la playa de Tijuana. «Unas cinco cuadras alcancé a caminar antes de que me agarraran», dice. Esas cinco cuadras y los centros de detención migratoria donde estuvo hasta principios de este enero es todo lo que Kevin conoció de Estados Unidos.

En esos centros, recuerda, había gente que tenía «ocho, diez meses pidiendo asilo y seguían ahí». Eso y una dieta a base de burritos recalentados le hicieron firmar el acta de deportación y estar de regreso en su país la primera semana de este año. De vuelta, Kevin vivió como fugitivo. Yendo a ver a su familia, durmiendo aquí, allá, trabajando de lo que saliera, por días. Hasta esta noche, cuando con todo y su pareja y su hijo duermen al pie del Divino Salvador del Mundo y esperan huir a México e intentar vivir allá sin sentirse enfermos de juventud. Llevan $60 dólares en la bolsa y un bebé en brazos.

A la par de la plaza donde duermen los que se van, hay una enorme pantalla publicitaria que ilumina esa esquina. Entre otros anuncios, refulgen los de los candidatos a la presidencia que competirán el próximo 3 de febrero. Y destaca uno: «Hagamos cachimbón El Salvador. Quedate. Votá por Carlos Calleja», pide la campaña del arenero.

No vale la pena preguntar a Kevin si lo evaluaría, si se quedaría. Él se va. De hecho, se va más que la otra vez. Regresó de la primera caravana con más determinación. Ahora se va con todo y raíz. Ahora se va con su pareja y su hijo. Ahora se va para no volver. O quizá volver alguna vez.

«No sé, quizá a ver a mi mamá, quizá más adelante, cuando pueda andar por la calle sin que me persigan, siendo de otro modo, con el pelo blanco», dice.

*Foto de portada cortesía de Víctor Peña

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