Entrevista a Ana García Bergua

Entrevista a Ana García Bergua

Con “Veintitres y uno, charlas con 23 escritoras”, Óscar Alarcón cierra su primer díptico editorial dedicado a la conversación con narradores y narradoras. Una aventura que empezó como dice él sin una planeación, sólo por el gusto de “habitar” de otra manera “la obra de los autores que leo”.

En la introducción al libro que acaba de poner en circulación la editorial Nitro Press, el también director de la publicación digital Neotraba aclara “la confección de este libro conlleva un trabajo mucho más pensando que el volumen anterior (“Veintiuno” – Nitro Press – BUAP) y por lo tanto más amplio y profundo; de la misma forma, implica una pelea a la contra no solo con las autoras entrevistadas sino conmigo mismo como entrevistador para evitar repetirme en la preguntas y expandir la visión a las distintas manifestaciones y disciplinas en ocasiones no como géneros aislados sino como géneros que se entrecruzan en la actividad cotidiana de las autoras”.

LADO B publica, con autorización de Óscar Alarcón, una de las entrevistas que conforman “Veintitres y uno”.

Óscar Alarcón

@metaoscar

Ana García Bergua
Foto cortesía: Pascual Borzelli Iglesias
Ana García Bergua:
“Los padres tienen que leer. Los maestros tienen que demostrar que sí leen y que sí les gusta leer y que no nada más están dando las lecturas de los programas. Es una pena que se haya convertido en una obligación algo que es tan rico y tan placentero.”
Octubre de 2016

Comenzar a escribir siempre es una tarea arriesgada. Quitarse la pena que implica asistir a un taller de cuento para que un grupo de extraños lea nuestros textos y que nos den su opinión sobre lo que hemos realizado, es un atrevimiento que pocos están dispuestos a correr. No sólo depende de los compañeros sino de quién dirige el taller.

Ana García Bergua estuvo en Puebla para dar un taller de cuento como parte del programa Retribución Social, en donde creadores con trayectoria asisten a diferentes partes de la República impartiendo cursos. Leer la obra de Ana García Bergua es un deleite, la risa sobreviene al comenzar a leer sus textos. Lo mismo ocurre con sus columnas “Y ahora paso a retirarme”, que aparecen en La Jornada.

Esa burla eterna que se nos ha impregnado en la vida cotidiana aparece tanto el trabajo novelístico como en los cuentos de Ana García Bergua. En sus libros nos encontramos con imágenes que no sólo son cómicas —como la de un par de ancianos practicando nuevas posturas sexuales muy alejadas del Kamasutra— sino que también nos estallan en el rostro después de las carcajadas —como la de una famosa estrella del cine de oro de México venida a menos, viviendo de su fama pasada— para darnos cuenta de que la risa es ese espejo que nos dice que nos estamos riendo porque los personajes son el reflejo de nosotros mismos.

Óscar Alarcón. A pesar de que nosotros tenemos una enorme tradición en el país de talleres de cuento, hay otros espacios en los que se realiza la escritura, ¿cuáles son esos otros espacios que le llaman la atención?

Ana García Bergua. Más allá de los talleres, en cualquier lugar, en cualquier café, en donde sea uno se puede poner a escribir y compartirlo. Eso es lo importante.

Creo que muchos jóvenes que escriben —a veces uno dice por qué no se juntan— están en la misma universidad, están en el mismo salón a veces, y no se juntan a compartir lo que escriben. Finalmente esa es una gran tradición y un gran apoyo.

ÓA. Después de leer los cuentos que vienen en La tormenta hindú, uno se da cuenta que el cuento goza de muy buena salud en México, ¿es posible seguir escribiendo cuentos en nuestro país?

AGB. ¿Por qué no? Además es un género para nuestro modo de vida actual. Yo que vivo en la Ciudad de México, la gente no tiene tiempo de nada porque ocupamos nuestra vida en trasladarnos de un punto al otro. Yo creo que no hacemos otra cosa ya.

Entonces se debería de leer cuentos en los trayectos, porque para la continuidad de la novela o de un libro largo, necesita uno tiempo. El cuento se presta para esos ratitos ahora que tenemos la vida interrumpida, para leer en corto y recibir una imagen o un estímulo que te deja girando.

ÓA. ¿Le agrada la llamada twitteratura? ¿Tiene cuenta de twitter?

AGB. No tengo twitter. Llego al Facebook y con trabajos. Es una escritura muy sintética, son como poemínimos. Es todo un género. Lo respeto mucho, desde luego.

Y a veces hay cosas grandes, a veces hay mucha estupidez, con perdón. La gente escribe lo primero que le viene a la cabeza y no siempre es muy afortunado. Entonces hay de todo.

ÓA. La mayoría de textos que aparecen en La tormenta hindúson cortos pero no llegan a la minificción, ¿por qué le agradan los textos cortos sin llegar a ser minificciones?

AGB. A mí me gusta fabular. Me gusta imaginar situaciones, me gusta pensar cómo nos comportaríamos en tal o cual dilema o situación o lugar. Ese rango de páginas a mí me funciona bien cuando no es novela pero me funciona bien en el cuento.

Me siento cómoda ahí, no escribo más corto. Creo que eso está más cerca de la poesía.

ÓA. ¿Y en algún momento quiso escribir poesía?

AGB. Pues no porque mis hermanos escriben poesía. Mi hermano escribió poesía. Mi hermana es una poeta muy reconocida y le tengo mucho respeto a la poesía.

Me doy cuenta de que uno está hecho para cierto tipo de expresión y en realidad a mí me interesa la narrativa, me interesa contar cosas. A veces me gusta lograr imágenes pero siento que el trabajo de los poetas es un trabajo muy distinto. Me gusta leer poesía, me interesa mucho pero me gusta escribir narrativa. Lo prefiero. Es lo que más me divierte. Lo que más disfruto.

ÓA. ¿Está usted de acuerdo con las campañas que recomiendan leer 20 minutos al día?

AGB. No. A mí se me hace medio tonto eso. No creo que nadie pueda convertirse en lector por prescripción médica.

Creo que si un niño no ve leer a sus papás, por más 20 minutos que le lean no va a tomar el hábito de la lectura. Es como si te obliga a comer espinacas alguien que jamás come espinacas, le dices “¿por qué yo tengo que hacer eso?”

Los padres tienen que leer. Los maestros tienen que demostrar que sí leen y que sí les gusta leer y que no nada más están dando las lecturas de los programas. Es una pena que se haya convertido en una obligación algo que es tan rico y tan placentero.

ÓA. ¿Cómo seguir escribiendo cuentos cuando tenemos la inmediatez de las minificciones aunque a veces parece que le ganan terreno al cuento?

AGB. Yo creo que no, cuando la gente quiere leer cuentos busca libros de cuentos, no busca libros de minificción.

ÓA. Lauro Zavala ha desarrollado una teoría del cuento corto.

AGB. Y El cuento jíbaro de Javier Perucho. Hay toda una teoría del cuento mínimo, de la minificción. Lo que pasa es que eso antes se llamaba aforismo. Siempre estamos descubriendo el hilo negro. Digamos que es un género que ahora tiene otro nombre pero que antes se llamó fábula, pequeño relato, aforismo. Tampoco es la gran invención.

Como bien decías, como el twitter da este espacio tan limitado, la gente se pone a practicar ahí. Pero como género es un género que ya existía.

ÓA. Nos encontramos que en La bomba de San José, novela que está ambientada en los ’60, hay temas que permanecen frescos, y aunque no me gusta decir que todo tiempo por pasado fue mejor, ¿si pudiese traer algo de aquella época, qué sería?

AGB. Creo que ya lo mencionaste. Esa frescura, esa sensación de estar viviendo algo nuevo, algo distinto.

Creo que de las épocas siguientes —por más que ahora el internet sea emocionante— no siento el ambiente de renovación en el que se están descubriendo cosas, como que todo está demasiado mal. Incluso veo a los jóvenes y están preocupados por saber cómo van a sacar al buey de la barranca pero no los veo muy felices con su modernidad. Más bien están enojados con las generaciones anteriores, y con razón.

ÓA. ¿Nota un cambio de valores en los jóvenes?

AGB. Pues no. Noto el enojo. Como te decía, un enojo bastante justificado. Muchos son más serios, muy serios y creo que muchos son más responsables, incluso más que esa generación de los años 60 que era algo así como “chino libre”. Son más responsables pero a la vez una ruptura como la que se dio, quizá era necesaria.

ÓA. También noto el enojo en las nuevas generaciones pero con poca revisión histórica.

AGB. Sí eso sí, la historia les queda lejos, les queda lejos entender. Por las preguntas que me hacen, por la manera de ver, siento que les falta paciencia para meterse para leer más. Muchos sí pero en general hay mucha inmediatez, como tú dices, y eso no deja ver lo anterior.

Hay toda una teoría del cuento mínimo, de la minificción. Lo que pasa es que eso antes se llamaba aforismo. Siempre estamos descubriendo el hilo negro. Digamos que es un género que ahora tiene otro nombre pero que antes se llamó fábula, pequeño relato, aforismo. Tampoco es la gran invención.

Ahora bien, quién sabe si sólo es con los chavos de ahora. Quizá de joven yo era igual y tiene uno que retomar y entender todo lo que pasó después.

ÓA. Me quedé pensando exactamente en que quizá no sean sólo los jóvenes sino todo mundo, de repente tenemos muchos vacíos, momentos históricos que no estamos considerando. Pienso en todo lo que se le achaca a Enrique Peña Nieto —por supuesto sin defenderlo— pero también hemos olvidado el sexenio de Felipe Calderón.

AGB. Sí, pues fue el que desató toda esta masacre. Ayer leía que alguien daba los números del sexenio de Vicente Fox y parecía que vivíamos, no sé, en Jauja. Incluso los números de la violencia eran bajísimos. Y este hombre desató una cosa, la culpa de Peña Nieto es seguir profundizando.

Quizá no hubieran podido detenerlo ni regresarlo porque todas las fuerzas que se desataron son muy salvajes, muy difíciles de frenar así como así, pero tampoco han hecho mucho para arreglarlo.

Siento que quisieron aprovechar y más bien han robado ¡pero caray! con una enjundia que pocos… Piensa uno en Nerón, en esos emperadores romanos que hacían toda clase de tropelías como si el país fuera de su propiedad. Lo de Duarte en Veracruz supera. No me puedo imaginar la cantidad de dinero que ha robado ese hombre.

ÓA. En ese sentido, cuando se hacen las referencias al PRI en La bomba de San Joséparece que es un PRI a blanco y negro, no con el salvajismo con el que está actualmente.

AGB. Totalmente. Y eso que era un PRI muy salvaje. Era el PRI de Maximino Ávila Camacho y de estos seres muy siniestros y asesinos, pero estos son tan exageradamente rateros —y no me atrevo a decir que asesinos— pero sí han permitido tales grados de corrupción, tales grados de descontrol que también está involucrado el estado en muchas masacres.

Creo que han superado todas las expectativas y caricaturas que uno podía hacer del priísmo. Uno no puede reírse de ellos porque más bien dan ganas de llorar.

ÓA. Cuando llega Vicente Fox a la presidencia, los moneros que hacían El Chamuco, deciden dejar de hacer la revista en pro del clima de alternancia que se vivía en el país pero poco a poco nos dimos cuenta que no necesitaba caricaturizarse al presidente.

AGB. No, él solito se burlaba de sí mismo.

ÓA. Tomando como referencia a uno de los personajes de la novela La bomba de San José, Roberto Cortina, ¿cómo ha cambiado el papel del intelectual de aquella época al de la nuestra?

AGB. Yo concuerdo con lo que Carlos Fuentes te dijo en la entrevista que le hiciste, que te dijo que el intelectual sí había dejado de ser esa figura que tenía que decirle a la gente por dónde tirar o qué pensar.

Se ha convertido en un ciudadano, en un ser que puede opinar, pero mi opinión no es la de un experto en política ni en economía. Puede ser una opinión pero no es una opinión que define las cosas.

Yo extraño a Monsiváis porque capoteaba tan bien todos los vaivenes ideológicos y los terrenos en los que toda la intelectualidad, la academia y la opinión se movían —la izquierda o la derecha— y al final lograba acomodar una opinión o una postura que resultaba bastante centrada, a veces. A veces, no. Pero en general era “a ver qué dice Monsiváis”, y además era ingenioso. Lo extraño.

Extraño a Granados Chapa, que era un hombre muy informado, que sabía muchísimo y que podía decirte más o menos de qué iba la cosa. Ahora lo que hago para más o menos saber es leer a varios y de ahí sacar alguna muy modesta conclusión mía y lo demás pues, ¿cómo se dice?, pues rezar, porque así como están las cosas…

ÓA. En una sociedad como la nuestra en donde abundan las razones para llorar, ¿se nos ha olvidado reír?

AGB. Cada vez está más difícil. Yo que trato de reírme por salud y me salen cosas chistosas, a últimas fechas la situación lo pone muy complicado.

ÓA. Y el humor negro está presente…

AGB. Sí pero ¿cómo te vas a reír? El humor negro es reírse de la muerte y de esas cosas de las que nos reímos los mexicanos. Pero hace poco lo comenté en mi columna, lo de la fosa… bueno no es fosa, es un campo de exterminio de Coahuila: los restos de 3 mil personas, empiezas a pensar en la Alemania nazi o en otras cosas. Ya no se puede uno reír.

De esto no puede uno reírse, es más bien tratar de controlar los deseos de venganza contra los monstruos que hacen esas cosas.

ÓA. En la novela también aparecen críticas severas a través del humor, voy a citar una: “quién sabe cómo había pasado de diseñar bardas para el PRI a dictaminar asuntos estéticos en la Secretaría de Gobernación”, en la literatura mexicana parece ser que lo importante debe decirse de manera seria, ¿qué le ocurre a nuestro humor en la literatura mexicana?

AGB. Creo que hay gente que escribe con mucho humor. Enrique Serna es muy chistoso, su última novela tiene muchos rasgos de humor negro. La novela es de un político que se junta con un transexual, remueve muchas cosas y se da el gusto de burlarse.

Yo creo que a veces nos quejamos más de la falta de humor pero en realidad no leemos lo suficiente como para decir “ay, es que somos muy serios”. A estas alturas hay muchos autores jocosos. O si no jocosos sí con humor. Por ejemplo Antonio Ortuño, aunque es muy rudo de repente se suelta unos chistoretes medio golpeadores muy buenos. Rosa Beltrán, sus novelas tienen mucho humor.

ÓA. ¿Encuentra figuras críticas a través del humor o nos quedamos en el nivel del pastelazo?

AGB. No es tanto el pastelazo como el humor sexual. De repente el humor sexual puede ser chistoso pero es muy cerrado. Es muy limitado, no sale de ahí, como el albur. Un humor más ingenioso, que piense las cosas no es tan fácil.

En un número de Letras Libres en el que nos pusieron a conversar a Serna y a mí sobre el humor, yo empecé muy seria diciendo que no había humor y al final de la conversación concluimos que había bastantes escritores humorísticos en México y en la tradición mexicana literaria.

ÓA. ¿Cuáles son sus escritores satíricos favoritos?

AGB. Muchos periodistas, periodistas y escritores. A mí me gusta mucho Salvador Novo, leo con gran deleite sus crónicas. Tenía un humor muy fino, muy sardónico. Obviamente Ibargüengoitia, que además se peleaba con Novo. Es buenísimo porque los dos echaban mano de su ironía. Novo no tanto porque ya estaba convertido en una momia, pobrecito, ya andaba con peluca y era una institución. Ya se había tomado muy en serio como figura.

Ibargüengoitia lo combatía, porque eran del ámbito del teatro y llegaba una visión distinta y su humor era durísimo. Muy bueno.

A mí me interesa más el humor en el erotismo, siento que eso sí está un poco menos desarrollado. El humor es una forma de desmitificarlo un poco, de desacralizarlo. Un autor que siento que lo hace un poco es Fabio Morábito, tiene un cuento de una señora que está en una funeraria, era una desnudista… no entiende uno bien qué era esa señora pero están sus clientes sufriendo mucho… tienes que leer el cuento porque al final se ríe uno, es una risa muy mediterránea sobre el tema. Siento que comparto un poco la ligereza.

ÓA. ¿Qué hay más allá de la risa cuando termina de escribir textos como La tormenta hindú o Edificio?

AGB. Hay un precipicio aterrador que hay que ver cómo lo salva uno en el próximo libro. La continuidad de la risa. Siento que debajo de mis cosas muchas veces hay risa pero luego hay una cosa medio fuerte. Espero. Porque si no…

Queda todo eso. Ahora, por ejemplo, terminé una novela que saldrá, y creo que es un poco más seria de lo que he escrito. A ver qué piensan los lectores pero siento que a últimas fechas la risa no me está alcanzando. Me alcanza a veces en algunos relatos, pero en otros, estoy jugando con otras cosas. Qué miedo.

ÓA. Salirse de la tradición en la que se encuentra también es experimentar.

AGB. Exacto. Uno tiende a encasillarse y también uno se aburre de uno mismo. Creo que puedo jugar con un espectro de cosas, aunque tengo novelas más serias. Y eso es lo interesante.

ÓA. En las crónicas que aparecen en su columna “Y ahora paso a retirarme” de La Jornada, contienen también una tremenda dosis de humor de una realidad que nos rebasa…

AGB. Ahí cada vez menos puedo hacer chistes. Trato de hacerlo. A veces digo “por los lectores, vamos a reírnos de algo”, y a últimas fechas me cuesta un trabajo.

ÓA. ¿El periodismo está ganándole terreno a la literatura?

AGB. Creo que sí. Leemos mucho periodismo. Yo desde siempre leo muchos periódicos viejos. Soy lectora de periódicos viejos para mis novelas y para pensar cosas. Es muy interesante. Porque a últimas fechas dicen que la gente no lee pero creo que lee muchos periódicos, lee muchas columnas, como tú decías, lee muchos textos breves.

Esa velocidad le está ganando. No siempre es bueno, la gente debería leer más ensayo.

A mí la columna me gusta y ahí voy poniendo temas que me parecen interesantes o libros o cosas que veo, pero siento que no debería ganarle a la literatura.

ÓA. Héctor de Mauleón escribe su columna de lunes a jueves pero en su cuenta de twitter sube imágenes antiguas de la Ciudad de México.

AGB. Es otro nostálgico. Y Rafael Pérez Gay. Y saben un montón. He leído los libros de De Mauleón —sus crónicas de la ciudad— y son excelentes. Es muy buen escritor. Hay un cuento de él sobre su madre —en una antología que hicieron sobre la madre y que no sé por qué invitaron a puros hombres— y el cuento de De Mauleón era buenísimo. Es muy buen escritor y muy buen periodista. Lo admiro mucho.

También admiro mucho a Rafael Pérez Gay como novelista y periodista. Sí comparto con ellos el amor a la Ciudad de México, que es un amor enfermizo a un monstruo. Como La Bella y la Bestia, nosotros seríamos los bellos y la ciudad, la bestia. Y cada día uno se pone menos bello.

ÓA. Leía que se supone que sólo tienen que entrar 170 personas por cada vagón del Metro.

AGB. ¿170? Es una barbaridad, qué angustia.

ÓA. Y creo que entran más, quizá 340 por vagón. Es una relación de amor-odio que se tiene con la ciudad.

AGB. Imagínate. Yo salgo a recuperarla, a ver qué puedo recuperar. Y cada vez es menos.

Hace poco casi me desmayo porque en la esquina de Altavista habían quitado el Vips de mi juventud, y construyeron un mamotreto que además está aterrador. Es un edificio que de verdad da miedo. Fue como si me arrancaran un pedazo, dije “bueno, ya de esto no va a quedar nada”. Otros contarán otras historias.

ÓA. En Puebla aparecen gasolineras y Oxxos.

AGB. Es como acné, te salen granitos por todos lados. Cuando uno menos lo espera aparece. Es horrible. Pero prefiero que salga un Oxxo —porque si truena se convertirá en farmacia o en otra cosa— a los edificios gigantes, cambian la fisonomía y quién sabe si para bien.

Desgraciadamente los arquitectos nunca piensan en términos de planeación urbana y de que la ciudad en la que uno vive, le guste. A cada arquitecto se le ocurre su proyecto genial y lo planta donde sea y como sea. Las autoridades dan permiso. No hay un plan, no hay alguien que se imagine una ciudad y la vaya guiando.

ÓA. Hace rato que mencionaba a Monsiváis, pienso en René Avilés Fabila, recientemente fallecido, que también amaba a la ciudad, ¿qué representa para usted la Ciudad de México?

AGB. Es una relación de gran amor. Siempre he vivido ahí, nunca he vivido en otra parte. Toda mi vida está ahí. Muchas de las calles que recorro son momentos de mi vida que por ahí aparecen, es como un mapa. Entonces uno le tiene mucho amor a su ciudad, es alguien que te ha acompañado siempre.

Y el odio porque cada vez es más difícil recorrerla. Ese es el problema: cada vez se llena más de gente, de coches, de obstáculos, como si te llenaran la casa de cajas y de torres de cosas y ya no puedes circular por tu casa.

ÓA. El cuento que da título al libro La tormenta hindú, habla sobre unas formas de erotismo en edades que se vuelven tabú: el erotismo entre los abuelos, ¿qué formas de erotismo le interesan para escribir?

AGB. Me he interesado más por la comedia que el erotismo. Será que soy medio pudorosa. Me interesa más la comedia. Se toma muy en serio el erotismo, siento que ahí sí no hay risa.

La gente se pone poética y solemne, apaga la luz, saca las velas. Siento que eso es bonito, es muy interesante. Desde luego hay toda una tradición de la poesía y de la filosofía, como el Marqués de Sade.

A mí me interesa más el humor en el erotismo, siento que eso sí está un poco menos desarrollado. El humor es una forma de desmitificarlo un poco, de desacralizarlo. Un autor que siento que lo hace un poco es Fabio Morábito, tiene un cuento de una señora que está en una funeraria, era una desnudista… no entiende uno bien qué era esa señora pero están sus clientes sufriendo mucho… tienes que leer el cuento porque al final se ríe uno, es una risa muy mediterránea sobre el tema. Siento que comparto un poco la ligereza.

Yo pensaba en los nombres de las posturas del Kamasutra, y me daban mucha risa. Entonces de ahí salió lo de la tormenta hindú. Me dije que me iba a inventar unas posturas que no sabía ni cómo son, pero ya la gente se las imaginará.

ÓA. ¿Es difícil ser escritora en México?

AGB. No sé en qué términos… Ser mujer sí da susto. No una mujer de mi edad pero para las jóvenes sí me preocupo mucho. Nuestras hijas, nuestras sobrinas, las hijas de nuestros amigos. Uno vive pendiente porque por todo esto de la trata todos nos hemos vuelto mercancías y cada vez es peor. A mí eso sí me tiene muy preocupada.

En cuanto a ser escritora, creo que hemos abierto espacios, creo que tenemos muchos más espacios que antes. Aunque todavía no hacen libros de entrevistas que incluyan a mujeres y hombres —y los separan— pues ahí van.

Es un ejemplo de mercado, de cómo las mujeres tenemos nuestro propio nicho, que se va ampliando. No sé si los colegas la miran a una igual con la misma consideración profesional.

ÓA. Si pudiese, ¿qué libro le recomendaría a Enrique Peña Nieto, a Andrés Manuel López Obrador y a Rafael Moreno Valle?

AGB. ¡Ay, qué susto! A Rafael Moreno Valle no le voy proponer. No sé si él tiene que ver con la vialidad de la carretera de Puebla… Esa es mi preocupación. ¿Qué libros le recomendaría? Me lo pusiste muy difícil.

A Peña Nieto, déjame pensar… Tendría que ser algo sobre la honestidad y la imagen. Tendría que leer a los filósofos griegos, a Platón, a Sócrates, a Aristóteles. Leer La ética de Spinoza y dejar de hacerse wey. Las vueltas que le da a sus decisiones y hacerlas parecer como que él no nombra a nadie que no lo critique, que él no nombra funcionarios a modo, que él no hace esto o lo otro y que nomás lo criticamos porque qué malos somos. Eso no se llama engaño, ya tiene otros nombres un poco más fuertes. Es otro tipo de cinismo.

A López Obrador le recomendaría que se siente a leer y deje que la izquierda se conforme de una nueva manera. Siento que no está permitiendo que surjan fuerzas nuevas, que realmente unan a la gente, que está sirviendo para que todo siga igual. Él se queja de la mafia del poder pero el hecho de estar siempre como candidato, prolonga un status quo y prolonga un equilibrio de fuerzas que parece que trabaja para ellos. Que lea lo que quiera, lo que más le guste, puede escoger, que se siente y lea y que deje que se organice otra cosa.

ÓA. ¿Qué es el amor?

AGB. ¿Qué es el amor? Ay, qué miedo. Es algo muy complejo y a veces doloroso. A veces muy gozoso. Muy comprometido. Antes el amor lo veía como una cosa más ligada al enamoramiento. Es como los boleros: uno para amar tiene que sufrir, es una cosa compleja, pero que sin esa cosa nos morimos, no somos nada.

Ni modo. No tengo una definición bonita del amor. Es una friega.

***

Ana García Bergua. (Ciudad de México, 1960). Narradora. Ha ganado el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz en 2013, por su novela La bomba de San José. Ha escrito los libros de cuentos El imaginador (ERA, 1996), La confianza de los extraños (Debate, 2002), Edificio (Páginas de espuma, 2009), Otra oportunidad para el señor Balmand (Aldus, 2004), El limbo bajo la lluvia (Textofilia, 2013), La tormenta hindú y otras historias (Textofilia, 2015, con el que obtuvo el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima en 2016). Los libros de ensayos Postales desde el puerto (CONACULTA, 1997); Pie de página (Ediciones sin nombre, 2007). Y las novelas El umbral (ERA, 1993); Púrpura (Alianza, 2001); Rosas negras (Plaza y Janés, 2004); Isla de bobos (Seix Barral, 2007); La bomba de San José (ERA, 2012). Escribe su columna “Y ahora paso a retirarme” para el periódico La Jornada.

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