El combate vital para la lucidez

El combate vital para la lucidez

Martín López Calva
Pensamiento crítico
Foto tomada de PxHere

Si pudiera haber un progreso básico en el siglo XXI sería que, ni los hombres ni las mujeres siguieran siendo juguetes inconscientes de sus ideas y de sus propias mentiras. Es un deber importante de la educación armar a cada uno en el combate vital para la lucidez.

Edgar Morin. Los Siete saberes necesarios para la Educación del futuro, p. 13.

 

Con esta entrega reanudamos la publicación de la columna Educación personalizante que se publica cada semana en Lado B desde su fundación. Agradezco a Ernesto Aroche y a Mely Arellano este espacio que me brindan para seguir encontrándome cada miércoles con los lectores y poder compartir mis reflexiones sobre diversos temas relacionados con el quehacer educativo desde una mirada humanista compleja. Deseo a todos ustedes un año 2019 lleno de realizaciones personales, familiares, laborales y sociales.

Las primeras semanas del nuevo gobierno y el estado de polarización creciente en el que se encuentra la sociedad mexicana hacen surgir el tema de esta semana. Mismo que responde a uno de los elementos que de diversas formas he abordado aquí, dada su urgencia para construir una educación que contribuya a la transformación social desde la formación de ciudadanos capaces de construir un debate púbico de altura. Se trata del desarrollo del pensamiento crítico.

“Unos ven desabasto en lo que otros vemos combate a la corrupción. Cada quien su nivel de amor a la patria”. Esta sentencia tomada, según entiendo, de un tuit de la diputada morenista Tatiana Clouthier se ha hecho viral en las redes sociales durante los últimos días de la crisis por falta de gasolina, atribuida por el gobierno federal a una estrategia radical de combate al robo de combustible que ha sido uno de los problemas más graves en los últimos años en amplias zonas de nuestro país.

Traigo esto a colación porque resulta un ejemplo muy claro del tipo de pensamiento que parece dominar hoy el debate público en nuestro país, tanto entre los actores políticos como entre periodistas y ciudadanos en los medios de comunicación y redes sociales.

Se trata de un pensamiento que Edgar Morin, padre del pensamiento complejo, llamaría simplificador, porque su estructura funciona a partir de disyunciones en las que se oponen dos términos que se ven como excluyentes.

Desde el punto de vista de su contenido y connotación moral, se trata de un pensamiento de corte maniqueísta, de acuerdo a la segunda acepción en la que se define este término en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: “Tendencia a reducir la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo”.

En efecto, el tuit –que se pone como ejemplo por su amplísimo nivel de circulación en las redes sociales en la última semana– tiene estas dos características. Es simplificador porque establece una –falsa– disyuntiva que opone el combate a la corrupción –en este caso la que se relaciona con el huachicoleo o robo de combustible– al desabasto de gasolina que se ha padecido en los primeros días del año en una amplia región del país, incluyendo ya a la Ciudad de México. Es maniqueísta porque implica en su mensaje que todos los ciudadanos que critican o se quejan del desabasto de combustible tienen un nivel inferior de amor a la patria respecto a aquellos que no se quejan porque piensan que el sacrificio social de no contar con gasolina para las diversas actividades económicas vale la pena ya que se debe a una estrategia que va a terminar con el robo de combustible.

Desde un pensamiento crítico que asume la complejidad y evita las disyunciones excluyentes para así pensar en términos de conjunción de factores diversos o incluso contradictorios, es bastante claro que en el asunto de la crisis de la gasolina –con la que iniciamos el año– no es excluyente el hecho de que se esté intentando combatir la corrupción y el delito, con el hecho de que existe un desabasto de gasolina provocado por el cierre de ductos que se eligió como una de las acciones principales dentro de esta estrategia para evitar el robo.

Un pensamiento crítico auténtico generaría preguntas que cuestionaran esta afirmación: ¿El hecho de ver el desabasto implica que no se puede ver el combate a la corrupción? ¿Todos los que ven el combate a la corrupción deben cerrar los ojos y negar que existe desabasto? ¿Todos los que expresan críticas por el desabasto están por ello de acuerdo con la corrupción?

Una mirada crítica a este problema trataría también  de no caer en el vicio de la sobregeneralización y en el de la descalificación personal a partir de una visión maniqueísta. Nada más lejano del pensamiento crítico que la visión dualista en blanco y negro de la realidad, puesto que un rasgo fundamental de este tipo de pensamiento es la búsqueda de matices en todas las realidades que se busca conocer.

¿Solamente existen en el país dos tipos de personas: los buenos que aplauden el combate a la corrupción y niegan o minimizan el desabasto, y los malos que critican el desabasto y por ello están de acuerdo con que continúe la corrupción? ¿Todas las personas que protestan por el desabasto no aman a la patria? ¿Solamente las personas que apoyan ciegamente las medidas del gobierno para combatir la corrupción aman a México?

Desafortunadamente, no se trata de una afirmación excepcional sino de una regla que parece generalizarse y normar el pensamiento de millones de personas. Existen muchísimas expresiones más en las que se plantean disyuntivas similares: o se apoya incondicionalmente todo lo que el gobierno proponga y haga o se es “prianista”, “derechairo”, etc. O se cuestiona todo lo que el gobierno propone y hace o se es “pejezombie” o “AMLOVER”. O se afirma que todo lo que se hizo en gobiernos anteriores es corrupto, neoliberal y perverso o se es reaccionario y derechista. O se defiende todo lo que se hizo en gobiernos anteriores o se es populista y demagogo.

La inteligencia parcelada, compartimentada, mecanicista, disyuntiva, reduccionista, rompe lo complejo del mundo en fragmentos separados, fracciona los problemas, separa lo que está unido, unidimensionaliza lo multidimensional. Es una inteligencia miope que termina normalmente por enceguecerse. Destruye desde el óvulo las posibilidades de comprensión y de reflexión; reduce las oportunidades de un juicio correctivo o de una visión a largo plazo.

Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la Educación del futuro, p.18.

Ésta triste y autodestructiva situación en la que se encuentra la discusión –o mejor dicho, la pelea– pública en la que parece imposible construir un verdadero debate racional y democrático refleja la prevalencia de lo que Morin llama la inteligencia parcelada, compartimentada, disyuntiva y reduccionista, que separa lo que está unido y unidimensionaliza lo multidimensional. Por todo ello, como plantea la frase anterior, se mata de entrada la posibilidad de construir comprensión y reflexión, reduciendo así las posibilidades de que existan juicios correctivos y una visión de mediano y largo plazo que pueda contribuir a la mejora del país.

El dominio de esta inteligencia miope que tiende a cegarnos como sociedad plantea el enorme reto educativo de formar a los futuros ciudadanos para el combate vital por la lucidez que los libere de la esclavitud a las que los someten sus propias ideas y sus propias mentiras, o las mentiras de los políticos, líderes de opinión, medios de comunicación y redes sociales.

Este sería, como afirma Morin en el epígrafe de hoy, un progreso básico en la educación de nuestro siglo. Ojalá los educadores caigamos en la cuenta de este enorme desafío y tratemos de educar a nuestros estudiantes en un pensamiento crítico que supere las disyunciones y reduccionismos, para de esta manera abrirlos a la complejidad de la realidad. Lograrlo requeriría empezar a trabajar en nuestro propio pensamiento simplificador y maniqueísta para abrirnos al desarrollo de un verdadero pensamiento complejo.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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