Marielo Polo

Tatiana Huezo, Tempestad, México, 2016.

¿Cómo se reconstruye un ser roto? “Voy a empezar de ahí, de donde me quedé, como si esto hubiera sido una pausa, un sueño”, dice Miriam Carbajal antes de darse cuenta de que no es posible, el resto del mundo no te espera, hay que comenzar otra vez. Para ella, el comienzo es un viaje: dos mil doscientos ochenta y dos kilómetros de Matamoros a Cancún. Miriam trabajaba para el Instituto Nacional de Migración en el aeropuerto de Cancún. Ella y varios compañeros fueron requeridos en la Ciudad de México; al aterrizar los esperaban decenas de policías y periodistas. Noticia nacional: la acusaron de delincuencia organizada y tráfico de personas y la trasladaron a una cárcel en Matamoros, Tamaulipas.

Tempestad entrelaza dos historias: la primera y principal es la de Miriam. La cinta obtuvo decenas de premios y fue la apuesta mexicana para competir en los premios Oscar y Goya. Su dirección y fotografía fueron ampliamente elogiadas y su alcance mediático se vio beneficiado por la gran década que ha tenido el documentalismo. Esto va desde lo hecho por Netflix con series como Making a Murderer o The Keepers, hasta festivales como DocsMX y la Gira de Documentales Ambulante. La demanda del género va en aumento, el documentalismo se ha convertido en la herramienta para hablar de los problemas del país y la mayoría retrata la ola de violencia de la última década. Títulos como La libertad del diablo (2017), de Everardo González, Hasta los dientes (2018), de Alberto Arnaut y El hombre que vio demasiado (2015), de Trisha Ziff, son referentes de una generación de cineastas que ofrecen una alternativa necesaria en México.

Fotograma de Tempestad que muestra a Adela Alvarado lista para presentarse ante el público. / Fuente: Pimienta Films.

Miriam llegó a un lugar sin ley. En la prisión, controlada por un cártel, la vida es un negocio y la tortura va por turnos. Había que pagar semanalmente por protección. Adaptarse. Ceder. La violencia y la muerte como telón de fondo. Su abogado de oficio le dijo que su caso era político y que era una pagadora, “gente que paga delitos por otros”. Miriam sabía que en algún momento su familia se quedaría sin dinero para protegerla y también sabía lo que implicaría no pagar. Siete meses de miedo y desasosiego hasta su liberación. No había pruebas en su contra, nunca las hubo.

La segunda historia es narrada por Adela Alvarado: trabaja en un circo y su hija, Mónica Ramírez Alvarado, desapareció camino a la universidad. Más de una década después sigue buscándola. Su testimonio ocupa menos tiempo en pantalla, pero no pierde fuerza ni dignidad. Para Miriam existe un momento que marca el fin de su tortura; en cambio, Adela no tiene ni eso: narra desde la incertidumbre, desde la resiliencia. Su hija fue entregada a una red de trata de personas, hay autoridades implicadas; tuvo que dejar su casa por seguridad. Continúa trabajando en el circo y espera el regreso de Mónica. La narración de Miriam da su estructura y leitmotiv de la película: el viaje. Subordina la otra historia, no así la otra voz. Adela no va de un lugar a otro: sale a cuadro, pero la narración gira en torno al circo, no hay a dónde avanzar. La secuencia de Adela maquillándose para dar función mientras desliza que “la muerte ya no es algo que [le] preocupe”, es desgarradora, por decir lo menos.

Durante casi dos horas no vemos la cara de Miriam pero escuchamos su voz y recorremos su viaje. Los encuadres muestran carreteras inclementes, primeros planos de rostros anónimos, cansados. Un México bellísimo, aunque muy diferente al que promueve la Sectur: el país de Tempestad es lluvioso, lleno de niebla y de retenes militares, con policías y soldados dondequiera que voltees. Es el país de muchos mexicanos y, al mismo tiempo, un mundo nuevo para otros. La voz en off, presente en ambas historias, guía al espectador para aquilatar la complejidad del viaje retratado, no son simplemente horas que podrían pasarse durmiendo en un ADO. Lo que Miriam y Adela cuentan son historias de abuso y brutalidad que no requieren de imágenes de violencia explícita. Sentimos el temor, la tristeza y la impotencia de las protagonistas; sus voces son lo suficientemente poderosas para estremecer a quien las escuche.

Huezo se concentra en recrear el viaje de regreso a casa de Miriam Carbajal. / Fuente: Pimienta Films.
En ocasiones la cámara encuadra a mujeres anónimas que remiten a Miriam Carbajal. / Fuente: Pimienta Films.

Una cosa es lo que se vive, otra lo que vemos en pantallas. El cine y la televisión están saturados de narrativas violentas: las balaceras “aquí a la vuelta” o en la narcoserie de preferencia. La crueldad en los medios audiovisuales no asombra si se está a un clic del “Blog del narco”. Se escriben y producen contenidos sobre criminales, el tema monopoliza las ficciones. La discusión, en este caso, no gira sobre los efectos que pueda causar en su público. Lo relevante es que la violencia explícita, más que asustar, vende. La ficción acaparó el mercado de los tiroteos y la sangre: los victimarios carismáticos que merecen nuestra simpatía porque se chingan a las autoridades. Los documentales, en cambio, se quedan con las historias que ignoramos: les dan voz a quienes no son solo una cifra más. Esta función no es exclusiva del cine documental, pero éste se ha presentado como la opción más viable para plasmar los testimonios de las víctimas. Es algo difícil de lograr porque implica que el director ceda una parte de la autoría del largometraje: su estética sirve a la historia, se construye alrededor de la misma. Huezo convierte a su obra en un instrumento para Adela y Miriam, no viceversa.  

La mayor parte de las producciones televisivas y cinematográficas en torno al narcotráfico son versiones fantasiosas de la realidad; esa es la cara de la violencia que ven quienes no la viven. Una experiencia voyerista, morbosa. Y al otro extremo, la pornomiseria. Las personas violentadas no experimentan ningún tipo de anagnórisis: su tragedia nunca fue un enfrentamiento coreografiado con el fin de entretener, no fue ni es estética ni glamorosa. Tampoco existe para producir lágrimas y pena en espectadores conscientes o no de sus privilegios. Cineastas como Huezo trabajan con otras historias, en otras latitudes, encuentran una veta autoral que de otra manera quedaría oculta en otra comedia romántica ambientada en la Condesa. Sus intereses son otros. El cine de las multisalas se limita a las fórmulas conocidas y probadas: al público lo que pide.  El cine documental y sus espectadores buscan historias diferentes que, por el momento, no tienen cabida en las formas de exhibición comercial de la actualidad.  

Tempestad es un desarrollo lógico en la filmografía de Huezo. La dignificación de las víctimas es casi una obsesión en su trabajo. Su ópera prima, El lugar más pequeño (2011), recopila los testimonios de familias víctimas de la Guerra Civil de El Salvador, marcadas por la violencia y en busca de reconciliar lo que pasó con su presente. El rencor no se ha disipado, ni ahí ni en la voz de Miriam. Vemos a muchas mujeres cansadas del viaje, nerviosas ante los policías en los retenes. Cualquiera podría ser Miriam: su situación no es excepcional. Pero existen matices: las mayores víctimas de la impunidad del país corresponden a un sector vulnerado y marginado. Es una mayoría muda y Tempestad elige ser su voz. La violencia y la impunidad son circunstancias que se asumen: la razón del encarcelamiento de una mujer inocente es tan simple como “pos alguien tiene que pagar”. Lo que se cuestiona es el efecto de esta situación en un individuo: “¿Qué significa la impunidad y el miedo? —se pregunta la directora en una entrevista con Cristina Venegas— ¿qué nos hereda como personas?”

La acción de testimoniar no sirve solo para que el resto nos enteremos de una historia. Mediante su particularidad se les dan voces y rostros a las cifras. Necesitamos esos testimonios, casi tanto como las víctimas necesitan expresarlos: que se reconozca su sufrimiento. Miriam se cuestiona: “¿Así de fácil me voy a mi casa, con todos los muertos, con todo el dolor?” Como sociedad tenemos una deuda con las víctimas: que se hable del tema. Que no se archive. No se puede cambiar una situación que se desconoce. Los testimonios de un documental como Tempestad visibilizan, narran una pesadilla de la forma más discreta posible, la hermosura de las tomas crea un contraste terrorífico: el viento que llega a las costas del Golfo de México es violento y los habitantes responden indiferentes. El documentalismo de los últimos años ya no es cine de cabezas parlantes, la forma también dice algo: no es necesario revictimizar, mostrar hasta el último detalle escabroso. Así es como puede hablarse de violencia en un país lleno de muertos, lleno de desaparecidos. Se centra la atención en las víctimas. Huezo se enfoca en mostrar el paisaje, en escenas muy concretas que se subyugan a las voces de sus dos protagonistas, hace que el espectador se concentre en escuchar.

Cartel de Tempestad. / Fuente: Pimienta Films.

Es justo mediante testimonios que quienes no viven esta realidad de forma directa acaso logren asimilar la idea de que, luego de tanta crueldad, los afectados no se pueden permitir que el daño corrompa más aspectos de su vida. En México la revictimización es más común que la justicia. “Uno de los recursos más grandes que tienen es el miedo”, dice Miriam, y quizá la mejor manera de combatirlo es hablando al respecto. El documental no pretende universalizar el sufrimiento, destaca las singularidades de cada testimonio: al materializar al narrador, pasa de ser una historia a ser la historia de alguien. No es necesario que nos identifiquemos, basta que la reconozcamos como una posibilidad válida, existente.

La historia de Adela y su hija Mónica es dolorosísima, pero ambas, con todo, son más que ese dolor. Vemos a Adela vivir a pesar de la violencia. La prioridad es difundir una situación que, con sus pequeñas variantes, afecta a muchos mexicanos y así sensibilizar y replantear la forma en que se representa y difunde la violencia. Ni Miriam ni Adela son protagonistas convencionales, la justicia aún no ha llegado, no obtienen ni siquiera un consuelo. Pero permanecen, mantienen una vida al margen, mantienen la tempestad de este país a raya.

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Klastos es un suplemento de investigación y crítica cultural en Puebla publicado en colaboración con Lado B. CONSEJO EDITORIAL: Mely Arellano | Ernesto Aroche | Emilia Ismael | Alberto López Cuenca | Gabriela Méndez Cota | Leandro Rodríguez | Gabriel Wolfson. COMITÉ DE REDACCIÓN Renato Bermúdez | Alma Cardoso | Alberto López Cuenca | Tania Valdovinos. Email: revistaklastos@gmail.com

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