La peor parte del morenovallismo

La peor parte del morenovallismo

La cabeza del morenovallismo
Foto: Es Imagen | Archivo Lado B
Juan Manuel Mecinas

@jmmecinas

Si la primera parte del gobierno de Rafael Moreno Valle fue llena de anuncios, acciones y obras que escondían su talante autoritario –hasta que su imagen voló por los cielos con Chalchihuapan -, y si el gobierno de Tony Gali fue de transición y de una encomienda (conservar el poder a costa de lo que fuera), estamos por presenciar la tercera parte de una obra que por su larga duración y por sus actores no promete nada bueno.

Fue desolador ver a Martha Erika protestar el cargo de gobernadora frente a un Poder Judicial que responde a su marido. Si se hubieran reunido en algún restaurante de la ciudad, en una de esas comilonas que tanto disfrutan, los efectos hubieran sido similares, porque la protesta del cargo fue deslucida, en un cuarto oscuro, con jueces sin autonomía, con comparsas y bufones que sonríen de forma tímida ante la mirada de la reina.

El grupo que encabeza (es un decir) Martha Erika Alonso parece no conocer la importancia de los rituales en la política. Después de la resolución del Tribunal Electoral, que Alonso interactuara con el Congreso era vital para efectos de imagen. Que protestara ante el Judicial da la señal que está huyendo y que la guarida que encuentra es la de Alí Babá. Que el Judicial sea el resquicio de Alonso de Moreno Valle habla de una falta de política, de negociación, de trabajo a ras de suelo. Si había logrado que el Tribunal Electoral le diera la razón, ¿por qué no buscar que el Congreso, de mayoría morenista, fuera el que cerrara las puertas, y no que Martha Erika saliera huyendo aún sin haber tocado el timbre para entrar al recinto legislativo?

La primera batalla, la que tiene que ver con la percepción, la ha perdido Martha Erika. Parece que huye y que tiene miedo. El enorme dispositivo policiaco que se desplegó para su primer evento en el Auditorio de la Reforma con barricadas y una custodia policiaca inusual, es propio de una protesta de foros mundiales, no de un discurso de bienvenida de la primera gobernadora de Puebla. Además, los asistentes confirman que las cosas seguirán igual que cuando su marido gobernó. Martha Erika no ha logrado tejer círculos nuevos que ofrezcan nuevos programas y que impulsen nuevos proyectos que transformen a Puebla en los tres grandes pendientes (nunca resueltos y siempre agravados) del morenovallismo: pobreza, inseguridad y política social.

El grupo en el poder, ahora con rostro de mujer, insistirá en la única fórmula que conoce:  la construcción de obras de hormigón. Seguirán pavimentando calles, pero no construirán instituciones democráticas. Después de la elección de julio ese tendría que ser el tema primordial para Alonso y su equipo. La sentencia del Tribunal Electoral avaló su triunfó, pero de ninguna forma avaló la actuación de las instituciones estatales en la elección de julio. El fortalecimiento de instituciones tendría que ser la tónica de un gobierno que comienza con un desprestigio mayúsculo, pero también con la ventaja de que los reflectores están mucho más enfocados al ámbito nacional que al ámbito estatal. Martha Erika puede lograr casi lo que quiera, siempre que sus proyectos no tengan que ser aprobados por el Congreso, aunque también se corre el riesgo de que sea un gobierno de inacción.

Martha se equivoca si cree que el gabinete que eligió podrá transformar democráticamente el Estado. A guisa de ejemplo, una persona con el desprestigio de Rodríguez Almeida, el nuevo Secretario de Gobierno en la entidad, no puede reconstruir lo que no sabe que debe reconstruir y no tiene la intención de hacerlo. Rodríguez Almeida es un duro con un historial de dudoso respeto a la disidencia, y ponerlo al frente de la política interna del Estado significa que el morenovallismo sigue teniendo pendiente la conformación de un grupo que pueda gobernar con éxito en lo estatal, fortaleciendo instituciones, además de ser exitoso en lo nacional. La fórmula del morenovallismo de “mano dura” en lo estatal y reflectores en lo nacional, es una ecuación que a nada llevó a Rafael Moreno Valle en su intento por ser Presidente de la República, lo que en gran parte se debe a sus errantes estrategas Cortázar y Almaguer, pero también a que sus intereses son oscuros. Rodríguez Almeida lo demuestra.

El morenovallismo tendría que replantear el rumbo, y replantear su rumbo: no es nada seguro que el barco en el que se ha subido llegue a buen puerto, lo que para ellos significa repetir democráticamente (ese es el gran pendiente) en el Estado en 2024 y participar por los puestos importantes en la elección federal en la que se vuelva a elegir a un Presidente –el objetivo de Rafael, al menos desde que fue Presidente de la CONAGO -. El morenovallismo está desgastado, deslegitimado y sin una agenda que le permita poner a la entidad en el mapa político y que permita a Rafael mostrarse como oposición clara al gobierno de López Obrador.

Rafael quiere volverse un interlocutor válido en el PAN y necesita la venia de López Obrador. Sin esa bendición, el poblano no crecerá y sus aspiraciones presidenciales se verán por los suelos más pronto que tarde. En ese juego morenovallista, la actual gobernadora es una pieza más: insignificante, triste, solitaria.

La lucha es, pues, por intereses.

Que a nadie espante.

Es política.

Siempre ha sido política.

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