La final en lo que todo podía malir sal

La final en lo que todo podía malir sal

Emilio Coca

@cocabron

Argentina quiso demostrar en 180 minutos, en dos sábados futboleros, que estaba listo para albergar la cumbre del G-20; que estaban preparados para la visita de los grandes dirigentes mundiales (Donald Trump, Xi Jinping, Vladimir Putin, entre otros) y así darle a su país un realce internacional. De igual forma, quiso sorprender al Presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para que el Mundial de 2030, el centenario de las Copas del Mundo, suceda en uno de los países más apasionados del fútbol pero, tras la final fallida, la única imagen que dejó el país sudamericano fue de vergüenza.

Foto tomada de Wikipedia

River Plate contra Boca Juniors, gallinas contra bosteros, enemigos, rivales a muerte, hermanos de una ciudad, protagonistas de uno de los clásicos más apasionados y, quizá, uno de los más sobrevalorados: no por la prensa internacional, sino por la prensa argentina. Esa que vende al fútbol de su país remarcando la pasión en cada hincha, diciendo “esto es Argentina”, un país donde las porras visitantes no pueden asistir al estadio y los partidos más importantes de su historia tuvieron que postergarse por un estadio incapaz de tener un sistema de drenaje decente o una lona que protegiera el campo; después por el cáncer de todo el futbol, las barras bravas, las porras, las torcidas, los tifosis.

“Te alentaré hasta la muerte, te alentaré donde sea. Lo único que quiero es ver a River campeon, y quemar la bombonera.”

Esta vez fue la final de la Copa Libertadores, el torneo de clubes más importante en Sudamérica, un partido que llenaba de ilusión a todo aficionado ya que, tanto Boca como River, forman parte de la historia de este deporte. Era la final soñada, el Madrid-Barca, Milán-Inter, Flamengo-Fluminense, Brasil-Argentina, un clásico de clásicos. Pero sólo había una preocupación, estos grupos de personas violentas, quienes han ocasionado muertes, saqueos, así como incidentes dentro y fuera de los estadios.

Pero nada de eso iba a opacar un evento tan grande, denominado por algunos canales de televisión como “la final del mundo”, algo equiparable a una final del Mundial. Incluso el Presidente de la República Argentina, Mauricio Macri, declaró que en estos partidos se permitiría el acceso a las porras visitantes, algo prohibido desde hace cinco años.

“Lo que vamos a vivir los argentinos en unas semanas es una final histórica”, publicó el presidente en su cuenta de Twitter. “También una oportunidad de demostrar madurez y que estamos cambiando, que se puede jugar en paz. Le pedí a la Ministra de Seguridad que trabaje con la Ciudad para que el público visitante pueda ir”.

Sin embargo, como señala el periodista deportivo Pablo Ledjer, “los directivos no quieren público visitante. Ni las autoridades ni los clubes más grandes. Están muy cómodos jugando solamente con público local. Los operativos son menores, las salidas del público más sencillas y la capacidad del estadio es más abultada”.

Y es que si Boca iba a River, una tribuna donde entran más de cinco mil socios de River por partido, quedaría inhabilitada para ello y solo podrían ir entre 3,500 y 4,000 hinchas de Boca (contando los pulmones de la policía), por lo que el club perdería espacio, y esas personas serían en su gran mayoría barras.

Pero al final, el fútbol argentino es un reflejo de su máxima estrella: Diego Armando Maradona, jugador que metió un gol con la mano, que pintó dedo ante las cámaras de televisión en el Mundial de Rusia, que mostró una imagen deplorable por dar positivo en dopaje y que, sin embargo, se atrevió a decir en su despedida que “la pelota no se mancha”. Porque intenta predicar la pasión al balón, a los jugadores, a los estadios, pero por dentro pudre al fútbol con actos vandálicos, patrocinando barras relacionados al narcotráfico o a los grupos de poder.

Por ejemplo, como señala el diario El País, Mauricio Macri, actual Presidente de la Nación Argentina, antes de llegar al poder fue presidente de Boca Juniors. Quien lo sucedió en ese cargo fue Daniel Angelici, empresario de juegos de azar que controla a los funcionarios del área de seguridad de la ciudad de la capital. Por lo que, cada vez que la barra brava de Boca tiene un problema, él lo resuelve: creando grupos que controlan barrios enteros, donde trabajan para políticos, sindicalistas, e incluso, entre sus integrantes, hay gente que estuvo presa por homicidio.

Mientras tanto, en la casa del líder de la Barra Los Borrachos del Tablón de River, Caverna Godoy, fueron encontradas 500 entradas y 7 millones de pesos argentinos ($4,033,231.15 mdp). Ha sido denunciado por el periodista Pablo Carrozza por tener una máquina impresora de tickets paralelos a los de la institución para las entradas al estadio. Creando la hipótesis de que los Borrachos cobraron venganza con el ataque al autobús.

Aún con todo esto, y que en días anteriores durante un partido de segunda división la policía debió huir cuando la barra brava del local All Boys intentó entrar al vestuario de los jugadores visitantes para golpearlos, el partido prometía. Era un show mediático impresionante, incluso Carmen Aristegui le dio un espacio a la final. Pudo ser un acto que cambiara la visión del fútbol argentino, que reviviera la imagen de una liga violenta y una afición fanatizada.

Pero todo terminó como se esperaba, con una afición apedreando el camión del visitante, Boca Juniors, cancelando el partido por jugadores lesionados y con dos Presidentes de clubes peleándose por sus intereses: uno queriendo ganar la Copa sin jugar el partido y otro buscando la forma de escudarse ante las fallas de seguridad; con el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires admitiendo que el dispositivo policial falló, y la renuncia del ministro de seguridad bonaerense Martín Ocampo y una Confederación Sudamericana de Fútbol (CONMEBOL) que busca la forma de que esa final se juegue donde sea, pero lejos de Argentina.

Al final no sólo se manchó la pelota, también dos clubes, una ciudad, un país. Una final pasó de ser “la final del mundo” a una, como señaló el diario Olé, “vergüenza mundial”, aunque ya sabíamos que eso pasaría.

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