La educación y el mito de la felicidad

La educación y el mito de la felicidad

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Foto tomada de El País
Martín López Calva

La felicidad no es una meta… es un subproducto de una vida bien vivida

Eleanor Roosevelt

Vivimos en un tiempo en el que la búsqueda de la felicidad se ha vuelto una auténtica obsesión. Como en una especie de movimiento pendular producido por la reacción natural ante un pasado en el que el deber se imponía como la obligación central de la vida y el sufrimiento como el camino irrenunciable para cumplirlo, nuestra época se ha rebelado contra toda obligación impuesta desde el exterior y ha entronizado a la felicidad como el único deber de las personas.

Pero como todo deber, la búsqueda de la felicidad parece estar esclavizando a los seres humanos de este siglo, volviéndose una nueva dictadura que impide construir una vida plena y con sentido.

Desde mi punto de vista, esto se debe fundamentalmente a dos factores. En primer lugar, a la confusión de origen que plantea la felicidad como meta a alcanzar y no como el resultado de una vida bien vivida; como un deber al cual subordinar la existencia y no como un producto de ella cuando se construye con inteligencia, racionalidad y responsabilidad genuinas.

En segundo lugar, a la definición errónea de la felicidad como la ausencia de sufrimiento; la inexistencia de problemas o conflictos; la no necesidad de esfuerzo o disciplina, producto de la sociedad de consumo en que vivimos, que postula como ideales de vida el confort, la comodidad y la abundancia.

Este mito de la felicidad como meta única y exclusiva de la vida, que se entiende como la necesidad de evitar a toda costa el dolor, los problemas y las crisis, ha derivado en un vacío existencial a nivel individual, y en una profunda insensibilidad hacia los demás en la dimensión social y planetaria. Ya que la persona que busca obsesivamente la felicidad, así entendida, tiende tanto a aislarse de la realidad que la rodea para evadir el sufrimiento como a poner la propia tranquilidad por encima de cualquier necesidad personal profunda y de toda interpelación de los demás para ser reconocidos y amados.

Como afirmo en mi libro Educación humanista: la educación produce la sociedad que la produce, por lo que la escuela y la universidad no están exentas de esta dictadura de la felicidad que caracteriza a la sociedad del mundo en crisis, cambio y globalización en que se encuentra el ser humano de este inicio del siglo veintiuno.

De manera que, así como la sociedad se rebeló contra la vida marcada por el deber impuesto desde fuera y el sacrificio como forma aceptada de vivir correctamente, para entronizar la búsqueda de la felicidad individual como el nuevo deber para orientar la vida, la escuela ha vivido su propio movimiento pendular en el mismo sentido, dejando atrás la visión autoritaria, disciplinante y rígida de la formación de los niños y adolescentes. Esto para postular la idea de una escuela democrática, flexible y promotora de la felicidad de los educandos.

Desde luego, es positivo el cambio que va poco a poco desechando la idea de una educación en la que, como dice la frase emblemática de la escuela tradicionalista, “la letra con sangre entra”. Con el propósito de buscar nuevas maneras de formar desde una visión que ponga en el centro al estudiante mirándolo como un sujeto de derechos, con una dignidad que debe respetarse y con una libertad que se tiene que reconocer y educar.

Sin embargo, un problema de esta evolución de la concepción de la educación se encuentra precisamente en el mito de la felicidad individual como meta central de la existencia y de la concepción de felicidad como ausencia de problemas, sufrimientos y esfuerzo.

Porque la escuela dejó de ser un espacio amenazante que producía temor y reclamaba obediencia ciega de los estudiantes. Progresivamente se fue convirtiendo en un lugar en el que los educadores –profesores, orientadores, directores– tienen la obligación de hacer felices a sus alumnos, entendiendo por felicidad esta ausencia de contrariedades y exigencias.

El mito de la felicidad va produciendo entonces una escuela light, baja en exigencia y disciplina, con dosis escasas de esfuerzo. Una escuela “bajo demanda” no de los intereses genuinos de aprendizaje y crecimiento de los alumnos sino de sus deseos espontáneos y su aversión al trabajo arduo y consistente.

Cualquier intento de romper esta dinámica que impone la dictadura de la felicidad puede ser visto por los alumnos, por los padres de familia y por la comunidad como un exceso autoritario que atenta contra los derechos de los niños y pone en riesgo su felicidad presente y futura. Por lo que, paradójicamente, las instituciones educativas que se pliegan a esta dictadura terminan por incapacitar a las nuevas generaciones en la búsqueda de un proyecto auténtico de felicidad, es decir, para trabajar en una vida bien vivida que pueda hacerlos felices.

Porque educar para la auténtica felicidad es formar personas que tengan los pies bien puestos en la realidad y la mirada claramente enfocada en la vida con sus luces y sombras, con sus momentos de alegría y de dolor, con sus regalos y sus problemas. Educar para la felicidad implica formar personas que sepan que habrá momentos en que se sentirán solos o perdidos; en que la gente les dirá que la vida no tiene sentido, pero que a pesar de ello sean capaces de seguir caminando y de mantener su compromiso vital, recordando lo que la escuela y sus profesores escribieron para ellos y con ellos un día, tal como dicen las Palabras para Julia del poeta Goytisolo:

Te sentirás acorralada 
te sentirás perdida o sola 
tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán 
que la vida no tiene objeto 
que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate 
de lo que un día yo escribí 
pensando en ti como ahora pienso

José Agustín Goytisolo. Palabras para Julia.

Como sigue diciendo el poeta, educar para la felicidad significa desarrollar en los alumnos la conciencia que les recuerde siempre: “Tu destino está en los demás/
tu futuro es tu propia vida/ tu dignidad es la de todos”, porque no hay felicidad sin la apertura a los otros para la fraternidad, la amistad y el amor, aunque esto implique también esfuerzo y dolor. Si queremos educar personas capaces de ser felices debemos capacitar para vivir con y para los demás, ya que son también quienes nos van a ayudar a mantener nuestra búsqueda en los momentos de conflicto y desmoralización. Por eso debemos decir a cada alumno como el poeta dice a Julia, que recuerden siempre que “Otros esperan que resistas/ que les ayude tu alegría/ tu canción entre sus canciones”.

Educar para la felicidad, más allá del mito de la felicidad, implica precisamente que los educadores y las instituciones educativas sean capaces de regenerar la visión dominante en la sociedad para salir de esta dictadura que está generando el vacío y la falta de solidaridad que dominan hoy nuestro panorama.

La educación para la auténtica felicidad implica el compromiso ético de educar para construir una buena vida humana en el mundo real y en la vida tal como es, diciendo con nuestras acciones y con el trabajo consistente, y disciplinado del día a día en las aulas, a cada uno de nuestros estudiantes lo que el poeta dice a Julia:

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás
cómo a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso

José Agustín Goytisolo. Palabras para Julia.

*Foto de portada tomada de CryBytes

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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  1. […] de abrirse al otro y tratar de reconocer al otro, reconocernos en el otro, ante el embate de ese mito de la felicidad entendida como la realización sin límites de los propios deseos y el logro a cualquier precio de […]

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