Evaluadores, no evaluados

Evaluadores, no evaluados

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Foto tomada de Yucatán al Instante
Lic. Mariana Solana Filloy

¿Los profesores sabemos ser evaluados? Una de las principales responsabilidades de un profesor al enfrentarse a la planeación de un curso es tomar decisiones acerca de qué, cómo y cuándo evaluará el desempeño y aprendizaje de sus alumnos. Por mucho tiempo este tema ha aparecido en el discurso como una “pata flaca” de las competencias docentes en general; se ha hablado de las pocas herramientas con las que se cuenta para evaluar de manera congruente, realmente valorando el desempeño y desarrollo de competencias, no sólo la capacidad memorística de los estudiantes.

Si bien es un tema discutible y, sobre todo, abordable desde la formación inicial y continua de los docentes, en este espacio pretendo enfocarme en otra competencia docente, a mi parecer esencial: ser evaluados. Es un tema que ha estado presente en los medios y discursos de políticos, profesores y líderes sindicales; sin embargo, me parece importante ir más allá de estos discursos. Parece haber una resistencia a la evaluación externa, no obstante, en mi trabajo cotidiano he encontrado que, al aplicar autoevaluaciones como parte de un nuevo modelo de evaluación del proceso de enseñanza –aprendizaje en profesores de posgrado–, la resistencia también ha estado presente. Pareciera que a los docentes no nos gusta ser evaluados por otros, pero tampoco nos gusta evaluarnos a nosotros mismos.

No es una condición generalizada, eso está claro, pero sí es una tendencia a la cual poner atención. Al solicitar las autoevaluaciones docentes nos hemos encontrado con instrumentos sin contestar y, muchos otros, con respuestas unificadas en las que no hay una ponderación real de cada elemento a evaluar. La tendencia también indica una autoevaluación docente hacia los valores más altos, así pocos son los docentes que se evalúan en niveles intermedios o bajos en los distintos aspectos de la práctica docente. Al contrastar estas autoevaluaciones del profesor con la evaluación hecha por los alumnos encontramos grandes diferencias, tanto en el contenido de éstas como en la crítica al contestar.

¿Estamos preparados los docentes para “bajarnos del banquito” y ser críticos con nosotros mismos como lo somos con nuestros alumnos? ¿Se nos dijo en algún momento que parte de ser docente es estar abierto a aprender y modificarnos constantemente? ¿Estimulamos en las Licenciaturas de formación docente y educación la crítica a uno mismo?

En el curso que imparto a alumnos de la licenciatura en Educación suelo hacer ejercicios de autoevaluación. Hace unas semanas le pregunté a los alumnos cuál era su opinión sobre estos espacios y las respuestas fueron curiosas, mas no sorprendentes. Algunas de las respuestas fueron: “Pues es incómodo autoevaluarte, como que no sé si hice las cosas mejor o peor que mis compañeros”. “Creo que debemos aprender, pero me hace más falta aprender a evaluar los procesos de aprendizaje de los alumnos para cuando sea profesor”. “No sé si me gusta, siento que yo puedo ser muy crítico pero un compañero que hace menos puede ponerse una calificación más alta que la mía, aunque haga menos”.  “Esta es la única clase en la que he hecho esto y todavía no sé bien si me evalúo de acuerdo a mi desempeño o me castigo mucho”. “Prefiero que tú me digas en qué debo mejorar”.

A estas respuestas se unieron otras más, la mayoría en el mismo tenor. Un factor común en ellas es que varios mencionan que “no saben cómo hacerlo”. Pocas veces a lo largo de su amplio trayecto educativo han tenido la experiencia de evaluarse a ellos mismos. En pocos semestres se enfrentarán al ámbito profesional de la educación, en el cuál confiamos en que se abrirán paso y serán competentes en el rol que ocupen; creemos que sabrán tomar decisiones en beneficio de aquellos a su alrededor y de ellos mismos; y, sobre todo, tenemos esperanza de que serán agentes de transformación de un ámbito profesional que tanto lo necesita como lo es la Educación. Sin embargo, me pregunto si la capacidad de autoevaluarse e irse de construyendo y construyendo no es necesaria para que logren todo esto.

No creo que esta característica sea inherente al ámbito profesional, al contrario, mucho bien nos haría en todas las profesiones. Aunque, en el rol docente la transformación constante es esencial si se pretende responder a las necesidades de los individuos con los que se trabaja y de la sociedad en general y, ¿cómo lograrlo sin la capacidad de vernos críticamente a nosotros mismos?

Tal vez quienes estamos ahora frente a grupo no aprendimos a evaluarnos, se nos formó para tener un rol definido en el salón, pero sí es ahora nuestra responsabilidad estimular en los alumnos, sobre todo de las carreras de formación inicial docente, esta capacidad para que puedan reinventarse y reinventar su rol al ritmo de las necesidades propias y de la sociedad.

*Foto de portada tomada de Animal Político

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