Defender lo que creemos, aunque no sea verdad

Defender lo que creemos, aunque no sea verdad

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Foto tomada de Um espaço para cuidar dos relacionamentos
Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“Ahora se da la paradoja de que la gente puede ser menos manipulable que nunca porque tiene herramientas e información para responder, pero al mismo tiempo tiende a corroborar sus creencias, algo que también facilitan las nuevas tecnologías. La misma facilidad que tienes ahora para defenderte de la mentira, la tienes para seguir defendiendo lo que crees, aunque no sea verdad”.

Daniel Solana

Vivimos en el siglo veintiuno, marcados por la paradoja que plantea Solana en el epígrafe de esta Educación personalizante: tenemos todas las herramientas para ser menos manipulables porque existen muchos medios para acceder a información que verifique, contraste, confirme, compare, analice y aporte evidencias sobre lo verdadero y lo falso; pero, simultáneamente, somos sujetos a los que les importa cada vez menos si algo es verdad o mentira porque tenemos la obsesión de corroborar nuestras creencias y de defenderlas por encima de todo y, tristemente, contra todos.

Desde mi análisis personal, esta realidad paradójica se ha ido construyendo a lo largo de mucho tiempo por la convergencia de varios ingredientes –modernos unos, posmodernos otros– que nos tienen hoy sumidos en esto que llaman el reino de la posverdad. A partir de ello, seguimos ciegamente a líderes que nos venden espejitos envueltos en discursos radicales –de derecha o de izquierda– a cambio del oro de nuestro pensamiento crítico y de la necesaria prevalencia de la realidad.

Algunos de estos ingredientes son:

– El surgimiento del sujeto fuerte como centro del mundo que, planteando elementos válidos de reivindicación de las libertades individuales y del derecho a la construcción de un proyecto de vida autónomo que aporte realización y felicidad, ha ido derivando en un egocentrismo caprichoso. Lo que subordina a los otros al cumplimiento de los sueños o al seguimiento de la pasión de cada quien.

– La revaloración de las emociones y los sentimientos frente a la visión racionalista de la modernidad que, siendo valiosa porque busca integrar al ser humano escindido y muchas veces reprimido por un racionalismo exacerbado, ha ido convirtiéndose en una dictadura de lo que espontáneamente se siente. Esto se vuelve emotivismo radical en lugar de integración de los sentimientos en el tejido consciente que guía la búsqueda existencial.

– El individualismo y la competencia impuestos por el mercado como criterios absolutos de funcionamiento humano en la sociedad del consumo global; reducción del homo complexus a mero homo economicus, como señala Edgar Morin.

– El descubrimiento de la relevancia del lenguaje en el proceso de conocimiento de la realidad que derivó en una interpretación extrema: no existen afirmaciones verdaderas sino sólo “narrativas” diversas en conflicto; reduciendo el conocimiento al lenguaje. Lo cual lleva a muchos a la visión de imponer su propia narrativa sobre las demás sin importar su veracidad.

– La constatación de que el conocimiento es respectivo, es decir, que existen múltiples puntos de vista desde los que puede abordarse una misma realidad. Así, siendo muy importante para la construcción de conocimiento complejo, derivó en una simplificación que concibe que cada punto de vista es una verdad y que, por lo mismo, todo es relativo y cada quien puede creer –e intentar hacer creer a otros– “su” verdad.

– La emergencia y empoderamiento de las redes sociales que, aportando elementos valiosísimos para la democratización del acceso a la información y la construcción de diálogo público en el que todas las opiniones sean tomadas en cuenta, ha derivado en la idea de que cualquier opinión es igualmente válida, tenga o no sustento en la realidad.

A todos estos ingredientes se ha sumado la mercadización de todos los aspectos de la vida humana, incluyendo el conocimiento y la información, derivando en la competencia de los medios de comunicación por vender información –y lo que más vende es muchas veces lo más vistoso o espectacular, aunque no sea cierto–. Asimismo, esto ha tenido como consecuencia que el periodismo que va en busca de la información; que investiga; contrasta fuentes y datos; analiza y verifica lo que va a publicar, esté prácticamente en peligro de extinción ante el embate de la mera repetición de declaraciones, discursos, imágenes y chismes que atraen la atención de las masas aunque las desinforme.

Un cartón reciente, que encontré al buscar elementos para hablar de este reino de la posverdad en el mundo de hoy, presenta un televisor en el que aparece en pantalla un conductor de noticiario afirmando con humor, pero también con mucha razón de fondo: “Señores telespectadores. Ya que no podemos informar verazmente, vamos a intentar confundirles lo mejor posible. Gracias por su confianza”.

Foto tomada de Letra Ordinaria

Si traducimos este escenario al ámbito educativo podríamos dibujar un cartón semejante en el que un profesor o director escolar estuviera hablando ante los alumnos para decirles: “Jóvenes estudiantes. Ya que no podemos educarlos integralmente, vamos a intentar entretenerlos lo mejor posible. Gracias por su confianza”.

Porque en el reino de la posverdad y en la civilización del espectáculo, a la par de la muy sana muerte del espacio educativo como mero transmisor de información incuestionable para memorizar, la escuela va también perdiendo su misión de formar personas capaces de buscar la verdad y el valor de las realidades humanas. Por tanto, se va volviendo un centro de entretenimiento que tiene que ser atractivo y tener muchas computadoras, canchas de juego, profesores divertidos y personal dispuesto a satisfacer los caprichos del consumidor –estudiante– para evitar problemas con los patrocinadores –padres de familia–.

“Tiene que ver con la pereza mental. Se aprovecha de los sesgos, de lo que preferimos pensar. A lo que encaja con lo que pensamos o deseamos oponemos menos resistencia. Se beneficia de una confusión entre hechos y opiniones: la verdad es lo que se percibe como verdad. Hannah Arendt decía que esa confusión era una de las bases del totalitarismo, una condición para su triunfo”.

Daniel Gascón. “10 apuntes sobre la posverdad“.

En efecto, la escuela de hoy es víctima de este sistema en el que la cultura del confort y del menor esfuerzo ha invadido todos los aspectos de nuestra existencia, incluyendo el de nuestra actividad intelectual. Imponiendo, pues, la pereza mental y la satanización de toda disciplina o exigencia de trabajo arduo para conseguir acceder al conocimiento y para desarrollar las habilidades intelectuales y existenciales básicas que nos ayuden a construir un proyecto de vida que aporte realización humana y no solamente “felicidad” entendida como carencia de conflictos o sacrificios.

Como afirma Gascón, implica menor esfuerzo recibir y aceptar lo que encaja con lo que pensamos o deseamos aunque sea falso. Por eso la posverdad gana terreno, y el pensamiento crítico abandona paulatinamente el escenario de la sociedad y de la educación. Este abandono del pensar críticamente favorece el crecimiento de la confusión entre hechos y opiniones, llevándonos a un mundo en el que cada vez más personas niegan que existan los hechos –aunque esto es un hecho– y afirmen que solamente existen las opiniones.

Pero esta pereza mental, esta confusión entre hechos y opiniones, es la base de los totalitarismos. Por ello, hoy vemos al mundo eligiendo líderes totalitarios populistas –de derecha y de izquierda– que con discursos que encajan en lo que las mayorías creen, y que refuerzan emotivamente estas creencias, van acumulando un poder casi absoluto, poniendo en riesgo tanto las libertades humanas como las posibilidades de construir un mundo mejor basado en realidades palpables y no en declaraciones y ocurrencias demagógicas.

Los educadores tenemos un desafío muy importante en este escenario. La disyuntiva hoy es convertirnos en catalizadores de la posverdad así como reforzadores de la pereza mental y la confusión; trabajar contracorriente, arduamente y con mucha inteligencia, para contrarrestar el reino de la posverdad y desarrollar el pensamiento crítico en las futuras generaciones.

Tal vez por la generación a la que pertenezco, pero también porque creo firmemente, como menciona Lonergan, que “el deseo de conocer” es el motor que dinamiza nuestra vida como seres humanos, pienso que hay que defender y luchar por la segunda opción.

Ya que, como dice la célebre frase que cita Gascón: “La primera víctima en la guerra es la verdad”, en esta guerra del mundo contemporáneo, los educadores tenemos que trabajar para que la verdad no perezca, abriendo nuestra mentes y la de nuestros alumnos en busca de lo verdadero, aunque esto contradiga lo que creemos.

*Foto de portada tomada de Externalisation du plan de formation

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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