Foto: Adrián Del Valle

 

MEMORIA SÍSMICA

#MemoriaSísmica #S19 #FuerzaMéxico

Alonso Pérez Fragua

@fraguando

Hola. Me di cuenta de que la última vez me despedí mencionando a Damnificados Unidos de la Ciudad de México, pero creo que nunca te expliqué bien cómo está el asunto con nosotras. No somos una A. C. ni tenemos una personalidad jurídica. Fue algo que simplemente se dio; se fue construyendo a partir de la gente que nos iba a preguntar a los vecinos y las vecinas del Multifamiliar Tlalpan, por ser el predio más grande, oye, cómo le hacemos, y así se fue uniendo la gente. El multi tuvo una asamblea el 21 de septiembre y un par de semanas después llegaron damnificados de otros predios y así fue.

Yo creo que mediáticamente los dos predios con más atención fueron el del Colegio Rébsamen –súper entendible por los niños y las niñas que murieron ahí y todo lo que pasó con la supuesta niña Frida Sofía y el circo de Televisa–, y el otro que fue súper mediático fue el Multi Tlalpan, por su ubicación, por su tamaño y el número de afectados: 500 familias, 2 mil 500 personas más o menos.

Hay que entender que el gobierno se lavó las manos, no tuvimos la culpa del temblor, decían, y ya. No tenían intención de aplicar los fondos para desastres ni las ayudas internacionales que recibieron. Una vecina lo explicaba muy bien: nos daban programas que ya existían para calmarnos, sin invertir nada extra. Nos llevaban a comedores comunitarios que ya existían, nos daban cobijas de programas para gente en situación de calle de la Secretaría de Desarrollo Social –Invierno contigo se llama o algo similar–. Es decir, ningún gasto extra.

Tratando de ser lo más objetiva que puedo, te diré que sufrimos mucho. Hubo funcionarios que nos regañaban, es que no tienen seguro, nos soltaban, y eso que había vecinos que sí los tenían. Y la verdad es que una de las cosas por las que todo fue tan lento y por la que apenas están iniciando las labores de reforzamiento y reconstrucción es que, como Damnificados Unidos, decidimos que no íbamos a aceptar créditos de nadie. A mí me costó mucho trabajo. Ya como después del quinto mes le decía a Iván, aceptemos los créditos, por favor, porque nunca vamos a volver. Yo trabajé en el Instituto de Vivienda del DF, el Invi, de 2007 o 2008 a 2011, más o menos, y me percaté de cómo son los procesos de recuperación del derecho a la vivienda. Es muy complicado y largo. Cuando estuve ahí, había personas afectadas por el terremoto de 1985 que seguían esperando respuesta, ¡imagínate! Yo decía, aceptemos, son créditos sin intereses –parecía yo negociador de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda o del mismo Invi–. Y la verdad es que fue también un poco complejo como pareja, porque Iván me decía, no podemos ser así de egoístas. Un día nos sentamos a platicar y me dijo, aunque nosotros dos aceptáramos, estamos en un edificio de 30 departamentos de los cuales 25 no podrían pagar un crédito, entonces ¿cómo solo 5 van a decir que sí?, es técnicamente imposible. Y luego me habló de la solidaridad –cosa que ya sabía, claro–, pero yo ya estaba harta. Al final había varios vecinos y vecinas que pensábamos, como hablando desde el privilegio, tomemos el crédito, aunque el desenlace fue que tuvimos que bloquear Tlalpan.

A finales de junio de este año, sacamos casas de campaña a la Calzada de Tlalpan y dijimos, si no nos quieren resolver, vamos a hacer nuestro campamento aquí hasta que nos aseguren que el dinero va a fondo perdido. Y pues sí, Amieva, el Jefe de Gobierno, tuvo que ir hasta el bloqueo a las 3 de la mañana y nos dijo, sí. Le pedimos que firmara una minuta, pues solo de palabra no se puede. Y a partir de eso empezó todo el proceso de revisar constructoras, proyectos, etcétera. En el caso de nuestro edificio es solo el reforzamiento, pero pues de los demás hay uno muy dañado que necesita un reforzamiento más importante.

Voy a sonar a vocera del movimiento, pero algo sí quiero destacar: al final, el multi no solo luchó por su predio, sino que le hicimos caso a Damnificados Unidos y logramos que en este paquete –que así le llamamos– se metieran a 19 predios más para reforzamientos, reconstrucción y otras acciones necesarias. Casi 30 edificios que son los del primer paquete que empezaron a tener el proceso de proyecto ejecutivo. ¿Qué sigue? Esperar aproximadamente 11 meses de los trabajos de reconstrucción y pues bueno, ya, regresar a nuestras casas.

Creo que no te dije dónde estamos viviendo, ¿o sí? La primera noche la pasamos con mi cuñado. No habíamos llorado desde que pasó todo. Ya que estuvimos solos, Iván y yo, lloramos mucho, pero luego yo interrumpí el llanto porque me di cuenta que no tenía calzones para el día siguiente. Y bueno, ni cepillo de dientes, ni esas cosas. Al final me levanté a lavarlos, me los puse húmedos a la mañana siguiente y lo primero que hice fue comprar un par nuevo. Son de esas cosas que nunca se te ocurre pensar luego de una cosa como ésta. Y luego estuvo el tema de mis medicinas.

Creo que te había dicho que tengo lupus, entonces tomo mucha medicina. Generalmente traigo dos dosis en mi pastillero. Tomo siete medicamentos distintos, de los cuales tres son muy caros: uno es de 4 mil pesos la caja, para 20 días. En el depa tenía como 10 cajas que agarré en una promoción. Entonces para poder entrar al depa solo a sacar eso, primero me mandaron con la médica del multi para que vieran que decía la verdad –pues obvio no tenía receta–, luego pasé a la base de Protección Civil y me mandaron al acopio de medicinas, claro que nadie iba a donar una medicina de 4 mil pesos –o quizá sí, pero era como buscar una aguja en un pajar–; había paracetamol y cosas para el dolor. Luego regresamos con la gente de Protección, de ahí con el jefe de brigadistas, de ahí con la Policía Federal, de ahí fuimos a la base de la delegación, y cuando digo “fuimos” me refiero a la doctora y yo. Quizá fui un poco exagerada porque estábamos a 19 y no sabía si me iba a alcanzar el dinero para comprar una nueva caja o si los pagos en el trabajo serían regulares. Así que insistí mucho sobre la necesidad de recuperar mis medicinas. Al final ya me habían dejado entrar. Policía Federal, Protección Civil y la gente del gobierno central dijeron sí, pero que me pusiera casco. Ya estaba prácticamente en la puerta del edificio y un militar: tengo instrucciones de no dejar pasar a nadie. Hazle entender… Un brigadista me vio al borde de las lágrimas y se ofreció a entrar. Si se muere, es su responsabilidad, nos dijo hostil el soldado. Le di mis llaves, le expliqué cómo abrir y dónde estaban las medicinas. Al final, la puerta estaba bloqueada, entonces la rompió. Yo hubiera hecho lo mismo si viera a alguien en la misma situación que yo estaba, además, digo, era una situación de desastre; no lo vi mal. Pero de pronto, el mismo soldado salió corriendo para buscar a la policía pues el brigadista estaba cometiendo allanamiento de morada… Lo bajaron casi esposado al pobre y le dijeron que ya no podía colaborar en las labores de rescate. Y yo le decía al militar, ese muchacho tuvo la sensibilidad que a usted le falta, si rompió la puerta fue porque sabía que necesitaba mis medicinas. Pero usted no le dio permiso, decía el de verde… Hazle entender…

Ya me desvié otra vez, lo siento. ¿Qué te iba a contar? Ah, sí, dónde estamos viviendo. Pues luego de pasar la primera noche con mi cuñado, Salvador, el que era vicepresidente de Wikimedia México cuando yo era secretaria, nos abrió las puertas de su departamento. Primero pensamos que serían unos días, y como te conté, esos días se convirtieron en meses. Salvador no sabía que tenía que hospedarnos tanto tiempo –bueno, no tiene que, pero… tú me entiendes–. Hemos aprendido a convivir y todo va bien, pero finalmente estamos viviendo en casa de un amigo, fuera de nuestra casa desde septiembre del año pasado. Ahora vivimos en una zona que no es tan segura –cerca del Congreso de la Unión– y pues como zona pesada –es una colonia entre Tepito y La Merced– ya no podemos salir en la noche a la tienda, ni hacer otras cosas que antes acostumbrábamos, como tener fiestas de Wikimedia.

Nuestra vida ha cambiado completamente. Saber que los sábados podía bajar a comer barbacoa y que de pronto ya no, el tener que cambiar de rutas para cumplir tu rutina, son detalles bobos, pero eso es duro (creo que ya te había contado eso: perdón si repito cosas). Son cosas que suenan banales cuando te paras afuera del fenómeno y dices, güey, se murieron 300 y tantas personas, pero al final todo esto sí impacta tu vida.

Ha sido duro, pero entre los tres, Salvador, Iván y yo, decidimos que íbamos a aguantar, así como estamos, y hasta que regresemos a nuestra casa. Y así además podemos hacer nuestras pijamadas ñoñas con maratones de series en Netflix y editatones Wikipedia (risas).

Creo que ya te conté todo lo que te tenía que contar; la catarsis ha estado buena (risas). Como te decía al principio, la ciudad se ha transformado, claro que lo creo. Física y emocionalmente, a veces para bien, otras no. Ahora se cuestionan más cosas como, por qué tan alto ese o este edificio; lo veo de primera mano con Damnificados Unidos: algunas de las compañeras se preguntan, ¿y ahora dónde vamos a construir?, porque aquí ya no se puede. Esa consciencia no la teníamos antes.

En cuanto a la unidad ciudadana, creo que somos una sociedad solidaria. México en general es empático, y particularmente la Ciudad de México. Toda esa solidaridad que vi las horas y días posteriores al terremoto me hicieron recobrar la esperanza en la humanidad, en verdad. Y no ha parado. Al multi sigue llegando la gente con ropa, a ofrecer talleres para los niños y las niñas; la iglesia cercana siempre nos recibe con los brazos abiertos para hacer las asambleas del colectivo si lo necesitamos por lluvia o lo que sea. La comunidad internacional se solidarizó también, por ejemplo. Mis vecinas en el multi que vivieron en los campamentos ahora viven en mejores condiciones gracias a que el sindicato Unifor de Canadá, junto con la organización Techo, les construyeron casas.

Creo que esta Ciudad de México va bien y me enorgullece ser originaria de aquí. Te platiqué, por ejemplo, del minuto de silencio y la solidaridad de los automovilistas en un bloqueo de Tlalpan, ¿cierto? Pues para mí esa es otra prueba de empatía: no nos veían como manifestantes promedio. Y te puedo decir que la diferencia es notoria: yo que me movilizo de manera frecuente, que te dicen, ya ponte a trabajar, quítate, eso de ver a un automovilista con el puño en alto durante el minuto de silencio te habla de que la gente sabe que la emergencia sigue: hasta que todos y todas no estemos de regreso en nuestras casas, la emergencia sigue.


Memoria sísmica es un proyecto periodístico de Alonso Pérez Fragua para LADO B que se publica cada miércoles desde el 5 de septiembre de 2018. Busca materiales adicionales en Instagram y Twitter con el HT #MemoriaSísmica. Encuentra también la lista de canciones alusiva a esta crónica en Spotify en esta liga

Alonso Pérez Fragua, gestor y periodista cultural poblano. Melómano y cinéfilo desde que tiene memoria; aprendiz de asuntos del arte desde los albores del siglo XXI. Desde enero de 2018 radica en Casablanca, Marruecos, donde vive su primer acercamiento a asuntos islámicos. Como gestor cultural ha trabajado en la Dirección de Espacios Culturales y Patrimonio Artístico de la UDLAP y como responsable de Exposiciones del IMACP, además de dirigir y fundar el despacho virtual Karakol Asesoría y Gestión Cultural. En medios ha colaborado con Lado B, La Jornada, Los Subterráneos, Radio BUAP, Puebla FM, Ibero 909 y Axocotzin Radio, entre otros. Autor del libro Melomanía (y otras rarezas): crónicas culturales del poblanishment (Fomento Editorial BUAP, 2017). Comunicólogo de formación, curioso de todo por vocación. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y maestrante en Comunicación y Medios Digitales, ambas por la UDLAP, posee un posgrado en Ciencias Antropológicas con área de concentración en Políticas Culturales y Gestión Cultural por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Presidente y único miembro del club de fans del autor estadounidense A.J. Jacobs.

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