Foto: Adrián Del Valle

 

MEMORIA SÍSMICA

#MemoriaSísmica #S19 #FuerzaMéxico

Alonso Pérez Fragua

@fraguando

La solidaridad se activa en estas emergencias, claro que lo creo. Y también creo que disminuyó notablemente pasados unos días, pero obviamente las condiciones una o dos semanas después no eran las mismas que el 19, o el 20 o 21 de septiembre. Una prueba de que ese aire de solidaridad trascendió las primeras horas o días, y de que sigue entre la gente de la Ciudad de México, la vi en uno de los bloqueos a Tlalpan por parte de un grupo de personas damnificadas. Me sorprendió que en lugar de recibir insultos y claxonazos de la gente que quería llegar a su trabajo, se bajaron de sus autos y, cuando pedimos un minuto de silencio, levantaron el puño ¡y ya habían pasado 8 meses! Cada vez que recuerdo esto me conmuevo y tengo ganas de llorar.

Ese silencio me impresionó, no sabes cuánto. Pero un silencio aún más imponente era el que causaban los puños en el aire durante las labores de rescate en los edificios colapsados. Suena cliché, lo sé, pero era primero un efecto domino –un puño tras otro que se levantaba– y luego un silencio ensordecedor –cliché y oxímoron– que se rompía con el sonido de la vida. Un silencio esperanzador, diría, que escuché durante unos siete días que fue lo que duró la expectativa de encontrar sobrevivientes en el Multifamiliar Tlalpan que es donde vivo… vivía… donde está mi casa… a la que desde ese 19 de septiembre no he podido regresar.

No sé si por ahí querías que empezara, pero, bueno, por alguna parte tenía que comenzar. Han sido meses muy duros, discúlpame. Antes del sismo, el 10 de septiembre, Iván y yo tuvimos un accidente de auto: trompo, impacto contra muro de contención; yo, esguince en el tobillo e Iván, en el cuello; ambos con moretones del cinturón de seguridad. Estuve tres días sin trabajar, Iván más: justo el 19 le tocaba regresar a la oficina. Dudó, porque no se sentía completamente recuperado, y porque quería aprovechar para ir a alguna de las conmemoraciones del terremoto de 1985. No sé si te había contado que a mí siempre me ha dado curiosidad el 85. No sé si llamarlo morbo, pero yo casi cada año trataba de asistir a homenajes. Hace dos años, por ejemplo, fui a la misa con las costureras en San Antonio Abad, y hace tres organizamos un editatón Wikipedia por el 30 aniversario. Investigar, dimensionar lo que pasó, siempre me interesó, aunque jamás pensé que iba a estar, digamos, del otro lado, y que iba a vivir las consecuencias. Pero ya me desvié otra vez.

Bueno, te contaba que el 19 estaba en mi oficina. Había participado en el simulacro. Todo pasó muy bien –la gente en mis distintos trabajos siempre dice que soy la policía del simulacro; me lo tomo muy en serio porque los temblores me ponen muy nerviosa–. Antes de que todo empezara me había percatado de que había un problema con una puerta automática del edificio: es un rollo explicar el mecanismo y así, pero el punto es que decidí bloquearla con un sillón para dejar el paso libre, que era lo importante. Cuando llegó el brigadista para hacer el balance le comenté el asunto y le dije: “en el simulacro lo hago, pero en un terremoto eso es un foco rojo, hay que arreglarlo”. Entonces, cuando el temblor empezó, en lo primero que pensé fue en la puerta, y el hecho de que supiera qué tenía que hacer me tranquilizó, hizo que mi mente se enfocara y saliera rápido, pero con calma.

Había hecho unas copias y estaba regresando a mi silla: me aventé sobre ella y justo empezó a temblar. Mi primer pensamiento fue, me aventé muy fuerte, fui yo. El segundo fue, está temblando, pero no, no puede ser, en este día, de todos los del año, no puede estar temblando hoy. Y sí. Ya afuera, vimos que la Catedral se había caído, bueno, la estatua de la Esperanza… bueno, no sabía que así se llamaba. Más bien noté que faltaba una cruz en una de las cúpulas, pero fuera de eso a mí me pareció que la situación no era tan grave. Para esto, ya estábamos afuera, pero seguía temblando. Se está cayendo la ciudad, dijo un compañero con los ojos cristalinos. Ay, no es para tanto, le contesté, tembló más fuerte el 7. Fue muy chistoso, un día antes de ese, el 6 de septiembre, se activó la alarma sísmica por error, entonces cuando sonó el 7, mucha gente pensó que era también un error. Yo sí hice caso y lo sentí horrible. Entonces, en comparación, el 19 no me pareció que fuera tan grave y por eso subestimé lo que me decía mi compañero.

Pasó. Me comuniqué con Iván y con mi familia bastante rápido, aunque no tenía datos aún para conectarme a internet y no sabía qué pasaba en el resto de la ciudad. Iván me habló y dijo, voy caminando por San Luis Potosí y hay un edificio colapsado, voy a ayudar. Quedamos de vernos en 3 horas en el zócalo, que era donde yo estaba, ayudando en el centro de acopio que de manera espontánea se formó. Te juro, no habían pasado ni 2 horas y la gente llegaba con bolsas de ayuda y no sé cómo acabé coordinando algunas tareas, diciendo dónde poner los paquetes, devolviendo algunas medicinas que llevaban y estaban caducas, y así. De pronto, ya estábamos adentro de una carpa que iba a ser, creo, el camerino de Ricky Martin que tocaba al otro día. Fue todo muy espontáneo.

Para esto, el papá de Iván había ido a ver nuestro departamento y había pasado sin problemas. Pero en algún punto de la tarde alguien me dijo, parece que se cayó un edificio en tu unidad, en Taxqueña y Tlalpan. Y yo en la negación, no, mi casa está sobre Tlalpan y Taxqueña, no en Taxqueña y Tlalpan, como que yo no lo creía. Pero sí, ya cuando tuve datos en el celular vi que se había desplomado el techo del Soriana cercano y que un edificio del multifamiliar efectivamente se había caído. Por un par de horas pensé que era el mío, porque no encontraba detalles en las noticias disponibles en línea. Hasta que un compañero que tenía moto se ofreció a ir. El mío es el tal, le dije, ah no, fue el 1C, me contestó este chico. Me sentí aliviada primero de que no fuera el mío, pero luego me sentí mal por sentirme aliviada, por no pensar que había vecinos y vecinas afectados. Un ir y venir de sentimientos: me sentí la más ojete. El pensar que yo me había preocupado por cosas materiales, mientras podía haber gente herida o muerta, gente que conocía.

Llegamos al multi pasadas las 10 de la noche. Para esa hora ya había metro y no estaban cobrando. Ese trayecto fue algo muy… no sé… desconcertante, emotivo, sensible. Había muchísimos chavos y chavas con cascos, no en grupo, cada quien por su lado, como si fueran obreros regresando de su jornada, con polvo en los pies, en las botas; con cubrebocas, guantes. Muchos. Quizá no eran tantos, pero a mí me parecieron muchos, me impresionó la cantidad que eran. Creo que ahora que te lo cuento me doy cuenta de que no había otro tipo de usuarios y por eso me impresionaron tanto. De los tres vagones que vi, éramos seis personas que no íbamos vestidos así, el resto eran estos voluntarios.

Llegamos al multi, pero los militares no nos dejaron pasar. Tienen que ir a la iglesia o a la escuela, que es donde se instalaron los albergues, nos dijeron. Fue hasta ese momento que me cayó el 20: no iba a poder entrar a mi casa. Ya sospechaba que podía pasar, pero hasta que llegué ahí supe que no iba a poder dormir en mi cama. Fuimos a la iglesia y no encontramos a ningún vecino o vecina que conociéramos o con quien nos lleváramos. A la escuela ya no fuimos porque está más lejos. Ahí en la iglesia esperamos a ver si alguien sabía de algo. De repente, una vecina dijo, aquí ya no hay lugar. Hay que irse a la escuela o al albergue que están poniendo en el gimnasio de la delegación. Ahí les van a dar cobijas.

Pensé, podemos ir con mis papás, pero viven muy lejos. También pensamos en ir con los papás de Iván que viven en la colonia Portales. Como estuvimos en comunicación con su hermano, acabamos con él, pero antes dijimos, vamos a intentar ayudar aquí, pues son nuestros vecinos. Yo tengo lupus y no tengo tanta fortaleza física. Si cargo algo me duele, me dan dolores de pronto, así que evito hacer cosas pesadas. Además, hay muchas cosas que me lo pueden activar como insecticidas o el sol. Así que ya sea por pretexto o realidad, decidí no ayudar cargando, Iván sí, pero los soldados en tono burlón le dijeron que no, que tenía que llegar preparado, que cómo se le ocurría querer ayudar sin casco, ni botas, ni guantes. Casi como si le hablaran al enemigo. Hazles entender…

Hay tantas cosas que faltan por contarte. Siento como si esto fuera mi terapia. Ha pasado un año y creo que estamos muy nerviosas, muy susceptibles a cualquier ruido: todo suena parecido a una alerta; cualquier movimiento de persianas nos asusta. Todo es muy reciente y aún no sanamos por completo. Sobre todo los y las que lo vivieron de manera más intensa: que perdieron a un familiar, a un amigo o amiga; los que perdieron algo. Lo lamentable es que creo que este temor no ha generado una mejor ni mayor planificación de protección civil. Nos hemos quedado solo con el miedo. En lugar de decir, ya viví el miedo ahora toca pensar A, B, C, pues no, las cosas quedan ahí. Pienso que quizá los que perdieron a alguien cercano sí tienen mayor consciencia.

Lo que es un hecho es que la ciudad se ha transformado. Hay muchos huecos ahora en el paisaje urbano. Pasas y dices, ahí había algo. O ves un edificio que quedó dañado, pero sigue en pie, y piensas, si vuelve a temblar, ¿qué va a pasar con todo eso que no se ha demolido? Y está también la frustración de los y las que perdimos nuestro patrimonio o tenemos nuestro patrimonio “pausado”. Por ejemplo, mi depa no se cayó, pero no puedo regresar; llevo casi un año fuera de mi normalidad, de mi rutina. Eso también transforma.

Pasar de Taxqueña a los rumbos del Centro significa que mi línea del metro era la azul, y ahora es la rosa. Las cosas que cenas cambian: es ridículo, quizá, pero yo sabía que los sábados en la mañana tocaba barbacoa en el negocio de abajo de mi edificio, y pues ahora no hay barbacoa sabatina. En el caso de Wikimedia México, por ejemplo, nuestro departamento era el centro de operaciones: era la oficina, el centro de reunión, el albergue para los wikipedistas que a veces llegaban a editatones o conferencias o así; las fotos de los concursos de Wiki Loves Monuments, nos juntábamos ahí para evaluarlas. Era como una especie de wikicentro comunitario: fiestas, la noche mexicana del 15 de septiembre; en diciembre, la asamblea del año y la posada, luego la rosca de reyes; antes el pan de muerto. Todo eso también se rompió. Y ya a nivel más operativo, el resto de 2017 tuvimos que cancelar eventos que teníamos con la Secretaría de Cultura Federal, con la Biblioteca Vasconcelos. Eso es algo que nos rompió el sismo en Wikimedia. Hemos tratado de revertir el efecto, pero ha sido complicado. Ya me desvié otra vez, perdón.

Me falta mucho por contar, pero aquí le paro por ahora si te parece, porque tengo que regresar a trabajar: ya ves que ahora además de la chamba y Wikimedia, hemos agregado a nuestra rutina las movilizaciones de Damnificados Unidos de la Ciudad de México, te cuento luego, entonces. Te mando un abrazo.


Memoria sísmica es un proyecto periodístico de Alonso Pérez Fragua para LADO B que se publica cada miércoles desde el 5 de septiembre de 2018. Busca materiales adicionales en Instagram y Twitter con el HT #MemoriaSísmica. Encuentra también la lista de canciones alusiva a esta crónica en Spotify en esta liga

Alonso Pérez Fragua, gestor y periodista cultural poblano. Melómano y cinéfilo desde que tiene memoria; aprendiz de asuntos del arte desde los albores del siglo XXI. Desde enero de 2018 radica en Casablanca, Marruecos, donde vive su primer acercamiento a asuntos islámicos. Como gestor cultural ha trabajado en la Dirección de Espacios Culturales y Patrimonio Artístico de la UDLAP y como responsable de Exposiciones del IMACP, además de dirigir y fundar el despacho virtual Karakol Asesoría y Gestión Cultural. En medios ha colaborado con Lado B, La Jornada, Los Subterráneos, Radio BUAP, Puebla FM, Ibero 909 y Axocotzin Radio, entre otros. Autor del libro Melomanía (y otras rarezas): crónicas culturales del poblanishment (Fomento Editorial BUAP, 2017). Comunicólogo de formación, curioso de todo por vocación. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y maestrante en Comunicación y Medios Digitales, ambas por la UDLAP, posee un posgrado en Ciencias Antropológicas con área de concentración en Políticas Culturales y Gestión Cultural por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Presidente y único miembro del club de fans del autor estadounidense A.J. Jacobs.

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