Ante un país fallido, reparación simbólica

Ante un país fallido, reparación simbólica

Foto: Cortesía Museo Amparo
María José Andrade 

@MajoAg23

El acceso a la justicia en México es un lujo que pocos se pueden permitir en un sistema corrupto e ineficaz. Los números no mienten: en el Sexto Informe de Gobierno del presidente Enrique Peña Nieto los anexos técnicos señalaban que la Procuraduría General de la República (PGR) se tarda más de tres años tan solo en ingresar expedientes y al final rechazan 80% de los casos, cuando en 2013 eran solo el 13%.

Las víctimas y sus familias se quedan por años atrapados entre la burocracia y la corrupción, muchas veces haciendo el trabajo de las autoridades. La justicia se difumina en los pasillos de nuestro sistema judicial desde hace décadas, pues es un problema que arrastramos desde el siglo pasado.

En ese contexto, y como resultado de una jornada de conferencias convocadas por el académico Alberto López Cuenca, quien lideró el equipo curador de la exposición La Demanda Inasumible, los artistas, periodistas y activistas participantes lanzaron, ante un Estado mexicano fallido que no garantiza derechos humanos ni reparación, un llamado por la justicia cognitiva desde sus quehaceres específicos.

 

Foto: Cortesía Museo Amparo

Esta justicia cognitiva sería una especie de reparación simbólica donde se visibiliza el crimen, se denuncia al Estado ausente y se enuncia el nombre de las víctimas. El fin es que la situación de injusticia en el país se deje de normalizar y haya resistencia social hacia ella. Se propone hacer justicia a través del arte, de las producciones culturales, que narran las historias de los miles de muertos, desaparecidos y violentados en nuestro país.

El caso del Movimiento estudiantil del 68 y, especialmente, la matanza del 2 de octubre es uno de los grandes momentos del México corrupto que familiares de los asesinados en la Plaza de las Tres Culturas y colectivos se han encargado de que no se olvide.

Año con año las marchas y manifestaciones hacen que recordemos a los estudiantes asesinados, creando así un imaginario social de denuncia y resistencia.

Desde el 68

La exposición “La demanda inasumible: Imaginación social y autogestión gráfica en México, 1968-2018”, que se encuentra en el Museo Amparo, justo pretende demostrar que el Movimiento estudiantil del 68 inauguró todo un sentido de resistencia social rastreable hasta nuestros días.

 

Foto: Cortesía Museo Amparo

Para analizarlo y hacer un mapa de luchas después de lo acontecido en 1968 es que se realizó la jornada de conferencias llamada “Dominio público: imaginación social en México desde 1968”, que reunió a académicos, periodistas, artistas y activistas que representaran esos momentos de referencia.

Los conferencistas fueron: Viétnika Bartres, periodista y creadora de “Revive el 68” para Animal Político; Mina Lorena Navarro, coordinadora de la investigación permanente “Entramados Comunitarios y Formas de lo Político” en la BUAP; Pablo Gaytán, académico de la UAM-Xochimilco especialista en movimientos culturales metropolitanos; Francisco de Parres Gómez, antropólogo que lleva a cabo investigación sobre el papel del arte y la ciencia en el movimiento zapatista; Guillermo Espinosa Estrada, escritor y crítico literario; Rosa Borrás, artista y coordinadora de Bordando por la Paz, Puebla.

Pasando por tres mesas de diálogo los conferencistas hablaron, entre muchas otras cosas, de la participación de las mujeres en la denuncia social, del anarcopunk, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de la desaparición de los 43 normalistas en Ayotzinapa, el movimiento por la paz tras la guerra contra el narcotráfico y los feminicidios.

El debate final, donde casi todos los conferencistas estuvieron presentes y fue mediado por Verónica Gerber Bicecci, se centró en todas las preguntas sin respuestas que da el hecho de que en México se vive un Estado fallido, en el que se mata, se roba, se violan derechos humanos con total impunidad.

En este diálogo es donde se dio la alternativa de la justicia cognitiva. Específicamente se habló de que este tipo de justicia que se expresa a través de productos culturales tenía que estar abierta a la heterogeneidad de voces, donde no se optara por una sola versión de los hechos –cosa que, por ejemplo, ha pasado con el Movimiento del 68, del que poco sabemos de la participación femenina–. De esta manera, las narrativas se descentralizarían e incluso tratarían de alejarse de dinámicas capitalistas –cuyo sistema muchas veces ha sido responsable de la violación de derechos–, al desdibujar la figura del autor y priorizar la autogestión, donde en ningún momento el lucrar sea un fin.

En este sentido, la exposición sería una suerte de justicia cognitiva, donde las producciones gráficas elegidas carecen de autor y de valor en el mercado pues lo trascendente de ellas siempre fue y será su incidencia social, su denuncia pública. El exponerlas en un museo, aunque no hayan sido hechas para ello, les da un espacio dentro del arte y visibiliza las luchas no resueltas, que hacen esta “demanda inasumible” de justicia, una “demanda infinita” que es afrontada y continuada desde el arte y la cultura.

*Foto de portada: cortesía de Museo Amparo

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