Vivimos de muerte, morimos de vida
Educar para la vida significa educar también para aceptar la muerte; para recordar a los muertos con el respeto y admiración que merece su legado
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
30 de octubre, 2018
Comparte
Imagen relacionada

Foto tomada de Takaitu

Martín López Calva.

“Vivir de muerte. Morir de vida”.

Heráclito

Esta semana celebramos en México el Día de muertos, fiesta relevante en la tradición cultural de nuestro país y uno de los motivos por el que somos conocidos en el mundo entero.

Se trata de una tradición que podría enmarcarse en esta frase de Heráclito que citamos en el epígrafe de la Educación personalizante de hoy y que ha citado muchas veces Edgar Morin –quien por cierto recibe esta semana el Doctorado Honoris Causa por parte del Sistema Universitario Jesuita en el ITESO– desde su visión de la complejidad de la vida, que comporta necesariamente la muerte.

En efecto, como dicen algunos, para morirse lo único que se requiere es estar vivo, porque la muerte es parte indisociable de la vida, así como la vida es parte inseparable de la muerte.

En muchos países la muerte se mira como algo a lo que se teme o incluso es un tema que trata de evadirse. Sin embargo, la muerte está presente de distinta forma en todas las culturas y en todos los momentos históricos de la humanidad, como una realidad inevitable y al mismo tiempo como una situación contra la que se lucha constantemente a través de la ciencia y del mito, de la religión y de la superstición.

Nuestros antepasados, no obstante, trataron a la muerte con humor, con alegría y aún con cierto dejo de desprecio. La fecha del Día de muertos en México es realmente una conmemoración festiva y llena de música, danza, colorido y disfrute sensorial que pasa por la comida, la bebida y la convivencia entre los vivos y los difuntos a los que se recuerda e invita a venir desde donde se encuentren ahora a celebrar con nosotros, así como a recordar la vida que tuvieron, alegrándose por la continuidad de ésta entre quienes siguen habitando este mundo.

“Yo andaba buscando la muerte,

cuando me encontré contigo.

De ahí tengo el corazón,

en dos mitades partido.

La una le teme a la muerte.

A la otra le espanta el olvido”.

La Ixhuateca. Canción tradicional mexicana.

El año pasado se estrenó la excelente película Coco que, con dibujos animados, cuenta una historia que describe esta tradición mexicana y la manera festiva de mirar la muerte, algo plenamente integrado a nuestra vida. En esta historia, la idea central tiene que ver con la letra de esta hermosa canción tradicional mexicana, la Ixhuateca, en la que se plantea el temor a la muerte pero, sobre todo, el miedo al olvido.

En efecto, la mayor tragedia en Coco no es estar muerto sino ser olvidado u olvidada. Las personas que mueren van a otra realidad, a un mundo mágico en el que siguen realizando lo que en vida les apasionaba, siempre y cuando haya alguien en este mundo que los recuerde. De ahí que el tema musical de la película tenga como título precisamente: Recuérdame.

Porque todos morimos de vida y todos vivimos de muerte pero mientras haya alguien que nos recuerde, estemos vivos o muertos, habrá de alguna manera esperanza. Mientras existan personas que sigan queriéndonos y cultivando lo que les heredemos, de alguna forma seguiremos vivos y podremos trascender a la muerte. Este es el mensaje de nuestra rica tradición cultural.

«Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido”.

José Gorostiza. Muerte sin fin.

Porque la muerte nos está acechando siempre, enamorándonos son su ojo lánguido, como dice el magistral poema de Gorostiza, mientras alguien nos ame y nos recuerde seguiremos de alguna manera –física o espiritual– vivos y presentes en este mundo.

Por ello, tendríamos que asumir el compromiso de educar para asumir esta realidad contradictoria de vivir de muerte y morir de vida y enseñar a nuestros alumnos a recordar a sus antepasados con respeto y cariño, valorando lo que ellos nos legaron y las posibilidades de vida que hemos heredado gracias a su vida y a su muerte.

Educar para la vida significa educar también para aceptar la muerte; para recordar a los muertos con el respeto y admiración que merece su legado así como con la visión crítica pertinente para valorar lo bueno y lo malo que ellos vivieron y dejaron en el mundo a su paso.

Alguien me habló todos los días de mi vida
al oído, despacio, lentamente.
Me dijo: ¡vive, vive, vive!
Era la muerte.

Jaime Sabines. Del mito.

Pero la existencia de la muerte, la muerte misma, nos están diciendo al oído, como dice Sabines: “¡Vive, vive, vive!”. Los educadores de hoy tendríamos también que dedicarnos a formar personas capaces de vivir; de disfrutar plenamente la vida; de amar profundamente la vida; de defender comprometidamente la vida; de ayudar a otros a vivir; y a no tener que resignarse simplemente a buscarse la vida, a sobrevivir día a día.

Eduquemos pues para una vida plena que no ignora la muerte pero tampoco le teme porque sabe que lo que hoy disfrutemos, lo que hoy vivamos, lo que hoy construyamos para heredar vida a las futuras generaciones hará que alguien, en algún espacio y tiempo, nos recuerde y, por ello, sigamos de alguna manera vivos.

*Foto tomada de portada de Festival de Vida y Muerte

Comparte
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..