La escuela: conservadora y revolucionante

La escuela: conservadora y revolucionante

Martín López Calva

Es preciso promover las acciones conservadoras para fortalecer la capacidad de supervivencia de humanidad y, al mismo tiempo, es preciso promover las acciones revolucionantes de la hominización inscriptas en la continuación y el progreso… la acción conservadora no es solamente la acción de preservar, salvaguardar las diversidades culturales y naturales, las adquisiciones de la civilización que están amenazadas por los retornos y despliegues de la barbarie, sino también la vida de la humanidad amenazada por el arma nuclear y la degradación de la biosfera. En el caso de la acción revolucionante su objetivo consiste en crear las condiciones en las que la humanidad se perfeccione como tal en una sociedad-mundo. Esta nueva etapa solo podrá alcanzarse revolucionando ampliamente las relaciones entre los hombres y la tecnoburocracia; entre los hombres y la sociedad; entre los hombres y el conocimiento; entre los hombres y la naturaleza.

Edgar Morin. Educar en la era planetaria, p. 89.

Cerramos hoy la serie de reflexiones sobre la escuela en el cambio de época, dentro de esta Educación personalizante. En la primera entrega hace un par de semanas abordé a la escuela como institución que contribuye a la construcción del bien humano, siendo generadora de valores y convirtiéndose en sí misma en valor para la sociedad. Continué la semana pasada hablando de la escuela como espacio de construcción artística, promotora del desarrollo de la creatividad y la realización de obras de arte para permitir la expresión libre de los educandos; pero, sobre todo, para proporcionarles herramientas para construir la principal obra de arte que es su propia existencia en el marco de la sociedad que les tocó vivir.

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Foto tomada de Rand

Hoy quiero enfocarme en plantear algunas ideas acerca del doble papel conservador-revolucionante que tiene o debería tener la escuela en la sociedad contemporánea. Lo hago retomando el “eje estratégico directriz conservador-revolucionante”, que plantea Edgar Morin, para la realización de la humanidad en su libro Educar en la era planetaria, como un elemento fundamental que debe orientar la tarea educativa desde el paradigma de la complejidad; y, también, desde la idea de Bernard Lonergan acerca de la educación como una actividad que se mueve por dos vectores: la herencia y el descubrimiento.

Como afirma Morin en el epígrafe de la columna de hoy, para salvar a la humanidad de la catástrofe que la amenaza en nuestros tiempos, resulta necesario promover acciones conservadoras que apunten a fortalecer la capacidad de supervivencia de la especie humana y, simultáneamente, a desarrollar acciones revolucionantes que apunten hacia el progreso.

Las acciones conservadoras tienen que contemplar la salvación de la humanidad respecto a los peligros que acarrea la destrucción de la naturaleza o el riesgo de las armas nucleares; y, al mismo tiempo, tiene que contemplar la preservación de la democracia, la pluralidad y la diversidad cultural ante la amenaza del resurgimiento de la barbarie en diversas regiones del planeta.

Por otra parte, las acciones revolucionantes tienen que promover la acción creativa de la humanidad para continuar el proceso de humanización a partir de la hominización y las acciones que vayan contribuyendo a mejorar a la humanidad desarrollando todas sus potencialidades de realización.

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Foto tomada de Getting Smart

De ahí que el pensador planetario afirme que es necesario ser conservadores con todo lo que haya que conservarse y revolucionantes con todo lo que haya que revolucionarse. En esta dimensión personal, la escuela debería formar personas con esta doble tendencia, es decir, ciudadanos que trabajen por la conservación de la humanidad en el sentido ya descrito y que, igualmente, busquen revolucionar los procesos que construyan una mejor especie humana en el planeta.

En la dimensión institucional, la escuela debe ser en sí misma una organización conservadora de la herencia cultural; de la diversidad humana; de la libertad y la solidaridad; del amor y la apertura a lo trascendente en un mundo amenazado por la barbarie del utilitarismo centrado en la visión reductora del ser humano como homo economicus que vive únicamente para producir y consumir.

Este dinamismo conservador revolucionante puede verse, según Lonergan, en un doble vector descendente y ascendente que combina la transmisión y cultivo de la herencia con el fomento sistemático del descubrimiento.

“El vector-fuerza descendente […] arranca del conjunto de decisiones y acciones consecuentes con que una comunidad ha llegado a afianzarse en su historia; sigue con un conjunto de juicios y creencias razonables que la comunidad misma ha probado a través del tiempo como consistentes; avanza con ideas, conceptos, formas, organizaciones, a través de las cuales procura hacerse comprensible a las nuevas generaciones y, finalmente, se plasma en experiencias concretas a través de las cuales se hace perceptible a las nuevas generaciones y manifiesta su madurez autónoma”.

Lay Araceli Rodríguez Hernández. “La escuela como mutua automediación entre el estudiante y la comunidad“, p. 82.

La escuela debe ser una institución promotora del vector descendente por el cual se preserve y comunique la herencia cultural a las nuevas generaciones, esto es, se transmita el conjunto de decisiones y acciones de la comunidad a lo largo de su historia; los juicios y creencias razonables que ha ido construyendo a lo largo del tiempo; las ideas y conceptos o formas de organización que se han edificado colectivamente y el conjunto de experiencias que ha vivido esta comunidad humana en su recorrido histórico.

En estos tiempos centrados en el presente, en los que se intenta muchas veces olvidar intencionalmente o incluso destruir el pasado porque tiene elementos negativos o valores y significados que no son aceptados dentro de la corrección política actual, la escuela juega un papel fundamental para preservar y comunicar de una manera significativa la herencia cultural y criticarla de manera razonable y constructiva.

“El vector-fuerza ascendente representa el camino del descubrimiento, del logro, de la descentración de sí que el estudiante ha de recorrer para obtener su autonomía personal y el despliegue mayor posible de sus capacidades, posibilidades y competencias. En esta fase del desarrollo humano se tiene como punto de partida la experiencia, ésta se enriquece con la comprensión, y se la somete a la reflexión crítica para pronunciar un juicio sólido acerca de ella. El proceso culmina con la deliberación práctica, los valores y las decisiones responsables. Sin este vector la institución escolar perdería uno de sus fines primordiales como es el de reconocer, promover, ayudar a identificar y diferenciar la conciencia de cada uno de sus estudiantes así como de sus maestros y colaboradores”.

Lay Araceli Rodríguez Hernández. “La escuela como mutua automediación entre el estudiante y la comunidad“, pp. 80-81.

Simultáneamente, la escuela debe también orientarse a dinamizar el vector ascendente que tiene que ver con el descubrimiento, la creatividad y la innovación que hace que cada estudiante se vuelva autónomo y construya su historia personal de una manera independiente; contribuyendo así a la regeneración de la sociedad y no solamente a su reproducción.

La escuela tiene en el vector ascendente una misión muy relevante porque una centrada exclusivamente en la transmisión –muchas veces repetitiva, abstracta y despojada de significado– de la herencia cultural a los niños y jóvenes, se convierte en una institución monótona e infértil que reproduce el estatus quo y no aporta elementos para la transformación y el mejoramiento social.

Como dice la cita anterior de la tesis de Araceli Rodríguez que he estado refiriendo en este tríptico sobre la escuela, sin este vector, la escuela perdería uno de sus fines primordiales.

Nuestro país en este cambio de época y en este cambio de gobierno requiere más que nunca de educadores y de escuelas conservadoras-revolucionantes.

*Foto de portada tomada de Getty Images

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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