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En el Mundial no se viaja, a menos que sea al Mundial: San Petersburgo

Emilio Coca

@cocabron

Hermosa y nada más, no existen palabras para describir lo mágico de una novela hecha realidad, de una escena, una historia, de una noche llena de pirotecnia de recuerdos y ecos que recorrieron cada uno de los canales que rodean la ciudad de Pedro “El Grande”.

Sí, el viaje fue mortal, por las horas sin sueño, por estar encerrado con otras 40 personas, por esa sensación de deshidratación combinada con el olor a sudor que invade el vagón, por estar inmovilizado en la tercera clase, a un metro del techo y quizá un poco más por encima de otra persona que no logra conciliar el sueño, que no cabe en el catre, por lo que se recuesta sobre la mesa donde horas antes ponía su comida.

Insomnio, ese maldito acompañante que en cada viaje me persigue, no recuerdo cuándo empezó, mucho menos sé cuándo terminará, pero sigue en cada techo desconocido, en cada pensamiento que invade mi mente mientras el terco tacto de las vías del tren me mecían.

Pero es fácil olvidar el viaje cuando el destino lo vale. Y ahí estaba, con el ánimo hasta los cielos, con la moral a tope, escuchando y repitiendo los clips del partido contra Alemania, escuchando los comentarios donde hablaban que la selección, mi selección era una de las mejores del Mundial. Sí, sólo había pasado un partido, pero los sueños y la esperanza ahí estaban, apoyando al Tri a la distancia, de San Petersburgo a Rostov.

El día del partido transcurrió entre abrazos, saludos, hambre, sonrisas fingidas y nuevos compañeros porque es cierto, en casi cualquier lugar del Mundo encontrarás a un mexicano. Llegué solo, pero terminé rodeado de una bola de paisanos que más que disfrutar el partido lo sufrieron hasta el minuto 25, una mano dentro del área, un penal a favor de México.

Sí, César Luis Menotti alguna vez dijo que un gol de penal no se gritaba, pero lo dijo desde el punto de vista de un jugador, sin embargo en una Copa del Mundo cualquier gol es la máxima expresión de felicidad, no importa si es un autogol del rival o uno anotado con la cara, un gol es ese grito que se alarga por segundos que parecen infinitos después de sufrir el instante previo, de ver cómo el jugador se para frente al portero, deteniendo el tiempo, transformando el ambiente en incertidumbre tras cada paso que da en su carrera, todo se mueve en cámara lenta.

Es ahí cuando llegan los demonios de los penales fallados, de no tener a Cuauhtémoc Blanco, de recordar la tanda de penales contra Bulgaria en 1994, o el error de Omar Bravo ante Portugal en 2006. Pero esta vez Carlos Vela saturó los micrófonos de cada cámara, reventó los oídos ante cada aficionado que se perdió en el movimiento de las redes al contacto del balón.

Aquel día, frente a la iglesia del Salvador sobre la sangre derramada, a través de las calles que rodean el río Moika, durante los preparativos de uno de los eventos más importantes de la ciudad, la fiesta de graduación, el mexicano se hizo presente con chela en mano, observando a una pantalla, gritando descontrolado mientras el resto lo observaba sonriendo, tomándole fotos, grabando videos mientras extendía su mandíbula mostrando su campanilla que vibraba ante un penal bien cobrado a 900 kilómetros de distancia.

Pero poco importaba la lejanía, siempre hubo alguien con quien festejar en el río Neva o a las afueras del Hermitage, en cada calle podías divisar un sombrero, una bandera y hasta una botella de tequila que te invitaba a tomarla. Fotos, fotos y más fotos, gente jalándome de un lado a otro, colocando a sus hijos e hijas junto a mi. El mexicano, nuestro colorido y el estilo kitsch  fueron la novedad en una ciudad elegante, llena de edificios y esculturas que te dejan sin palabras. Fue en ese momento donde olvidé el trayecto casi mortal en un vagón lleno de gente con olor a comida y sudor.

El partido continuó entre uñas mordidas y manos sudadas hasta que llegó el “Chicharito” con un regate, una finta que duró un suspiro, un remate que elevó nuestras ilusiones al infinito.

2-0

Pero como siempre, no podíamos disfrutar de la gloria sin sufrir por un instante y un gol de la estrella coreana, Son Heung-Min, nos hizo sudar frío. Fue el primer baldazo de agua fría para la afición mexicana que comenzó a apoyar al técnico que días antes de iniciar el Mundial fue criticado por todo su proceso, sus resultados anteriores, pero por unas horas cambiamos el canto de “eeel Chucky Lozaaano” por “eeel profe Osoorio”, mientras formábamos una fila para hacer la víbora de la mar por todo el Fan Fest.

Pitazo final

Festejamos, nos sentimos campeones del mundo, en ese momento podía llegar Brasil, Argentina, Italia, Uruguay, Francia y nosotros nos veríamos como favoritos, creímos ciegamente, y es que en eso se basa el apoyo, el amor, la afición a una selección, a por momentos separar los pies de la tierra, a volar y subirse al camión de la “ilusión nacional”, de dejar de creer y estar seguro que esta vez será diferente, que los goles, las atajadas, el viaje, los gastos, las deudas y todo lo demás valdrán la pena, porque este será el Mundial. Que ese silbatazo que acababa el partido era el inicio de cosas más chingonas.

Imagen relacionada
Foto tomada de Infobae

Y sí, yo olvidé todos los problemas del futbol mexicano: la multipropiedad, las pocas oportunidades a jugadores jóvenes, las eliminaciones anteriores, la convocatoria de ciertos jugadores, los resultados contra otras potencias en eliminatorias directas y principalmente, lo mucho que se cae la selección en momentos de presión. Pero cómo podía pensar en lo peor si observé al próximo rival del Tri, Suecia, caer ante Alemania, sí, contra ese equipo que días antes vencimos.

La fiesta siguió durante el “Scarlett Sails”, en las velas escarlatas de un barco que navegaba acompañado por cientos de fuegos artificiales que iluminaban la ciudad, los puentes y los sueños de todos los asistentes que disfrutaban las pocas horas de noche  en San Petersburgo.

Cerveza, vodka, suspiros y recuerdos, gente sentada en los ventanales, en las banquetas, unos sobre otros. Avancé con el asombro de quien conoce un sitio nuevo a cada paso, con el miedo de no saber dónde está parado, ni saber a dónde se dirige.

Pero los rusos me observaban y de un momento a otro se acercaron y comenzaron a cantar “las estrellas y la luna, ellas me dicen donde voy… ay, ay, ay, ay, ay amor, ay mi morena de mi corazón”, para después invitarme algo de beber mientras intentaban explicarme que el barco era debido a una novela de Alexander Grin, pero que no sabían de la relación con la fiesta de graduación y sólo me decían “a los rusos nos gusta festejar cualquier cosa”, al final, como la mayoría, me pidieron una foto conmigo y mi sombrero.

Pero como todo en la vida llegó el momento de decir adiós y los kilómetros recorridos más las horas de pie pasaron factura  y sólo me quedó darle la espalda a la Catedral de San Isaac, a la monumental estatua de Pedro el Grande mientras ya soñaba ver a mi selección logrando lo impensable, pasar del quinto partido.

*Foto de portada tomada de Sputnik Mundo

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