Foto: Adrián Del Valle

MEMORIA SÍSMICA

#MemoriasSísmicas #S19

María Cristina G. Mitznahuatl

@CMitznahuatl

Editor: Alonso Pérez Fragua

@fraguando

Sentada frente a la ventana de mi recámara recuerdo mi infancia, aquella época donde las calles eran de terracería y las casas pequeñas. Aquella época donde la gente se asombraba de las pequeñas cosas. Ahora me llega el recuerdo del sismo del 99 en mi comunidad de San Antonio Cacalotepec[1]: para algunos fue el peor, para otros uno más de los vividos. Para mí fue el asombre de la tierra moviéndose.

Apenas contaba con 7 años, pocos para entender lo sucedido. Me recuerdo sentada frente al patio de mi casa, de pronto siento que la silla se mueve, nadie me dice nada; pienso que las hormigas me están moviendo y quieren llevarme a pasear. De repente escucho la voz de mi tía, ¡está temblando, sálganse!Mis primos y yo obedecemos. En la calle, la gente asustada, niños llorando y, a lo lejos, algunos muros derrumbándose. Mi madre había salido a trabajar, tuvimos que esperar a que llegara, ya que en aquella época no teníamos celular para comunicarnos. Se sentía la incertidumbre de no saber cómo estaba. Me imagino que los vecinos hicieron lo mismo, esperar a que sus familiares llegaran sanos y salvos a casa.

Los recuerdos transitan en mi pensar, ahora evoco la iglesia de mi comunidad. Decían que se tenía que cerrar por daños internos. Se cerró sin pensar cómo afectaría al santo patrono, San Antonio, quien se enojó por el abandono. Mi mamá recuerda que el santo decidió retirarse del pueblo; pero gracias a los rezos y velas de obispos, sacerdotes y feligreses, al final se quedó. El padre de la parroquia tuvo que hacer un espacio en la capilla improvisada para no interrumpir las misas y seguir venerando a nuestro santo.

San Antonio recuperó su esencia. Siguió siendo el mismo luego de aquel día de junio de 99, por eso nunca pensé que se repetiría la historia. Me estremezco solo de pensar en ese momento. De nuevo sentí que la tierra se movía, 18 años después. Sentada frente a la computadora redactando mis materiales de clase, empecé a sentirlo; mis ojos no podían creer lo que estaban mirando: los adornos se movían de un lado a otro, los focos y las sillas tambaleándose. Angustiada, visualizaba en mi mente mi espacio para poder evacuar la casa de dos pisos y sus tres salones. En ese momento quería correr y salvar mi vida, mas frente a mi responsabilidad, mantuve la calma demostrando fuerza a mis alumnos. Pasé por los tres salones para guiar a mis estudiantes. Les dije que bajaran con cuidado, pero lo único que querían era correr y salvarse. Era difícil caminar por las escaleras, todo se movía; nuestros pies no se podían controlar por el movimiento, sin embargo, logramos salir a la calle.

Muchos vecinos hicieron lo mismo: salir a la calle para estar más seguros. El pánico se notaba, el miedo flagelaba nuestros cuerpos; nuestra mente torturada de pensamientos buscando saber algo de nuestra gente. Los estudiantes desesperados por comunicarse con sus familiares, pero nadie tuvo éxito, la red estaba saturada. Nuestros ojos se miraron sin saber qué podía pasar después. Mis compañeras y yo mostramos fuerza ante la situación, aunque por dentro sentíamos angustia. Nuestro ánimo inquebrantable, atento a lo que pasaba a nuestro alrededor.

Frente a la incertidumbre, se tuvieron que suspender las clases hasta nuevo aviso. Durante una semana se verificó que el edificio de Leeactiva no tuviera daños internos. Esperamos a que llegara la gente de Protección civil para asegurarnos que la casa estuviera en buen estado. Afortunadamente así fue, y pudimos regresar a esa casa de la 7 Poniente de San Pedro Cholula.

Aunque aquella construcción de la época colonial exuda solidez y fuerza, la angustia seguí ahí, adosada a sus muros centenarios. En la escuela se sentía el vacío y el miedo de que en cualquier momento temblara de nuevo. Muchos de mis estudiantes decidieron no asistir hasta asegurarse de que todo regresara a la normalidad, lamentablemente no podíamos saber cuándo sería eso. Muchas familias no querían salir de sus hogares, solo miraban la televisión para informarse y saber cómo estaba Cholula. El resultado, no obstante, fue que, al observar calles y casas derrumbadas en sus pantallas, nadie deseaba salir.

Frágil ante la situación, sentía tristeza por mi gente; las calles se notaban vacías, iglesias derrumbadas por los años y niños llorando. En ese momento, Cholula no era la misma. Con cada paso que daba notaba el cambio: la frescura de los árboles se apagó y el canto de las aves desapareció.

Negocios cerrados, casas deshabitadas por daños, museos con el famoso listón amarillo diciendo precaución. Flagelada al mirar el museo Casa del Caballero Águila,que sufrió mucho por ser una casa del siglo XVI –la casa más antigua que permanece de pie en San Pedro Cholula–, sentí tristeza al mirar que estaba cerrado por deterioros. Recuerdo este lugar –cuando lo administraba la UDLAP– como parte de mi formación académica. Ahí pude compartir historias, a través del cine con los ciclos que programaba como parte de mi servicio social, e interactuar con diferentes personas a quienes les gustaba el arte. Ahora se ha quedado solo el recuerdo de todas estas vivencias. Hasta el día de hoy sigue cerrado y no sé aún hasta cuándo seguirá así.

Así, aunque hayan pasado los meses y la angustia se ha terminado, la gente aún sigue pensando en la situación vivida. Las iglesias se siguen recuperando, algunas casas (re)construyéndose por el suceso y escuelas recuperándose con más fuerza.

Y, aunque la sonrisa ha vuelto, no nos dejamos de preguntar: ¿en dónde te agarró el temblor?

[1]Junta auxiliar de San Andrés Cholula, ubicada a 6 kilómetros de su cabecera municipal, y a 15 de la ciudad de Puebla.

Memoria sísmica es un proyecto periodístico de Alonso Pérez Fragua para LADO B que se publica cada miércoles desde el 5 de septiembre de 2018. Busca materiales adicionales en Instagram y Twitter con el HT #MemoriaSísmica. Encuentra también la lista de canciones alusiva a esta crónica en Spotify en esta liga

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