Upgrade: del cyberpunk al “cybergore”

Upgrade: del cyberpunk al “cybergore”

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Foto tomada de The Impression
Hector Jesús Cristino Lucas

Phillip K. Dick, uno de los máximos escritores estadounidenses de ciencia ficción y autor de la emblemática novela ¿Sueñan los robots con ovejas eléctricas?, dijo alguna vez:

“Tratemos de separar la fantasía de la ciencia ficción. Es imposible, y una rápida reflexión nos demostrará. Fijémonos en los personajes dotados de poderes paranormales; fijémonos en los mutantes que Ted Sturgeon plasma en su maravilloso Más que humano. Si el lector cree que tales mutantes pueden existir, considerará la novela de Sturgeon como ciencia ficción. Si, al contrario, opina que los mutantes, como los brujos y los dragones, son criaturas imaginarias, leerá una novela de fantasía. La fantasía trata de aquello que la opinión general considera imposible: la ciencia ficción trata de aquello que la opinión general considera posible bajo determinadas circunstancias. Esto es, en esencia, un juicio arriesgado, puesto que no es posible saber objetivamente lo que es posible y lo que no lo es, creencias subjetivas por parte del autor y del lector…”.

Este discurso, que para algunos puede ser una divagación intelectual entre diversos autores, ha sido considerado por muchos críticos y expertos en la materia como uno de los mejores argumentos para diferenciar lo que es el género “fantasía”, de aquello a lo que llamamos “ciencia Ficción” (Sci-fi).

Esto también guarda particular relación con las dos grandes clasificaciones del último género que propuso el crítico y escritor Peter Schuyler Miller, en 1957: La ciencia ficción dura y la ciencia ficción blanda.

La primera se refiere a toda narración cuyos acontecimientos, por más fantásticos que nos parezcan, están justificados con una pizca de base científica. Y, usualmente, cualquier hecho que transcurra en la historia puede ser plausible en algún futuro cercano.

La segunda, es todo lo contrario: historias cuyos acontecimientos no explican el funcionamiento de sus estrambóticos hechos y, por consecuencia, son considerados más “fantasía”, con relación a lo “mágico”.

De aquí nacen eternos debates sobre distintas obras, como el caso de Star Wars, ya que hay quienes apoyan la idea de que la saga, creada originalmente por George Lucas, en realidad es una epopeya fantástica y no una obra de ciencia ficción como tal, ya que nunca explica el funcionamiento de su universo.

Sin embargo, el argumento de Phillip K. Dick va mucho más allá de una posible clasificación de géneros. Es, de hecho, un discurso que puede ayudarnos a comprender que la línea que divide a la ciencia ficción de la fantasía es bastante delgada. O más aún. El autor está intentando decirnos que esa línea que divide ambos géneros de la realidad es muy subjetiva.

El Sci-Fi es pues uno de esos grandes géneros cinematográficos que ha tomado mayor notoriedad en la última década debido a que, prácticamente, nos está alcanzando en la vida real.

Las ideas que alguna vez fueron meras fantasías; ideas tan mágicas como aterrorizantes nacidas del temor y la creatividad humana, hoy en día son auténticas realidades o son escenarios casi plausibles.

Phillip K. Dick no sólo alentó a muchos amantes del género, sino igualmente a la comunidad científica a creer que en realidad no existe tal cosa como la ciencia ficción. Porque todos esos relatos, todas estas películas, cómics o videojuegos que nos cuentan hechos extraordinarios y que han perseguido al hombre a través de la Historia, son en realidad escenarios posibles que, tras cada avance de la ciencia y la tecnología, se están cumpliendo.

Desde ideas tan fantásticas como viajar a la luna, escrita por Julio Verne en 1865 y adaptada por George Méliès en 1902 con Le voyage dans la lune…

Hasta oscuros y distópicos escenarios donde la humanidad, tras los avances tecnológicos, paradójicamente va perdiendo poco a poco lo que la hace humana. Como en la novela de Phillip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, adaptada por Ridley Scott en 1982 con Blade Runner:

Así, mientras Verne y Méliè colaboraron en la creación total de lo que ahora llamamos ciencia ficción a través de sus viajes espaciales, Phillip K. Dick y Ridley Scott elaboraron uno de los subgéneros más emblemáticos y al mismo tiempo vigente del Siglo XXI: el cyberpunk.

El cyberpunk, cuyo nombre deriva del prefijo ciber –todo asunto relacionado a la informática– con el vocablo punk–sobre el carácter rebelde–, no sólo es un subgénero más de la ciencia ficción; ha sido, y de hecho es, todo un movimiento.

Intenta plantearnos futuros donde la ciencia y la tecnología han alcanzado niveles tan inimaginables que logran afectar incluso de manera directa o indirecta la calidad de vida del ser humano.

Por ello es que el cyberpunk, a través de sus interesantes premisas, intenta mostrarnos cómo la ciencia afecta y modifica a la humanidad en, prácticamente, todas sus áreas. No sólo la económica y social, también la cultural, psicológica, fisiológica y hasta espiritual.

La mayoría de sus obras tienden a ser obscuras y distópicas por esta misma razón, y fungen, en muchas ocasiones, como si fueran malos augurios donde sus autores intentan advertirnos a todos de lo que está por venir.

Blade Runner (1982), junto a la emblemática adaptación anime Ghost in the Shell (1995) de Mamoru Oshii, son considerados los estandartes cinematográficos del cyberpunk. Ya que plantearon no sólo la pérdida de humanidad tras cada progreso, sino también una nueva era de híbridos que nos transformarán a todos en algo más que simples seres mortales.

Ambas obras describen un profundo avance en el campo de los trasplantes cibernéticos con el de los tejidos orgánicos: los denominados cyborgs. Un tema recurrente en el subgénero del cyberpunk que plantea, como si de escabrosas profecías se trataran, que los cambios que están por venir modificarán y, probablemente, crearán una nueva raza de súper humanos. O de otra cosa, quizás, que sea más humano que el propio humano. Son estos seres quienes ponen en tela de juicio temas tabús como el “alma” o la “inmortalidad”.

Inscribamos pues, en esta misma línea, a una película independiente –mas no por eso menos efectiva– de la casa Blumhouse Productions –misma que nos trajo Get Out o Split– y que ha dado mucho de qué hablar en las últimas semanas: la interesante pero perversa Upgrade, escrita y dirigida por el actor, guionista y cineasta Leigh Whannell. Nada menos que el guionista y coprotagonista del film de James Wan en 2004: Saw.

Su última película es de ciencia ficción. Y no sólo parece entrar a gritos en el fantástico subgénero del cyberpunk, sino que expone a través de acción y violencia desmedida el tema del súper hombre tecnológico convertido, esta vez, en una peligrosa y potencial máquina de matar.

De hecho, Upgrade parece rendirse ante el subgénero a través de interesantes referencias o guiños de todo tipo. Tanto dentro del universo cinematográfico, recordándonos en ocasiones al RoboCop (1987) de Paul Verhoeven; como de la vida real, con el polémico pero ahora olvidado trasplante de cabeza realizado en 2017 por el neurocirujano italiano Sergio Canavero.

Experimento que, aunque resultó ser un éxito, no fue como esperábamos. Ya que pese a ser completado… sólo se logró en cadáveres.

Upgrade es una de esas películas de ciencia ficción que no sólo basa su genialidad en guiños dentro de la cultura pop –como el recurso Stranger Things–, mas también toma en cuenta la realidad. Funge, de hecho, como una pieza bastante extraña que se acata tanto a la ciencia ficción dura como a la ciencia ficción blanda.

Porque, si buscas una película de acción y gore al más puro estilo de la Serie B de los años 80, la tendrás; pero resulta que, si pretendes encontrar una base científica a tan extraordinarios acontecimientos, la película también es capaz de cumplirte. No es ni por asomo, ajena a la realidad.

Y me quedo corto. Este filme no sólo se regodea dentro de la ciencia ficción. Esta cinta, más bien, hace que la ciencia ficción cambie, se transfigure. La utiliza para que a partir de ésta pueda mutar de un género a otro. Puesto que eso es Upgrade. Es un mutadorfílmico que no teme ni decepciona en ningún subgénero.

De momentos, incluso, el cyberpunk se tuerce con brutalidad y maestría a un género más neo noir, como lo hemos visto antes en thrillers policiales del tipo Blade Runner (1982) o RoboCop (1987); y vuelve a torcerse para hacer uso del exploitation gore, muy en la línea de un moderado Tokyo Gore Police (2008); y cuando piensas que todo puede terminar aquí… vuelve a torcerse.

De pronto ya no es una película más de horror y cyberpunk, sino una hilarante explosión sin límites al puro estilo del cine de superhéroes actual –véase un Iron Man (2008) de John Favreau–, hasta hacernos aterrizar en eternos cuestionamientos existenciales que nos han engendrado temas como la “inteligencia artificial” y sus posibles consecuencias.

Upgrade simplemente juguetea con los recursos más básicos del subgénero cyperpunk y, a través de interesantes híbridos cinematográficos, desarrolla una épica historia detectivesca, existencialista y de película de venganza. Oh sí, como la impactante Trilogía de la Venganza de Chang-Wook Park.

Protagonizada por Betty Gabriel, Harrison Gilbertson y, francamente, un fantástico y destacable Logan Marshall-Green (Spiderman Homecoming), esta película promete entregar un balance perfecto entre fantasía y ciencia ficción tal y como la intentó describir alguna vez Phillip K. Dick: mostrando la delgada y hasta subjetiva línea que los divide con el único fin de crear una experiencia fílmica que suene más a profecía. Desgarradora, por cierto.

El reciente filme de Leigh Whannell hace algo que pocos, muy pocos, han logrado en el campo del género fantástico actual: ser tomados enserio. Y no exagero. Que no te intimide el hecho de que estemos frente a una pieza independiente. Ha hecho un fascinante salto: del cyberpunk al “cybergore”.

Sinopsis:

“Un hombre minusválido se somete a una operación experimental que le dotará de una agilidad y fuerza sobrehumanas porque tiene una obsesión: vengarse de los criminales que asesinaron a su esposa”.

*Foto de portada tomada de Comic Book

Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com

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