“Tiempo compartido”, la alucinante y maldita felicidad de Sebastián Hoffman

“Tiempo compartido”, la alucinante y maldita felicidad de Sebastián Hoffman

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Foto tomada de Proceso
Jaime López

¿Las heridas emocionales pueden sanarse trabajando en un hotel de lujo o visitando un lugar así?, ¿La felicidad se puede alcanzar pernoctando en una villa paradisíaca? Estas son algunas de las preguntas que Sebastián Hofmann plantea con gran ironía y pericia en su segundo largometraje, cuyo título es Tiempo compartido.

Una obra que, como pocas veces sucede en el género de ficción del séptimo arte nacional, goza de un guion redondo –quizás el más sólido de los plasmados en pantalla grande en recientes años–; con un preámbulo impactante que permite a la audiencia ver la caída libre de cierto hombre, quien en instantes pasa del llanto a la falsa alegría.

Tiempo compartido, el filme escrito conjuntamente por Julio Chavezmontes y el ya mencionado Sebastián Hofmann, se las arregla para burlarse de uno de los tópicos más promovidos por el cine tricolor de antaño: la familia. Además, involucra en su narrativa secuencias kitsch, extraños personajes —turistas obesos–, atmósferas oníricas absurdas y hasta flamencos rosados.

“[La intención de la película] Era un poco una crítica, para mí, a esta industria de ventas de tiempos compartidos; una analogía del capitalismo desbordante. También una crítica al consumismo, las corporaciones como una secta; también teníamos la intención de hablar sobre la familia, pero desde un aspecto más retorcido, intervenir este género de las películas que tratan sobre las familias, y poner quizás una moraleja sobre esta industria vacacional”, mencionó el también orquestador de Halley en una entrevista telefónica concedida a este reportero.

Los créditos finales reafirman lo expresado por Hofmann, en donde las sonrisas de algunos progenitores que conviven con sus vástagos, quienes visten impolutos atuendos, son deformadas a diestra y siniestra por el creador.

Y sin darse cuenta, o tal vez solo simulando no percatarse, el realizador nacional aborda otros temas mediante notables sutilezas. Por ejemplo, el machismo contenido, manifestado en ese temor, en esa frustración que sienten los protagonistas por quedarse anclados en sus inseguridades; o la “esclavitud feliz”, expresada en la forma en que los empleados se mimetizan en lo que ofertan los desalmados dueños para los que trabajan.

También se refleja el maldito corporativismo sanguinario, aquel que succiona la chispa de vida de las personas gracias a filosofías como el conocido “emprendedurismo”, concepto y palabra que en los últimos años se han puesto de moda; se han vuelto dioses en el mundo de los negocios, o de quienes son marginados ante otras opciones laborales.

Todo eso conforma la premisa primordial de Tiempo compartido, que con una estupenda manufactura técnica se ha ganado el aplauso de la crítica especializada, tanto mexicana como extranjera.

Sumado a ello, Miguel Rodarte y Luis Gerardo Méndez salen de su zona de confort para demostrar que son capaces de incursionar con creces en géneros fílmicos diferentes a los que acostumbran.

Por ello, no es fortuito el Ariel obtenido por Rodarte gracias a su “Andrés”, un tipo venido a menos que ha perdido la brújula interior.

Asimismo, el intérprete Andrés Almeida logra una actuación igual o más sublime que la otorgada en El lenguaje de los machetes, misma que lo puso en el centro de atención de diversos realizadores.

El paraíso perdido y el retorcimiento de los clanes familiares. El epítome del absurdo. Una obra fresca que goza de un ritmo alucinante, in crescendo. Una historia donde ningún personaje se siente desperdiciado, que juega inteligentemente con otros géneros narrativos. Esto es Tiempo compartido, filme que ratifica a Hofmann como uno de los cineastas que no se deben perder de vista.

“Tratamos de encontrar el balance perfecto, pero yo creo que tanto Julio como yo le dedicamos mucho tiempo a la escritura de este guion; a que justo los personajes tengan voz propia, que tengan un por qué, que todos le aporten algo, ya sea a la historia o a la temática, y yo creo que eso lo logramos”, dijo el realizador en nuestra plática telefónica.

La cinta en turno fue rodada en siete semanas. Compitió en cinco categorías de los Ariel, de los cuales obtuvo dos. También se llevó el premio al mejor guion en el Festival de Sundance. Actualmente, se encuentra a la espera de dos grandes honores: ser nominada para los Premios Iberoamericano Fénix, y al mismo tiempo, o en su defecto, ser designada como la representante mexicana en los Goya o en el Oscar de 2019.

*Foto de portada tomada de Cine Premiere

Reportero comunitario. Junkie del séptimo arte. Documentalista de guerrilla; dos veces finalista del Festival Internacional de la Imagen (FINI) de Pachuca, Hidalgo; en una de ellas, primer lugar en la categoría de Cortometraje Estudiantil. Constante aprendiz de periodista cultural. Sueña con que algún día las notas bonsai sean sustituidas por los textos de raíces profundas, amenos y reflexivos. Comunicólogo que aspira a no ser un escritor fugaz dentro del sobrepoblado firmamento de las letras.

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