México y España o el diván de las fronteras emocionales

México y España o el diván de las fronteras emocionales

Pablo Ferri | El País

Un poeta mexicano y un ensayista español. Habitante, el primero, de una humilde serranía en el sur de México, la región de La Montaña, en Guerrero. Morador, el segundo, de una inquietud territorial que le ha conducido por los pliegues más recónditos de la geografía espacio-temporal española. Son Hubert Matiúwàa y Sergio del Molino. Ambos participaron en el Hay festival de Querétaro el fin de semana pasado. Ambos aceptaron una invitación de EL PAÍS para conversar acerca del pasado incómodo que une a ambos países: la colonia. Y también de la memoria, el diván en que se sienta y apacigua el trauma.

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Foto tomada de Penguin Random House Speakers Bureau

Pocas horas antes del encuentro, Del Molino supo que su última obra, Lugares Fuera de Sitio, había ganado el premio Espasa de Ensayo. Si en La España Vacía, el autor habla de la diáspora del campo a la ciudad y sus consecuencias, en su nuevo trabajo viaja a diferentes puntos fronterizos para tratar de encontrar «motivos para la convivencia».

Lugares Fuera de Sitio da precisamente la excusa para preguntarse sobre las fronteras emocionales entre España y México, las heridas de la conquista y la «costra», como dice el autor, de la colonia. ¿Dónde y cómo se tocan España y México?

«¡En Sevilla!», dice Del Molino. «Yo he tenido la sensación paseando en los centros de Ciudad de México o Querétaro, que podría estar caminando por alguna ciudad de Andalucía. Hay un territorio común, arquitectónico, urbanístico».

Respecto al cómo, el escritor español, de 39 años, habla de la memoria, la colonial y la precolombina. «Si hay una lucha entre las dos memorias, la memoria precolombina va a prevalecer, porque dentro del discurso del estado, es mucho más importante que la española. Lo crea el discurso nacionalista mexicano después de la conquista porque lo necesita. Necesita demostrar que la presencia del Imperio español ha sido un error que hay que borrar. Y esa actitud de desprecio es muy de elite española, la misma actitud del nacionalismo catalán. Un nacionalismo muy ibérico, una pulsión que creo que aquí aprenden de los usos y costumbres del imperio».

Matiúwàa cuenta 31 años y escribe en la lengua de su pueblo, el mè’phàà. Heredero de una cultura esencialmente oral, el mexicano se presenta como el primer poeta de su lengua. ¿Cuántos podrán presumir de algo así? Matiúwàa describe el proceso de síntesis de la memoria: «En México se ha intentado construir una identidad sobre un pasado estático, fuera de la realidad. Me refiero a que han esencializado la figura del indígena. Se quiere al indígena de antes, al que era bueno. Y los pueblos originarios actualmente están sufriendo la violencia de un estado que reprime.

PREGUNTA: En México a veces parece que lo indígena son ruinas, pasado.

MATIÚWÀA: Exacto. Se glorifica el pasado, pero no al indígena actual. Es lo que retoma el estado nación para armar su identidad.

DEL MOLINO: Y sin embargo cuando Octavio Paz quiere renovar el discurso nacionalista de México a través de El Laberinto de La Soledad, no recurre al México precolombino, recurre a la conquista, al mito de la Malinche, a Cortés. Su referencia es Cortés. Hay una contradicción ahí. El mito republicano mexicano se construye obviando el discurso anterior, que dice ‘somos los herederos de Moctezuma, no de Cortés’. Pero Paz plantea que el estado mexicano lo funda Cortes, somos hijos de ese malentendido que es la Malinche. Esos discursos cruzados me parecen interesantísimos».

La charla transcurre en el Gran Hotel de Querétaro, a unos cientos de metros de la vieja casona de Josefa Ortiz de Domínguez. Fue allí, hace 210 años, donde la corregidora prendió la mecha del movimiento independentista novohispano. Es decir, que fue aquí, muy cerca de aquí, donde México empezó a ser México.

P: En La España Vacía, hablas del despoblamiento del campo y sus consecuencias. Una huida. En tus poemas, Hubert, -caso de Xtámbaa / Piel de tierra– tratas la realidad el campo guerrerense, la violencia, la trata, el narcotráfico… La huida aparece igualmente como una necesidad.

D. M.: Cuando he llevado el libro a algunos países de América Latina, he visto que la historia del abandono del campo, aunque distinta en cada sitio, es muy dolorosa, por estar vinculada a la pobreza y la violencia. Esa huida habla del desarraigo, una de las formas de identidad más poderosas que existen, hay miles de personas han construido un vínculo con un sitio que ya no existe, del que no querían salir. Eso genera una forma de vivir, de estar, de convivir, que no se deja explorar fácilmente.

H. M.: En La Montaña existe la huida. Y eso implica dejar un saber, un conocimiento. No solamente es dejar la tierra, el maíz. Si se deja de cultivar, puedes perder también una concepción del tiempo. O, por ejemplo, la forma de entender la matemática. Nosotros aprendimos trabajando el campo, la distancia entre las plantas de maíz, etc… Abandonas eso, no es nada más irte…

D.M.: Es el proceso por el que la propia cultura se convierte en algo exótico. Hay una especie de psicosis en la que te crias, porque no sabes qué hacer con ese legado. Por un lado sabes que es tuyo, pero no lo entiendes, no sabes leerlo, es como alienígena.

H. M.: Por eso es muy importante la memoria oral. Mientras un pueblo siga contando sus historias, su cultura se mantiene viva. Las historias son como la tierra.

*Foto de portada por Daniel Mordzinski

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